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Cyrano de Bergerac
Edmond Rostand

Alianza Editorial
#PostureoClásicos El Templo#81 (abril 2021)
Por Gemma Cáceres
215 lecturas

Es 1640 y en una sala del teatro de Borgoña va a representarse una obra. El público está expectante, pues el actor Montfleury va a subir al escenario desafiando la prohibición de Cyrano. Pero poco durará la representación, pues el espadachín interrumpirá la escena y se batirá en duelo con todo aquel que ose contradecir sus palabras.

Espadachín, filósofo, poeta... Cyrano de Bergerac es muchas cosas, pero todos lo reconocen por su nariz. Una nariz tan grotesca y afilada que lo hace ser temido y admirado por todo aquel que posa su mirada en ella. A pesar de todo, tiene un secreto: ama.

Cyrano ama a la más bella, a Roxane. Sin embargo, su corazón pertenece al joven Christian. Y este, tan apuesto como torpe y falto de ingenio, recurre a Cyrano para escribir sus versos de amor y crear en la mente de Roxane la imagen de un héroe novelesco. Así, combinando la belleza de uno y los versos del otro, Cyrano y Christian se ven sumidos en un juego de amor en el que uno de los dos siempre va a estar en la sombra.

Edmond Rostand escribió Cyrano de Bergerac como tributo al alma del poeta barroco que da su nombre a la obra. Haciendo uso del teatro poético, el autor combina las escenas de tragedia y humor para crear una representación dramática que encarna los valores del pueblo francés tanto en 1640 como en el siglo XIX, cuando vivió Edmond Rostand.

En un primer momento, lo que más destaca de Cyrano de Bergerac es la calidad de sus versos, pero lo que permanece para siempre en la mente del lector son sus personajes. Combinando baladas, sonetos y largas intervenciones en verso, Edmond Rostand consigue que cada uno de ellos represente una parte decisiva en el transcurso de la trama. Con todo, quien más sobresale es su protagonista: una figura tan extravagante como heroica «que fue todo y no fue nada».

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