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El naranjo que se murió de tristeza
Mónica Rodríguez

Edelvives
Reseñas de novedades El Templo#35 (agosto 2013)
Por Nerea Marco
6.650 lecturas

El naranjo de la calle del Mediodía guarda una historia o, más bien, varias. El naranjo está dentro del pueblo, alejado de sus compañeros de los huertos frutales a las afueras a los que Josefa acude con su madre y las mujeres del pueblo a recoger naranjas cuando llega la temporada.

Josefa tiene que trabajar desde niña para ayudar en casa. Además, su padre sigue preso tras la guerra. Un día, se murmura que van a sacar a los presos a barrer las calles del pueblo y Josefa, ayudada por su amiga Lucrecia, se escapa todos los lunes del huerto al pueblo, se sube al naranjo de la calle del Mediodía y desde sus ramas observa atenta a su padre, a quien no recuerda, ya que lleva preso desde que ella tenía tres años.

Pero la historia de esta novela no solo tiene lugar en el pasado. Acompañando a la trama de Josefa niña, tenemos también la historia de Alicia, la protagonista en el presente. El padre de Alicia tampoco está en casa: ha decidido divorciarse de su madre. Ahora, Alicia y su madre viven en casa de Josefa, en el pueblo. La complicidad y las historias acercan a Josefa, a Alicia y a la madre de esta mientras día a día el naranjo de la calle del Mediodía, que ha sido testigo de tantas historias, se muere de tristeza sin que ellas puedan evitarlo.

Pero no todas las historias que han tenido lugar bajo su sombra son tristes. Pacheco, hermano de Josefa y abuelo de Alicia, quedaba allí por la noche con María, para cortejarla y hablar hasta convencerla para hacerse novios y casarse.

Con una prosa cuidada y un ritmo lento en el que se alternan historias del presente y del pasado, Mónica Rodríguez vuelve a demostrar cómo los sentimientos de los personajes pueden narrarse en historias de apenas ciento veinte páginas. La historia del presente está narrada en primera persona por Alicia y la del pasado, en tercera persona por Josefa. La autora va entrelazando las historias en la trama en torno a un mismo punto en común, en torno a ese espía silencioso que presencia todo: el naranjo de la calle del Mediodía.

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