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La Cosa del Pantano: Ramas gemelas
Maggie Stiefvater, Morgan Beem

Hidra
La Comicteca de El Templo El Templo#85 (diciembre 2021)
Por Daniel Renedo
199 lecturas

Los gemelos Walker y Alec Holland no podrían ser más distintos entre sí; su aparente similitud es un puro espejismo. Allá adonde va, Walker se convierte en el alma de la fiesta, mientras que Alec prefiere quedarse en el laboratorio siempre que puede. Hace años determinaron que, de la misma forma que existen especies de plantas que muestran lo que se conoce como «timidez botánica», Alec es incapaz de comunicarse con los demás de un modo positivo.

Tras descubrir que su padre le está poniendo los cuernos a su madre, los hermanos Holland se ven obligados a dejar la ciudad para pasar el verano anterior a entrar en la universidad en el campo con sus primos. Alec, de igual forma que no puede viajar sin su insulina, necesita llevarse consigo las muestras orgánicas de su experimento, con el que pretende demostrar que la conciencia, en el caso de las plantas, puede desligarse del cuerpo. Ahora bien, Alec desconoce los posibles efectos que dichas muestras pueden tener en el medio natural…

El desarrollo de su identidad es el verdadero experimento al que Maggie Stiefvater ha sometido, como guionista, a Alec Holland en La Cosa del Pantano: Ramas gemelas, su primera colaboración con otra artista plástica. Morgan Beem, que se encarga de la ilustración, utiliza un diseño muy distinto al de la Cosa del Pantano original —más mágico y no tan antropomórfico— para diferenciarlo y distanciarlo. Sin embargo, el lector no necesita conocer al personaje para adentrarse en la obra.

La novela puede ser considerada la reimaginación de un mito, y la creación mitológica para nada le es ajena a la autora superventas. Por sus peculiaridades y rarezas puntuales, eso sí, La Cosa del Pantano es una novela gráfica que solo Stiefvater podría haber escrito: la magia, pese al influjo de la ciencia, sigue estando anclada a la naturaleza y su protagonista, tan introvertido que casi roza la misantropía, logra a pesar de ello enamorarse. Además de que los tipos con aspecto cuestionable nunca son tan malos como aparentan.

«Quizá la mayor diferencia entre plantas y humanos no sea si las plantas piensan o no… sino en qué piensan».

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