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Química perfecta (Química perfecta I)
Simone Elkeles

Versátil
Reseñas de novedades El Templo#14 (febrero 2010)
Por Carlota Echevarría
13.509 lecturas

Química Perfecta es, e incurro en un topicazo, como la vida misma: un gran baile, un torbellino y un río que fluye suave y de repente se lanza en picado por una cascada, a veces con control y otras a la desesperada. Simone Elkeles ha sabido darle una cadencia casi perfecta a su historia; una que, como tantas otras, bebe de narraciones anteriores; y, si no, que se lo pregunten a Romeo y Julieta o, por no irnos tan atrás en el tiempo, a los personajes principales de la estupenda secuela de Dirty Dancing, Noches en la Havana.

El mundo no es perfecto y la ciudad donde se desarrolla la historia muchísimo menos: desde hace demasiado tiempo permanece dividida entre ricos y pobres. Unos se ajustan pajaritas y se enjoyan de pies y manos mientras miran para otro lado cuando intuyen que a dos metros se está librando una batalla entre bandas o se trafica con armas y droga; y otros sufren en peligroso silencio la miseria de un microcosmos humilde, limitado y estancado que los ahoga.

Britt, la chica de la historia, una niña buena de impresionantes ojos azules, vive en el Norte, el barrio de los privilegiados; y el chico, Alejandro Fuentes, Alex porque ese nombre impone más, en la zona marginal, el Sur. No deberían darse ni la hora y no deberían mirarse salvo para insultarse o despreciarse por el mero hecho de hacer valer el derecho a ese deporte internacional que llaman prejuicio; y, sin embargo, lo hacen.

Primero se chocan, literalmente, y saltan chispas poco amables que encienden algo que no es esa indiferencia natural entre Norte y Sur. Después se atreven a mirarse y lo que ven en los ojos del otro les preocupa, pero también caldea zonas del alma que necesitaban alguien a quien confiarse... Luego se meten en problemas, y ya se sabe que hacerlo en compañía forja lazos resistentes; y, por fin, se besan, la hecatombe.

Con una narración fluida, fresquísima, divertida, en ocasiones aguda, salpicada de ironía, tremendamente atrevida para ser una novela juvenil y casi siempre acompañada de buenos diálogos, Simone Elkeles nos ofrece un dulce la mar de tentador. Cierto es que el final choca por lo excesivamente romántico y edulcorado que se vuelve, pero el resto de la historia, su ritmo bien llevado, los varios tópicos típicos que aparecen, los contrastes bien contados y un combinado de personajes químicamente casi perfectos, convierten a este librito romántico juvenil en una lectura entretenida, amable, picante y bastante humana. Cuando Elkeles la pintó, se salió de los bordes del dibujo sabiendo lo que hacía.

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