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Los chicos sí que lloran
Leah Konen

Bruño
Reseñas de novedades El Templo#62 (febrero 2018)
Por Víctor Heranz
3.289 lecturas

«Estoy aquí para contaros una historia de amor. Una verdadera historia de amor, en la que, de hecho, participo».

Gael es un romántico empedernido. Necesita el amor como quien necesita respirar. Por ello, cuando sus padres se divorcian, su confianza en el «Felices para siempre» se tambalea y termina por derrumbarse cuando descubre que su novia lo engaña con su mejor amigo. Destrozado, el chico rompe con el amor de una vez por todas, pero volviendo de su desastroso cumpleaños, Gael se choca con una chica… ¿Habrá sido el destino?

Pues no. Qué ganas tienen los seres humanos de sufrir, ¿eh? ¿Que quién soy yo? El Amor, por supuesto. Y tengo que arreglar todo este desastre. No puedo dejar que Gael deje de creer en mí, es un asunto muy importante que podría cambiar todo el curso de su vida y hacerle infeliz para siempre. Su media naranja está delante de sus narices y no se da cuenta. Por ello, he decidido intervenir, aunque mis métodos sean menos ortodoxos de lo que pensáis.

Leah Konen sorprende con Los chicos sí que lloran, una comedia romántica al uso con la que no podrás parar de reír. La novela te conquista por su narrador, el propio Amor, que te desmonta los tópicos del amor romántico. Si sufres, no es amor. El amor es otra cosa, dice, una lección más que importante.

Aunque la trama parezca algo sencilla, es en esta sencillez donde reside la magia. En ningún momento se pone trascendental ni densa, sino que trata de retratar el amor adolescente desde distintos puntos de vista. Algunos los entenderás más, otros menos, pero todos son reflejo de distintas posturas que enriquecen la historia. Además, cada vez que aparece un nuevo tipo de amor, el narrador te lo aclara con una nota a pie de página más que desternillante.

Algo así como la Cuando Harry encontró a Sally de las novelas juveniles, Los chicos sí que lloran nos despeja del dramatismo que parece haber absorbido la literatura juvenil, pero sin perder calidad. Una obra con tono propio, situaciones disparatadas y escenas con las que te sentirás más que identificado.

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