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Entrevista a...

Alba Quintas

El Templo #60 (octubre 2017)
Por Víctor Heranz
942 lecturas

«La pregunta fundamental a la hora de escribir una novela no es sobre qué escribir sino el cómo lo escribes. Ahí es donde realmente reside la magia».

Alba Quintas es uno de los nombres más prometedores de la literatura juvenil. Con su primera novela, Al otro lado de la pantalla, ganó el premio Jordi Sierra i Fabra y quedó finalista en los Templis, donde también fue nominada por La chica del león negro, finalista del Premio Plataforma Neo. Con veintitrés años se ha hecho un hueco más que notable en el panorama gracias a su buena prosa y lo rompedor de los temas y situaciones que recrea.

Irrumpiste con fuerza en el panorama literario con tan solo dieciocho años al ganar el premio Jordi Sierra i Fabra con Al otro lado de la pantalla. ¿Cómo fue para ti publicar tan joven?

Es un poco locura, porque con el Jordi entras en lo que sería un poco tu sueño como escritora, SM: has crecido leyendo los libros de Barco de Vapor o Gran Angular. Y de repente parece que formas parte y que has llegado, pero en realidad no. Eso es algo en lo que Jordi siempre hace mucho hincapié cuando ganas su premio: no te creas que está todo hecho porque acabas de empezar y probablemente no hayas conseguido gran cosa si a partir de ahora quieres labrarte una carrera como escritora. Has abierto una pequeña rendija de la puerta, pero tienes que dar un empujón. Por otra parte, una vez lo piensas (y eso es algo que a mí me pasa mucho ahora) te queda el nervio de que si has empezado tan joven te vas a quemar muy pronto. Para alguien como yo, que quiere dedicar su vida a esto, es complicado empezar tan joven, porque parece que tienes menos margen para desarrollarte a largo plazo. A mí me resulta difí- cil. Tienes que tener unos parámetros y unos valores muy claros, y todavía sigo lidiando con ello. Pero también es una experiencia maravillosa, no me voy a quedar solo con lo malo.

En Al otro lado de la pantalla analizas el bullying en una historia realista con un instituto como telón de fondo, algo que volverías a hacer en La flor de fuego. ¿Es la primera un antecedente de la segunda a nivel temático?

Si hay algo que descubrí con Al otro lado de la pantalla y que luego llevé al extremo en La flor de fuego, es mi gusto por el realismo y por lo que yo creo que debería ser la novela juveni: algo que tiene un componente muy social, muy de denuncia; muy de estudio de las formas de vida de los jóvenes, de los problemas a los que se enfrentan ahora; de psicología. Y me refiero a psicología compleja, en lo que sería la psicología de los mal llamados millennials. Porque estoy harta de los artículos de El País sobre los millennials, no puedo más. Siempre digo que toco todos los gé- neros y que realmente no me gustaría quedarme en uno solo, pero lo que más me gusta escribir es realismo. Probablemente Al otro lado de la pantalla y La flor de fuego sean los dos libros que más he disfrutado escribiendo. Y mis personajes favoritos de todos los que he escrito están allí.

En esta primera novela presentas una historia contada desde siete puntos de vista distintos. ¿Por qué decidiste hacer esta estructura en lugar de una más sencilla y quizá más acorde a tu edad?

Tampoco lo pensé mucho. Si te soy sincera, ahora veo que Al otro lado de la pantalla es una de las estructuras narrativas más conseguidas de todas las que he escrito, incluso más de las de libros posteriores; es mucho más compleja. Pero por aquel entonces para mí escribir era como un juego; todavía tiene mucho de juego, y la parte en la que más me gusta jugar es en las estructuras narrativas. Con el paso de los años me he dado cuenta de que tengo cierto gusto por las estructuras más fragmentarias. Pocas veces hago un orden cronológico, más en novelas de fantasía, pero para escribir realista no me gusta, porque creo en representaciones de la realidad fragmentadas, y no solo de una realidad: creo en muchas realidades, y me parece que la ficción debería reflejarlas. Pero sí, por aquel entonces era puro juego, puro interés por ver cómo podía contar una historia desordenándola cronológicamente, cómo podía enfocar los distintos personajes. Porque una historia de acoso escolar la han contado muchas veces; no vas a ser original con el argumento, como vas a ser original es en la forma de contarla. Para mí, la pregunta fundamental a la hora de escribir una novela no es sobre qué escribir (porque en eso hay poca originalidad ahora mismo, aunque sea una pregunta importante) sino el cómo lo escribes. Ahí es donde realmente reside la magia, en la forma de enfocarlo.

 

Tras esta estructura, como dices, has explorado muchas otras, y siempre juegas con los narradores, que son uno de los signos de identidad de tu obra. ¿Qué es lo que te mueve a querer explorar con ellos y a ponértelo más difícil con cada novela?

Yo tengo una manía: cuando sé que algo se me da mal, corro a hacerlo. En La chica del león negro, por ejemplo, yo tenía cierto pique porque veía que mis personajes femeninos no acababan de gustarme o que quedaban en segundo plano porque no estaba tan có- moda escribiendo con ellos. De hecho, varias veces me han confundido con un hombre en concursos de escritura porque dicen que escribo mejor los personajes masculinos. Probablemente, aún hoy en día, sea verdad. Por eso, con La chica del león negro quise escribir una protagonista femenina y una historia de amor, que también es otro de mis puntos débiles. Pero, al final, es puro reto. Nunca he creído en hacer el tipo de historia en el que estás cómodo. Nunca. Me parece que como artista eso es algo que deberías evitar.

De todos los narradores que has escrito, ¿con cuál te sientes más cómoda y cuál te gustaría probar?

Lo que más me apetece ahora mismo es escribir infantil desde la primera persona, que es algo que nunca he hecho porque creo que es complicadísimo que quede una voz convincente. Es todo un reto que realmente me apetece. No sé cuándo lo probaré, pero creo que es un buen ejercicio. En cuanto a dónde me siento más cómoda, yo tengo debilidad por el monólogo interior, pero por el psicológico y logrado, como uno de los capítulos de La flor de fuego, por ejemplo. Y también por la prosa un poco más lírica, la que utilicé en los capítulos en negro de La chica del león negro. Y en Loto, mi nuevo proyecto, hay una parte en la que se sumergen en la memoria y el subconsciente de uno de los personajes, y la voz de la memoria habla constantemente con imágenes y con todas las cosas no racionales de las que se nutre el subconsciente. Es una de mis partes favoritas de la novela.

No solo exploras con narradores, sino que en Globe exploras los tres géneros literarios en una misma obra. ¿Por qué decidiste escribir esta historia de esta manera?

Por puro gusto por el teatro. Luego, armando la historia, me di cuenta de que, además, quedaba mucho más rica. En Globe aparecen tres arcos argumentales y cada uno tiene su género. La historia del Primer Actor está contada en verso, la historia del protagonista, Gilbert, está contada en la prosa normal de la novela, y luego está la obra de teatro que los personajes están representando. Son tres historias distintas dentro de la misma novela. Eso es algo que me encanta, una historia dentro de otra historia, y esta a su vez dentro de otra… En Globe llegamos a cuatro o cinco niveles, porque dentro de la obra de teatro hay otra obra de teatro.

Sí, en tu obra hay mucho de historias dentro de historias. Además, muchos de tus personajes escriben y la literatura está siempre muy presente. En tu obra hay mucha metaliteratura.

Exacto, me gusta explorar esa metaliteratura. Cuando yo escribí Globe estaba leyendo Cumbres borrascosas y estaba estudiando Hamlet en la universidad. Tenía un montón de esas estructuras en la cabeza y eso se vio reflejado, no tenía otro remedio. Pero ahora pienso en Globe y hay que gente que me dice que es su favorita porque es la más redonda, y probablemente sea cierto. Quizá sea la historia con una trama más constante, que pega menos saltos y que está mejor construida, en el sentido que todo encaja. No tiene esas irregularidades que a mí me parecen necesarias en la creación artística y que parece que dan los brillos de más literatura o de más genialidad artística. Globe tiene menos fallos y menos debilidades. Pero también hay una parte de pura pasión mía en esta metaliteratura, de hablar de lo que me apasiona. A todo el mundo le gusta hablar de lo que le apasiona. Y le gusta hacerlo de forma que no sea juzgado. Hablar de ello a tus lectores parece que va a ser bien recibido. También hay parte de pura pragmática, porque si hay un protagonista que se supone que escribe mucho, queda mucho más realista y justificado si sacas una parte de sus diálogos o sus cartas (un recurso que a mí me gusta utilizar bastante) y que estén bien escritos, con cierto tipo de escritura y de lenguaje que si fueran de otro personaje. Por ejemplo, si fuera un abogado... Yo no sé escribir como un abogado. Sé escribir como un escritor.

¿Por qué decidiste cambiar del realismo a la fantasía tan radicalmente después de Al otro lado de la pantalla?

Porque, una vez escribo realismo, lo que me apetece escribir es fantasía. De Globe, lo primero que surgió fue la trama de Nastia en un pueblo perdido de Galicia. Quería una inventora que estuviera adelantada a su tiempo; quería esa estética que tienen los inventos de Nastia y toda la historia con la máquina que está inventado, que no voy a decir cuál es. Luego lo trasladé a un mundo de fantasía. Lo último que se me ocurrió fue Gilbert, el protagonista. Suele ser algo que siempre me pasa: el último que se me ocurre es el prota. Pero no sé, al final surgió así. Yo siempre creo que si escribes de lo que te gusta y disfrutas escribiendo, el lector va a disfrutar. Algo de esa pasión siempre se transmite. Si estás escribiendo una novela que a ti ni te va ni te viene, se va a notar un montón en tu prosa. Por eso, al final tiro por lo que me gusta.

 

Escribiste la obra de teatro completa que los personajes de Globe interpretan. ¿Quieres seguir escribiendo teatro?

Sí, y lo escribo. No lo publico y no hago nada con él, pero escribo mucho teatro como ejercicio. Ahora voy a empezar a estudiar cómo escribir guiones. Estoy en la Escuela de Guion de Madrid, porque también me apasiona el diálogo, dialogar. Y muchas veces me apasiona sin ni siquiera tener trama. Me parece que es un tipo de género que no tiene nada que ver con cuando las personas hablamos en la realidad. Tiene otras normas completamente distintas. Si transcribiéramos una conversación real a diálogo en un libro, nos quedaría algo que nadie querría leer. Me apasiona esa manera de hacer algo que se supone que te tiene que quedar lo más realista posible pero que en realidad no tiene nada de realista; es un género que, para mí, tiene mucho sobre lo que explorar.

Con tu siguiente novela, La chica del león negro, continuaste en la fantasía, pero esta vez mucho más oscura. Colocas a las enfermedades mentales como los grandes monstruos de la historia, capitaneados por la Melancolía. ¿Qué te llevó a personificarlas y crear una historia a su alrededor?

Tiene que ver mucho con mi trayectoria profesional y con mis diagnósticos personales de depresión y con todo lo que atravesaba en esa época, que era muy duro. Y yo me daba cuenta, pero eso fue algo que reflexioné después sobre mi propia condición médica, de que muchas veces pensamos en la depresión o en otras enfermedades mentales como algo nuestro, como un rasgo nuestro, y no como algo externo. Encontré que pensando en la depresión como una enfermedad más, como si fuera una gripe, me parecía mucho más fácil luchar contra ella que si pensaba en ella como algo que yo llevaba dentro, algo que era mío. Porque la depresión no era mía realmente, era solo algo que padecía y que me había invadido por alguna razón. Y llevándola al extremo, si lo convertía en un personaje externo, podía luchar contra ello realmente, como luchas contra algo que no forma parte de ti, que está en otra parte de la realidad. Y fue así como fue naciendo. De hecho, los delirantes eran lo primero que yo tenía del mundo de Némesis, ni siquiera tenía el resto de la ciudad, la parte de los artistas, nada. Tenía personajes, personajes con ciertas características visuales (porque en la fantasía cada vez me gusta más trabajar la estética y que mis mundos fantásticos tengan una estética muy definida), con esos poderes definidos, cada uno asociado a una enfermedad mental o a un sentimiento negativo. Si yo los externalizaba, podía luchar contra ellos. Esa fue la semilla de La chica del león negro.

Retomando este hilo de las enfermedades mentales, ¿crees que en la literatura juvenil ha de haber más espacio para las enfermedades mentales o en los últimos años se ha hecho un hueco importante?

Tengo realmente problemas con ello, porque cuando yo tenía doce, trece, catorce años no encontraba ninguna mención a enfermedades mentales en la literatura juvenil. Estaban los clásicos libros sobre anorexia, sobre esos puedo hablar menos, pero aparte de esos, no encontrabas mucho sobre trastornos como la ansiedad o la depresión. Y de golpe encuentras un boom. Parece que se ha convertido en una especie de reclamo comercial, y con eso también tengo mis problemas, honestamente. Con esos libros como...Todas mis heridas, que es supertriggering ya desde la portada. Es terrible. Por eso, también tengo problemas con que se normalicen hasta ese punto. Entiendo que se tengan que tratar y que se tiene que hablar de ellos, pero no estoy segura de hasta qué punto es bueno que esa etiqueta se convierta en un reclamo comercial, porque no tienen nada de banalización, no tienen nada de producto.

Pero en tu obra no solo has tratado este tema en La chica del león negro, con los Delirantes y la enfermedad de Pascal, el protagonista. También en Kit o John, de La flor de fuego, en Juan Carlos en Al otro lado de la pantalla, e incluso en Gilbert de Globe. Estos personajes, que podríamos definir como melancó- licos, están en toda tu obra. ¿Qué es lo que te interesa de ellos?

Si te fijas, todos lo que has nombrado son masculinos. Ahí está parte de la clave. Los personajes masculinos prototípicos y la forma de tratar la masculinidad prototípica es algo que a mí me repatea. Los Edward Cullen (y podría citar tres millones más) en fin, están ahí, lo entiendo, pero yo quiero tratar otro tipo de chicos adolescentes, mucho más humanos, para mi gusto. A mí me gustan las formas un poco más complejas, más humanas, de tratar la masculinidad y, sobre todo, me gusta presentar otro tipo de personajes. Siempre me pasa con los chicos, además, el querer estudiarlos de otra manera. Pero yo no diría tanto como «melancólicos».

Y, en tus historias, ¿los temas que quieres tratar están por encima de la creación artística, de la obra, o es esta la que prevalece sobre tus ideas?

Es un debate interesante, y yo internamente lo tengo mucho. Pero al final eres humano y tienes ciertos valores. En mi caso, ni siquiera la creación artística está por encima de ellos. Hay otros que te dirían que el arte está por encima de todo, que hay cosas que no se pueden censurar. Yo no estoy de acuerdo con eso. También creo que, siempre que tú seas alguien medianamente sensible (y la mayoría de los autores espero que lo sean, o creo que lo son), hay límites que no vas a pasar. Y de hecho puedes tocar temas muy arriesgados, porque yo no soy de las que no quiere hablar de ciertos temas o no quiere presentar situaciones muy duras. Es más, creo que hay que presentar esas situaciones y no callarse nada para poder luchar contra ellas. El silencio es la peor forma de lucha, para mí. Pero te aseguro que es un tema complicado entre la activista que tengo dentro y la artista que también tengo dentro.

 

En La chica del león negro, como has dicho antes, exploras por primera vez una historia de amor. Pero no era la primera vez que hablabas de otras formas de amor, como la amistad o el amor por la creación artística. ¿Por qué hablas más de estos tipos en una literatura juvenil dominada por las relaciones románticas como ejes de muchas novelas?

Yo como persona creo poco en diferenciar el amor romántico de otros tipos de amor. También sospecho que el componente trágico que se da a ciertos tipos de amor en todo tipo de ficción funciona muy bien para crear conflicto, lo cual es muy útil a la hora de armar una historia, porque se arman a partir de un conflicto, pero es poco sano transmitirlo sin cierta crítica. Por eso siempre intento plasmar otro tipo de amor que tiene menos representación. Creo mucho en la amistad, muchísimo, es algo que siempre intento que aparezca en mis obras. Y también creo que el amor romántico (o supuestamente romántico) debería ir unido a otros tipos de amor. Para mí, cualquier proyecto de amor romántico tiene que estar unido a amor por lo que haces, a futuro, a esperanza, a un proyecto de vida en general, algo que englobe un poco todo, no me gusta presentarlo aparte. Por eso, sí, puedo hablar de amor romántico en mis obras, pero hablo de muchas otras cosas, y creo que pura romántica nunca voy a ser capaz de escribir. Puedo escribir otro tipo, puedo escribir obras en las que aparezca el amor romántico, pero en las que también haya otro tipo de tramas. No me veo escribiendo obras más clásicas del género romántico, porque no es algo en lo que crea.

La ambientación es un rasgo casi tan importante como los personajes en La chica del león negro. Algo similar ocurría en Globe. ¿Qué te atrae de crear estos mundos? ¿Están tus mundos fantásticos conectados y veremos personajes ya conocidos en tus futuras obras?

Lo he hablado un poco antes, pero realmente creo en la conexión entre realidades. De hecho, en mis mundos fantásticos nunca hay un solo mundo, hay varios. En La chica del león negro y en Globe los protagonistas vienen de nuestra realidad y pasan a otra. De hecho, en La chica del león negro si cuentas las realidades más mentales, de la conciencia, hallarías varias. Para mí, mi universo está un poco creado como una telaraña en la que nuestra realidad, quizá, está en el centro, y hay otros mundos que tengo armados y unidos entre sí porque forman parte de la telaraña. ¿Si vas a ver de nuevo a algún personaje? Probablemente, porque yo no doy por abandonado nunca a ninguno. Y, de hecho, cuando empiezo a armar una historia, primero pienso en personajes de otras novelas y voy dándole vueltas. Puede que los veas.

Tu última novela, La flor de fuego, narra la matanza de Columbine. ¿Cómo llegaste a Columbine y dijiste: «Aquí hay una historia»? 

Estaba dando una charla ante doscientos o trecientos chavales de un instituto. Nos empezamos a poner en casos extremos de acoso escolar, porque la charla era sobre Al otro lado de la pantalla, y salió el tema de los tiroteos en los institutos de Estados Unidos. Ahí fue cuando pensé que había una historia. Lo que me hizo decantarme fue un artículo que Luis Rojas Marcos publicó en ABC. Él es una persona a la que yo admiro un montón y he leído mucho de lo que ha escrito y me he visto muchas de sus entrevistas. Sobre todo, estaba interesada en su visión del 11-S, porque él era el director de la red de hospitales públicos de Nueva York cuando ocurrió, y habla primero de sus deseos de ayudar y luego de cómo él mismo se dio cuenta de que sufría lo que podríamos llamar estrés postraumático, quizá una concepto un poco fuerte para lo que él describe, pero algo parecido. Habla de cómo a él mismo le había tocado la situación por ese afán de hacer y hacer, y de aportar y aportar. Es muy interesante todo lo que cuenta. Fue un artículo suyo lo que me hizo volcarme del todo con Columbine, junto con la peli de Elephant. Me encanta Gus Van Sant presentando una peli de temática juvenil y ganando Cannes, porque esa película es de temática juvenil totalmente. Pero a la vez veía ciertos fallos o ciertos agujeros o cosas que a mí me gustaría que hubiera tratado en la peli, y cada vez que yo veo fallos en algo de ficción pienso: «Eso lo voy a hacer yo». Fue por ahí como me decanté finalmente por Columbine.

¿Cómo fue el proceso de crear ficción basándote en un hecho histórico?

Es un proceso que a mí me apasiona. De hecho… Esto es algo que sería muy políticamente incorrecto decir en las facultades de humanidades de las universidades, pero que como artista admito tranquilamente, y es que cada vez que escribes acerca del pasado o cada vez que recuerdas algo estás haciendo ficción, porque el pasado no existe y la memoria no es exacta. Siempre hay ciertos vacíos, aunque sean mínim

os, que estás rellenando. Al recordar estás haciendo ficción porque nunca recuerdas las cosas tal y como sucedieron, y al escribir sobre el pasado, por el simple hecho de que hay una diferencia temporal, también lo estás haciendo. La labor del autor de un gé- nero histórico al final se limita (aunque es mala palabra porque es muy compleja) a pensar qué cosas de esa supuesta realidad puede coger y qué ventanas puede dejar para que él las rellene con ficción. Pero también tienes que tener muy presente que cuando escribes acerca del pasado no estás tan preocupado por el pasado como lo estás por el presente. Realmente, solo el hecho de mirar a cierto momento pasado implica que ese momento te interesa por algo que tú estás viviendo ahora mismo. No es casualidad que en el Renacimiento se mirara a la antigua Grecia, y si te pones así, una detrás de otra, no es casualidad que en los teatros se escoja hacer cierto clásico por encima de otro: lo hacen porque creen que esa obra todavía puede decirte algo sobre tu presente. Y yo creía que Columbine tenía mucho que decir sobre el presente y que el mensaje pacifista que se puede lanzar hablando de Columbine tiene mucho que ver, por desgracia, con el presente. Por eso me volqué en él.

En La flor de fuego introduces al lector dentro del instituto durante el tiroteo. ¿Qué papel crees que tienes como autora de mostrar esta realidad, de hablar de armas y violencia en la literatura juvenil?

Tengo un problema con la literatura juvenil actual, y no solo en la literatura juvenil, también con temas que se tratan en la televisión… No voy a caer en el tópico de hablar de videojuegos, aunque también se podría, pero realmente se ve una normalización de la violencia y una forma de mostrarla sin hacerte preguntas o sin defender nada que no me gusta. Mis mayores problemas, que siempre cito en presentaciones, están con Divergente, que me parece que tiene detrás un mensaje belicista y nadie se ha molestado pensar en ello, y con Steelheart. Esas listas de armas que te hace Sanderson, que te las describa de forma exhaustiva. Y yo pensaba: «¿Pero y esta expansión de la industria armamentística en la ciencia ficción que has creado? ¿Nadie se ha planteado esto?». En las reseñas que yo leía de estos dos libros se hablaba de muchas cosas, pero nadie hablaba del tema belicista porque yo creo que está tan normalizado en nuestra sociedad con el tipo de ocio que consumimos que no te paras a pensarlo mucho. Por eso yo quería escribir un tipo de ficción que no cayera en esos mensajes soterrados, sino que pudiera llegar a plantear ciertas preguntas. La flor de fuego es una forma de llevarlo al extremo, porque obviamente la matanza de Columbine fue la culminación de cierta violencia que hay enterrada en el mundo adolescente. Pero realmente en el ocio que se consume a menudo está muy metida, y yo quería hacer otro tipo de ficción. Y creo que, igual que ciertos mensajes nos calan a través de la ficción, también hay ciertos mensajes que debemos criticar y desenterrar a partir de ella. La ficción es muy poderosa, mirando por los dos lados.

 

En alguna de tus presentaciones has dicho que pensaste en contar la historia desde el punto de vista de los tiradores, pero te echaste atrás. ¿Te da miedo, incluso ahora, que el lector justifique o humanice a los dos alumnos asaltantes?

 

La justificación sí me da miedo, la humanización, no, porque nadie puede quitar que eran humanos. Nadie puede quitar que ellos fueron personas, eso era una realidad. Los humanos somos capaces de lo mejor, pero también de lo peor, y no por ello debemos dejar de representar las dos caras de la moneda. No quería darles tanta voz porque no pensaba que se la merecieran. Pasó algo similar con el final de Al otro lado de la pantalla, que cogí el final más justo, aunque no era el final que a lo mejor pudiera encajar mejor en la historia, porque sé que hay otro que podría encajar mejor, todo el mundo me lo dice. Pero me parecía el más justo. Y aquí también me parecía más justo que alguien como John, una buena persona, contara la historia, y no ellos. También están mis propias limitaciones como narradora. Yo todavía no me veo capaz de contar algo así, y yo sé que mi cuerpo y mi estómago no aguantan, por poner un ejemplo extremo, lo que hizo Nabokov con Lolita.

¿Cambiará nuestra perspectiva de Columbine tras leer la novela?

Espero que sí. No estoy segura, tiene que juzgarlo el lector, pero está escrito desde una perspectiva… Yo creo en tomar partido en las situaciones y creo que haciendo ficción uno se mancha, y que sus opiniones y sus valores quedan reflejados. No creo en un artista que intenta estar por encima de todo. Yo tomé partido por cierta postura y espero que a la gente le afecte, tanto para estar de acuerdo como paraestar en descuerdo, porque estando en desacuerdo también se aprende mucho. Pero con que sacara algo más que simple disfrute leyéndolo, yo estaría feliz.

Últimamente estamos viviendo un momento muy rico de jóvenes autoras en la literatura juvenil. ¿A qué crees que se debe el afloramiento de vuestras voces casi como si fuera un movimiento, una nueva ola?

Yo sospecho que hay una necesidad por parte de las mujeres de mi edad de expresarse, y que eso es lo que se ha traslado a la literatura juvenil, porque mi generación de escritores en España es cien por cien mujeres, las que estamos publicando cien por cien. Y eso responde a una necesidad y a cierto movimiento. Creo realmente que las mujeres tenemos una forma dinstinta de ver la realidad y de hacer ficción. Y que eso no nos lo puede quitar nadie. Podemos aportar mucho al mercado editorial, porque tengo que reconocer que, hace cinco años, el ochenta por ciento de los libros que yo leía estaban escritor por hombres. Al menos podemos hacer algo para cambiar esa tendencia, porque no creo que las mujeres escribamos peor. Creo que escribimos distinto y que por una razón o por otra se nos ha vetado cierta visibilidad. Y que precisamente la generación de ahora es una reacción a ello.

Finalmente, ¿en qué estás embarcada?

Tengo dos novelas terminadas por ahí moviéndose, más infantiles, aunque una al final no lo fue tanto. Y tengo escrita la primera parte de una trilogía que está inspirada un poco en el mundo grecolatino. Es fantástica, pero tiene esa inspiración, sobre todo en las formas de gobierno, la política, todo esto que a mí me apasiona. La tiranía está presentada como se entendía en la antigua Grecia y tiene una estética muy pero que muy característica ya que, como he dicho, eso es algo que a mí me encanta trabajar.

Muchas gracias por tu tiempo y mucha suerte con tus nuevos proyectos.

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