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Entrevista a...

Aidan Chambers

El Templo #79 (diciembre 2020)
Por Víctor Heranz
550 lecturas
Puede que su nombre no te suene, pero Aidan Chambers es casi una leyenda. Ganador del Hans Christian Andersen (el «Nobel» de la literatura infantil y juvenil) entre otros grandes premios, el autor británico ha publicado más de cien obras, de las cuales solo tres de las juveniles llegaron a nuestro país. Pionero en la inclusión de la homosexualidad, el poliamor o la eutanasia en la literatura juvenil, sus obras destacan por la gran calidad literaria y por no tener miedo alguno a enfrentar a los jóvenes con su propia realidad. En esta entrevista reflexiona sobre su carrera, sobre la escritura para jóvenes y sobra la inclusión de temas polémicos en sus obras.

Muchos de tus libros pueden ser catalogados como historias coming-of-age, cada vez más presentes en el cine (Lady Bird, Superempollonas) y aplaudidas por una crítica adulta que sigue obviando la literatura juvenil. ¿Has vivido este desprestigio a lo largo de tu carrera por dedicarte a escribir para niños o jóvenes en lugar de para adultos? ¿Tiene que ver con la distinción que tú mismo haces entre las novelas «para jóvenes» y las novelas «sobre la juventud»?

Sí, mis novelas juveniles han sido ignoradas por reseñadores y críticos de literatura «adulta». Y más de una vez me han preguntado por qué no he escrito «novelas de verdad» para adultos, de la misma forma que me han preguntado si escribo novelas juveniles porque tengo algún tipo de retraso mental.

Pero no tiene nada que ver con mi distinción entre «novelas para jóvenes» y «novelas juveniles». Las «novelas para jóvenes» están planeadas deliberadamente para que sean leídas por «jóvenes». En otras palabras: son una especie de ejercicio de periodismo. El autor aspira a gustar a un grupo concreto de lectores dándoles lo que sabe que quieren, o lo que se asume que quieren leer. Están «escritas para el lector». Yo he publicado varias así. Una «novela juvenil» se entiende como una obra de arte literaria que se escribe porque el autor no tiene otra opción que hacerlo: es una obsesión. Su particularidad es que la historia está determinada por la conciencia de la juventud; se centra en personas que se encuentran en lo que yo llamo «la edad entre»: entre la infancia y la vida adulta. Explico esta distinción y algunas de las otras características de este tipo de literatura en mi nuevo libro The Age Between, publicado por Fincham Press (Universidad de Roehampton, U. K.).

En tus novelas el receptor de la historia siempre es un personaje más, por lo que acabas portransformar al lector en ese personaje. ¿A qué se debe esta elección artística?

Todo lo que escribimos es para alguien. Por ejemplo, cuando escribimos una carta o un e-mail, ajustamos el estilo, el lenguaje, las referencias e incluso el contenido para que se adapte al presunto lector. Los periodistas ajustan su estilo para adaptarse al lector de su periódico o revista. Los escritores «de jóvenes» ajustan su estilo, lenguaje y contenido para que se adapten al el presunto lector joven. Cuando escribimos una novela literaria, no se presupone lector alguno. Pero, sea el autor consciente o no, él o ella se está dirigiendo a alguien. Algunos críticos llaman a este lector «el lector dentro del libro». Para mí, la manera más fácil de conseguir esta relación es hacer que el narrador joven escriba para algún personaje de la obra. En mi novela Breaktime (la primera de las seis novelas que conforma lo que yo llamo The Dance Sequence), Ditto, el protagonista, escribe su historia para su amigo Morgan. En Dance on My Grave, el personaje protagonista, Hal, escribe su historia para la trabajadora social que ha sido asignada para descubrir por qué hizo lo que hizo.

Durante tu propia juventud formaste parte de una orden monástica. ¿Cómo marcó esta experiencia tu literatura?

De muchas maneras. Por ejemplo, todos los días estaba inmerso en el lenguaje de la Biblia inglesa y el Libro de oraciones (un lenguaje que relacionamos con Shakespeare y sus contemporáneos, para muchos, el mejor inglés). También me hizo ver la importancia de la espiritualidad, no como religión dogmática ni religión institucionalizada (las cuales utilizan la espiritualidad), sino como un aspecto de la naturaleza y de la vida humana, y la manera en la que influye en nuestro comportamiento. Este aspecto de la vida es ignorado muy a menudo en la literatura juvenil. La espiritualidad es un tema abiertamente discutido en mis novelas juveniles Now I Know y This Is All.

Has hablado de muchos temas polémicos para los jóvenes (adulterio, homosexualidad, eutanasia). ¿Te han censurado o tú mismo te has autocensurado en algún momento de tu carrera? ¿Crees que es importante introducir estos temas antes en la literatura o que atenta contra la «inocencia» de los niños y jóvenes?

En primer lugar, yo no pretendía escribir «sobre» esos temas. Se dieron porque eran necesarios para la historia y para los personajes de las historias. La historia va primero, y es ella la que determina qué «temas» se incluyen o son parte del argumento. En general, de todas formas, creo que la literatura juvenil debería incluir estos temas cuando sea necesario. La literatura, juvenil o adulta, versa sobre todos los asuntos de la vida, no solo sobre algunos de sus aspectos. Con esto no quiero decir que todas las historias han de incluirlo todo: sería un propósito ridículo. Pero por regla general, la literatura como expresión artística puede y debe incluir cualquier aspecto que tenga que ver con la vida.

Sí, me han censurado. Por ejemplo, cuando Dance on My Grave se publicó por primera vez, fue vetado en muchas bibliotecas e institutos de Reino Unido. Y extraoficialmente me contaron que a Dance on My Grave no le dieron un premio importante por tratar la homosexualidad. Recientemente, ha llegado a mis oídos que un grupo de Texas está intentando prohibir el libro en colegios y bibliotecas públicas. Un educador de alto cargo de un condado inglés declaró que mi novela This Is All no debería estar disponible ni en los colegios ni en las librerías del condado.

Yo nunca me he autocensurado. Nunca he tenido que hacerlo porque mi máxima principal es que mis novelas juveniles pueden incluir cualquier situación que el joven protagonista pueda conocer de forma directa, que pueda haber presenciado, que le hayan contado o haya sido comentada por otros jóvenes.

Ya en los ochenta exploraste la identidad sexual en tus novelas. ¿Por qué, en un panorama literario tan heterosexual, decidiste explorar la primera relación de dos adolescentes homosexuales en Dance on My Grave donde, además, no se tratan los temas típicos como la salida del armario o la opresión?

Dance on My Grave surge cuando leo sobre un chico de dieciséis años que ha sido arrestado por profanar una tumba. Le dijo a la trabajadora social que había jurado a su mejor amigo que si alguno de los dos moría, el otro debía bailar sobre su tumba. Su amigo había muerto en un accidente de moto, y él había intentado cumplir su juramento. Yo sentía que eso no era todo lo que había pasado. Lo consulté con una amiga, que era trabajadora social, y le pregunté qué pensaba ella que había ocurrido en realidad. Y me explicó justo lo que yo suponía que había pasado. Los dos llegamos a la misma conclusión. Escribí la historia porque me intrigaba y porque nunca había leído una historia así en literatura juvenil, pero tampoco en ninguna novela adulta. No era una historia sobre ser gay, sino sobre la emoción obsesiva: sobre el «amor inmaduro» frente al «amor maduro». Esta es una experiencia frecuente en la adolescencia.

En una entrevista reciente sobre la adaptación de Dance on My Grave, Verano del 85, su director, François Ozon, señalaba que la historia no era una historia de amor, sino sobre «pasión amorosa» que es «destructiva y puede llevar a la muerte (...) La pasión es destructiva pero te hace sentir vivo». ¿Estás de acuerdo con esta visión de tu obra? ¿Qué te ha parecido su adaptación?

Yo no lo habría dicho con esas palabras. (No hablo ni leo en francés, así que no sé realmente qué dijo y a qué se refería François). Pero es cierto: creo que la pasión obsesiva de cualquier tipo, ya sea por amor, odio, fanatismo político o extremismo religioso, puede ser destructiva tanto para uno como para los demás. Lo vemos todos los días en todo el mundo.

Estoy encantado con la película de François. Es fiel a la novela, los cambios son apropiados, el reparto es excelente y las localizaciones, el vestuario, la música y la edición son de primera categoría. No podría haber esperado una adaptación mejor. El libro fue importante para François cuando lo leyó a los diecisiete años. Significaba mucho para él, y esa devoción empapa su película. En cierto sentido, la película es un homenaje a su juventud y a la propia novela. ¿Qué más podría pedir un autor?

Uno de los grandes movimientos de la actualidad literaria juvenil es el Own Voices. Tú has narrado muchas historias que pertenecen a colectivos oprimidos o personas con diversidad funcional, pero siempre partes de sucesos tuyos para dotar de verdad a las escenas. ¿Qué opinas de este movimiento?

Desde hace mucho tiempo creo que uno no siente que tiene identidad propia hasta que su historia es contada, ya sea tu historia personal, la de tu familia, la del origen de tus ancestros o la de tu región y país. No me convertí en un lector serio y seguro de mí mismo hasta los quince, cuando leí Hijos y amantes, de D. H. Lawrence. Para entonces ya había leído muchos clásicos ingleses, porque era lo que se esperaba de mí. Y los admiraba, pero no conectaban conmigo y con mi vida. Hijos y amantes fue la primera novela en la que me encontré a mí mismo. Me sentí igual que el protagonista, Paul More. Su familia era como la mía (la familia de un minero del carbón en Inglaterra). Él era el ojito derecho de su madre, y no de su padre, como yo. Tenía una relación con su novia que era exactamente igual que la que yo tenía con la mía. Y así sucesivamente. Después de leer el libro supe inmediatamente que quería ser escritor, y por primera vez pude leer con un interés más profundo y mayor diversión libros que trataban sobre gente y lugares muy diferentes.

Naturalmente, por esta razón, creo que cualquier historia o literatura que permita a la gente «encontrarse a sí misma», tanto personal como culturalmente, y que les conceda a sus vidas el derecho a una igualdad, es bienvenida.

En Postales desde tierra de nadie reflexionas sobre cómo la historia del arte es la historia del amor. Al final de This Is All, el último libro de The Dance Sequence, dices «Toda la escritura es dibujo. Toda la escritura es memoria. Toda la escritura es un regalo». ¿Qué relación tienen el amor, la literatura y la pintura en tu producción literaria?

¡Necesitaría un libro entero para responder a esta pregunta apropiadamente! Las tres palabras que resumen a lo que me refiero y que definen la relación del amor son «atención cercana concentrada» entendidas en su significado más puro, sin condiciones ni expectativas de reciprocidad o recompensa. Tanto en el amor como en la literatura la experiencia es de unión. El autor y el lector se unen en la experiencia literaria. En la experiencia de creación. En la experiencia de lectura. Lo mismo en el caso del dibujo, la pintura, la escultura, la música, el teatro y todas las formas artísticas.

La memoria es distinta. Sin memoria no tenemos ni historia ni conocimiento de nosotros mismos. Todas las obras de arte son historia. Durante el proceso creativo, el creador, el artista, depende de su memoria: de su lenguaje y sus experiencias. Además, las obras son un registro de esas memorias: no solo de la vida antes de la creación, sino también del propio proceso creador. Se contiene el pasado y el presente en diferentes formas artísticas (poesía, cuentos, novelas, obras de teatro, dibujos, pinturas, objetos, música) que perduran en el futuro, permaneciendo siempre iguales y al mismo tiempo diferentes, porque cuando se leen, miran o escuchan se vuelven a crear, son reinterpretadas por el que lee, mira o escucha. Son, por adaptar las famosas palabras de Ezra Pound, noticias del pasado que, al mismo tiempo, siempre serán nuevas. O, como señaló Georges Braque: en una obra del arte «el presente es perpetuo».

Has ganado el Michael L. Printz, la Medalla Carnegie y el prestigioso Hans Christian Andersen. ¿Qué han significado estos premios en tu carrera?

Siempre han sido una sorpresa. Me han dado fuerzas para «persistir persistiendo». Te confirman que hay gente que aprecia tu trabajo. En términos mundanamente prácticos, te ayudan a aumentar tus lectores, pues normalmente conllevan más traducciones y una mayor atención de los críticos. Estoy agradecido.

Además de novelas, has escrito teatro y en tu web señalas que si no fueras escritor, te dedicarías al mundo de la dramaturgia o que serías «un marinero que escribe novelas». ¿Crees que naciste para ser escritor? ¿Conservas algún recuerdo especial de todos estos años?

Siempre he sido escritor. No se me dan muy bien las conversaciones cotidianas porque no puedo evitar hablar como si contara historias, sea cual sea el tema. Me encanta el teatro porque es una creación artística comunitaria, una comunidad creativa en acción. Y amo escribir porque es una actividad solitaria, privada y de interior, que luego se transforma en pública cuando lo escrito es publicado.

Tengo muchos recuerdos. Si tuviera que elegir uno solo sería este: el momento en el que veo y sostengo uno de mis libros por primera vez. No es un recuerdo común que remita a un solo evento, sino un recuerdo de un evento que se ha repetido en el tiempo (he publicado más de cien libros), que es siempre igual y diferente cada vez. Nada de lo que escribo está «ahí», es «real» para mí, hasta que está impreso en papel (y no, debo añadir, en una pantalla o en ebook, donde ahí no es ahí ahí. Todo lo digital es efímero: no tiene vida por sí mismo. Como un fantasma: tan irreal como intangible, y con una escasa existencia física). Nada, ninguna experiencia es parecida, ni tan emocional ni intelectualmente satisfactoria como escribir un libro y sostener el objeto acabado. Y, al mismo tiempo, todos los libros están sin acabar. Siempre tiene que haber otro porque cada libro es solo uno más de un proceso creador sin final. No recuerdo de quién era el ideal de escribir un libro que nunca acabara, que no tuviera argumento, pero que, como un río, fuera una corriente de lenguaje, pensamientos, historias y recuerdos sin fin. Lo entiendo. En mis últimos años, yo mismo estoy intentando hacerlo.

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