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Buenas hermanas (primera parte de la saga)
Costa Alcalá

La Galera
Reseñas de novedades El Templo#73 (diciembre 2019)
Por Marta Álvarez
652 lecturas

Meg, Jo y Amy March son buenas ciudadanas de Concordia, y en Concordia todo el mundo es feliz. No serlo supondría, como mínimo, malpensamiento, y los buenos ciudadanos como las March jamás cometen semejantes faltas. En realidad, sí que cometieron una falta, una importante, y asumen su penitencia en privado cada día, como lo hizo su padre en público cuando buscó la redención presentándose voluntario para la guerra. Una guerra de la que aún no ha regresado. Pero hay que alegrarse, porque eso significa que está sirviendo a Concordia, y servir a Concordia es motivo de dicha.

Por eso Meg siempre se muestra amable y dichosa, porque la enorgullece que su querido prometido esté también luchando frente al enemigo. Por eso Amy nunca se queja, aunque no se le conceda a su talento como pintora todo el reconocimiento que humildemente considera que se merece. Por eso Jo sigue tecleando consignas en su máquina de escribir del Secretariado de Bienestar Moral, aunque se pregunte a menudo si está haciendo lo correcto; si esas palabras suyas, que cada día son proyectadas en las pantallas que abarrotan Concordia, son realmente lo que los ciudadanos necesitan leer.

La actitud de damas perfectas que se les exigía a las protagonistas de Mujercitas encuentra un hogar perfecto en Concordia, una ciudad distópica donde las cámaras vigilan la rectitud del comportamiento de todo el mundo, al más puro estilo de 1984. Este «doble retelling» parece una mezcla estrafalaria, pero que encaja a la perfección. Costa Alcalá (Fernando Alcalá y Geòrgia Costa) consiguen que el lector sea consciente de las atrocidades que se esconden bajo la impecable fachada de Concordia, pero lo hacen a través de personajes que están ciegos a ellas. Este es uno de los puntos fuertes de la novela: los conflictos morales de las protagonistas y los diferentes caminos que escogen para hacerles frente. Y todo ello contado con una voz narrativa que parece la personificación de Concordia: impecable pero implacable, como una señora que regaña con una sonrisa por haber escogido el tenedor de postre incorrecto.

Buenas hermanas se detiene en los detalles, en las preguntas y las dudas, y sí, también en los sentimientos y en algún que otro romance. Es una novela para leer despacio y con cuidado, con sentido y sensibilidad... y, por supuesto, con una buena taza de té.

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