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Los chicos del cementerio
Aiden Thomas

Kakao Books
Reseñas de novedades El Templo#82 (junio 2021)
Por Daniel Renedo
25 lecturas

Los nahuales son los responsables de cortar el enlace que une a los espíritus a su ancla para que estos no se tornen malignos. Todo futuro nahual o nahuala ha de recibir, al cumplir los quince años, la bendición de la Dama Muerte para que esta pueda vincular la magia al portaje de su elección: las mujeres, en su papel de sanadoras, portan por lo general rosarios con sangre; los hombres, dagas (o filos) para cortar el hilo dorado de los espíritus.

Yadriel ya tiene dieciséis, y está harto de esperar: ha decidido que celebrará su propia ceremonia junto a su prima Maritza, quien se niega a ejercer la sanación si ello implica dañar a otro ser vivo, y sin el permiso de sus familiares, puesto que no le han dejado otra opción. De esta forma, una vez consumado el rito de paso, su familia habrá de aceptar la persona que es: un nahual, trans y gay. La prueba definitiva será, tras ser bendecido, invocar un espíritu perdido y devolverlo a la otra vida.

No obstante, Miguel, su primo, muere inesperadamente, y nadie sabe qué ha sido de su cuerpo. Yadriel y Maritza determinan que han de encontrarlo, descubrir qué pasó y liberarlo a la otra vida. El caso es que, cuando encuentran un ancla que podría haber pertenecido a Miguel, en vez de invocar a su primo, Yadriel invoca al espíritu de Julián, un guapo (y tozudo) joven que no recuerda haber muerto y que les suplicará que no le liberen hasta saber qué le pasó y si sus amigos están bien.

La primera novela de Aiden Thomas, una fantasía latina con un protagonista trans, goza de una sonora popularidad. Pero, aunque cuente con un sistema mágico único y detallado, de novela de fantasía o paranormal no tiene tanto, porque gran parte de esta es, en realidad, una comedia romántica, con muy buen ritmo, centrada en sus carismáticos y entrañables personajes.

Los personajes no son lo único a destacar de Los chicos del cementerio, puesto que tanto la prosa, que consigue fluir sin descuidar lo literario, como la ambientación y los temas —identidad y comunidad— no se quedan atrás. Respecto a la traducción, nos gustaría mencionar el trabajo que Ana Ramírez Requena ha hecho con la localización: sin ir más lejos, Julián y Yadriel no hablan el mismo dialecto del español.

Ahora bien, solo nos queda una pregunta por hacer: ¿Por qué demonios en la portada, por preciosa que sea, no aparece la icónica Maritza?

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