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Los hermanos Willoughby
Lois Lowry

Anaya
¿Solo para niños? El Templo#67 (diciembre 2018)
Por Gabriela Portillo
275 lecturas

¿Harta de las nuevas heroínas guerreras? ¿Cansado de los jóvenes que no sufren innumerables penurias para convertirse en hombres hechos y derechos? ¿Agotados de la falta de bellacos y madrastras en la literatura actual? No te preocupes, porque los hermanos Willoughby están chapados a la antigua.

Como buen primogénito, Tim es un muchacho perspicaz y decidido, aunque egocéntrico y algo autoritario con sus hermanos: los gemelos, Barnaby A y Barnaby B, comparten nombre y jersey, porque los niños de antes tenían que ser así de generosos. ¡Ah! Falta Jane, la pequeña, de la que todos se olvidan, porque su complot para derribar a los hombres déspoticos aún se gesta en su cabecita.

Todo marcha a la perfección, excepto un detalle vital de cada historia antigua que se precie: ¡no son huérfanos! Eso sí, tienen unos padres tan ruines y deleznables que no dudarán en deshacerse de ellos para convertirse en auténticos protagonistas de un cuento de antaño.

Y colorín colorado, este cuento no ha acabado, porque sus horribles padres han tenido la magnífica y anticuada idea de abandonarlos, así que conseguir la orfandad, y el consabido final feliz, no va a ser tan fácil.

Los hermanos Willoughby son ávidos lectores y quizá de ahí saquen la inspiración para sus fechorías y estrategias. En numerosas ocasiones se refieren a libros clásicos infantiles y juveniles, como Pollyanna, Mary Poppins u Oliver Twist (una curiosa bibliografía puede consultarse al final de la novela), y los usan como ejemplo de vida e ideales a seguir. La novela recoge estos clichés con humor y satiriza lo melodramático y lacrimó- geno de las historias, siempre desde el cariño.

Lois Lowry, que ya nos sorprendió con El dador de recuerdos, reúne todos los tópicos principales (la niñera afable, el heredero perdido, el magnate malhumorado, ¡incluso el bebé abandonado en una puerta en su canastillo!) y los exagera hasta provocar la risa y la complicidad con el lector versado en estas obras.

Hornea unas galletas de jengibre y acurrúcate cerca de la lumbre para disfrutar de una aventura como las de antaño, ¡siempre con el estómago lleno!

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