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Entrevista a...

Ana Alcolea

El Templo #27 (abril 2012)
Por Nerea Marco
11.789 lecturas
Ana Alcolea es una escritora aragonesa de literatura juvenil cuyos libros nos hacen viajar a países tan interesantes como Italia o Noruega. En sus novelas encontramos tramas situadas en el presente que se entrelazan con algunas historias del pasado para hacernos soñar y acompañar leyendo a los protagonistas en sus aventuras. Con La noche más oscura ganó el premio Anaya en 2011 y la mención en los White Raven 2012. 

El medallón perdido, tu primera novela publicada en 2001, lleva ya más de 17 ediciones, lo cual es todo un éxito en la literatura juvenil. ¿Qué crees que gusta a los jóvenes para que sea una de tus novelas más leídas?

Es una novela escrita con emoción. Siempre busco un pilar fundamental que a mí me emocione y desde allí comienzo a construir la novela. Esa emoción que pongo en la novela se transmite al lector y le hace sentirla. Empecé a escribirla pocos meses después de la muerte de un primo mío en avioneta en África. Había dentro de mí algo que me empujó a escribir. Yo creo que los lectores viven el libro si el escritor lo vive.

Además, tiene ingredientes de la novela de aventuras tradicional: lo desconocido, el viaje, la búsqueda de la identidad, el encuentro con uno mismo, la iniciación a la vida, al amor, etcétera. Los universales del sentimiento, que diría Machado, están ahí. Por eso no pasa de moda. Por eso y porque no habla de nada que esté de moda.

Con La noche más oscura ganaste el VIII premio Anaya en 2011. Esa misma novela ha sido incluida recientemente en la selección White Ravens que cada año realiza la Internationale Jugendbibliothek de Munich de entre los miles de libros infantiles y juveniles publicados en todo el mundo. ¿Te ha ayudado el apoyo de estos reconocimientos en la literatura juvenil para animarte a seguir escribiendo para este público?

El premio Anaya ya lo había acariciado dos veces, así que a la tercera fue la vencida. Tenía ganas de ganarlo porque casi toda mi obra está allí. Además, me encanta ser parte de ese grupo de escritores ganadores del Anaya, entre los que se encuentran autores tan buenos como Gonzalo Moure, Daniel Nesquens, Fernando Marías o la ganadora del premio Anaya 2012, Blanca Álvarez.

El White Ravens es un premio muy prestigioso internacionalmente y me ha llegado en una época dura personalmente, así que me ha animado a seguir escribiendo. Es una luz repentina, un reconocimiento personal y profesional. Quizás ahora, con ese reconocimiento, conseguiremos que la novela se traduzca a otros idiomas. Nos gustaría mucho publicarla con una editorial noruega, ya que la acción de la novela tiene lugar en sus costas.

Tras leer algunas de tus novelas, podemos encontrar una especie de patrón o base desde la que parte la acción de algunas de ellas: un joven, chico o chica, tiene que viajar a un país extranjero durante unas semanas. El concepto del viaje para ayudar al protagonista en su desarrollo personal está presente en casi todas tus novelas. ¿Qué es lo que te atrae tanto del viaje?

El viaje en la historia de la literatura es el símbolo del conocimiento, tanto interior como exterior; es el peregrinaje. La literatura occidental parte del viaje: La Odisea, La Biblia, etcétera. Así que hay un cierto fondo historicista en la intención.

Además, mis primeros recuerdos de infancia vienen de un viaje. Me gusta poner a mis personajes en la tesitura de un viaje, sin mantos que los protejan: sin la familia y sin su idioma, su lengua materna –que por algo se le denomina así-. Se quedan solos dentro del conflicto y así aprenden a conocerse, aprenden de qué son capaces y el lector les observa en ese viaje a través de la soledad de sus miradas. Asimismo, el viaje añade un elemento exótico, aunque nunca busco el exotismo por sí mismo: siempre son lugares con un significado personal importante: un rincón de África (en el que no he estado físicamente, pero sí emocionalmente…), los recuerdos infantiles de Italia o mi relación personal con Noruega.

Aunque la mayoría de tus novelas publicadas son para jóvenes, también tienes una novela, Bajo el león de San Marcos, dirigida al público adulto y otra infantil, Cuentos de la abuela Amelia. ¿Qué diferencia hay a la hora de escribir para un público adulto o para uno infantil o juvenil?

Cuando escribes una novela que no va a publicarse en una colección de literatura juvenil, puedes contar lo que te dé la gana: dar rienda suelta a tus pensamientos reales, brutales, etc., no hay censura. En una novela que va a publicarse en una colección de literatura juvenil hay determinadas palabras, asuntos, que las editoriales te pueden sugerir que cambies, que no aparezcan… A veces el propio escritor se autocensura…

Pero quiero pensar que mis libros son para todos los públicos, no son exclusivamente para jóvenes. No sé si hay literatura para jóvenes, es un término conflictivo. Hay buena literatura y mala literatura. La literatura llamada juvenil la pueden leer también los adultos.

¿Es literatura juvenil aquella en la que el protagonista es un joven?, parece que es un ingrediente fundamental en la elección. Pero, y permíteme la reflexión: ¿toda la literatura protagonizada por adolescentes es literatura juvenil? ¿Lo son Oliver Twist o El Lazarillo de Tormes, o La Ilíada? ¿Dónde está la diferencia? ¿La altura o categoría de la novela? Hay mucha literatura “juvenil” de calidad actualmente. Quizás el marchamo de literatura para jóvenes no es nada más un criterio comercial, de publicación, de en qué colección va a incluirse determinado libro. Mercado. Nada más y nada menos…

 

Aunque la novela parece tu género preferido, también has publicado relato corto en libros juveniles como 21 relatos contra el acoso escolar y 21 relatos por la educación. ¿Cómo se enfrenta un escritor al reto de escribir sobre un tema impuesto?

La mejor manera de enfrentarte a un tema impuesto es haciéndolo tuyo. Nunca me han dado un tema que no sintiera como mío a la hora de escribir. De pequeña fui acosada por dos niñas en el colegio, así que creé un cuento a través de episodios que mi memoria tenía casi olvidados. Para 21 relatos contra el acoso escolar, verbalicé un asunto olvidado. Me hizo bien, pero te puedo confesar ha sido uno de los textos que más me ha costado escribir.

Para realizar un encargo, y que no quede “artificial”, hay que buscar un pilar emocional que lo sustente y a partir de ahí se puede crear un relato creíble, honesto. La literatura cuenta mentiras, pero debe hacerlo de una manera honesta. Parece una paradoja, pero no lo es porque la literatura bebe de la ficción y de la realidad.

En La noche más oscura, te acercas a la II Guerra Mundial, uno de los temas más tratados en la literatura juvenil si nos referimos al realismo. ¿Cómo fue el proceso de documentación para esta novela? Además, sabemos que el faro Kjeungskjaer fyr, en el que se desarrolla la acción, es real, y está en la costa de Noruega. ¿Nos cuentas algo de tu visita a ese faro y de cómo te inspiró para ambientar en él una novela?

En verano de 2010 viajé a Noruega, como otros veranos, por razones familiares. Una amiga nos organizó una visita a ese faro, que está en mitad de un islote. Para llegar a él, hay que ir en barca, y hay que ponerse los chalecos salvavidas que están en un almacén del puerto. Al entrar en el almacén, me fijé en unos objetos que había allí expuestos: era un pequeño museo de la Segunda Guerra Mundial. Ese almacén fue la prisión de 195 prisioneros rusos que los nazis llevaron allí para construir una pista de aterrizaje que todavía se utiliza.

Entre los objetos que se conservaban de los años de la ocupación, había una lista de nombres que me impactó: los soldados que allí estuvieron y las fechas en las que murieron. Siempre viajo con un cuaderno y lo saqué para tomar algunas notas. Apunté los nombres de Nicolaj Dubrowski y Feodor Pawlov. Éste último había muerto el 12 de diciembre de 1941 helado de frío. Nicolaj había muerto el día de Navidad del mismo año, pero no constaba la causa de su fallecimiento, eso me animó a salvarlo en la novela. Ese invierno de 1941 y 1942, treinta y tres hombres murieron helados en ese punto de la costa noruega, el mismo que estábamos nosotros visitando y disfrutando ese verano.

Durante nuestra visita al faro tomé notas de la distribución, los pisos, etcétera. En agosto empecé a escribir la novela. La terminé justo a tiempo para presentarla al premio Anaya de ese año. Tuve que documentarme en temas históricos, como el funcionamiento de las radios o los submarinos, pero esa visita al faro fue la que me inspiró para comenzar la novela.

Un recurso que utilizas en tus novelas suele ser un objeto, que acompaña al protagonista a lo largo de toda la aventura. En El medallón perdido, es un medallón; en El retrato de Carlota, un collar; etcétera. Normalmente, ese objeto es el que entrelaza la historia del pasado con la del presente en la narración. ¿Qué nos puedes contar de ellos, cómo te decidiste por ese medallón o ese collar en especial?

Suelen ser objetos personales también para mí. El medallón está basado en un medallón que me regalaron unos primos que vivían en África. Tiene el significado de nostalgia por la infancia y la adolescencia que ya no volverán porque el tiempo pasa, y porque uno de ellos murió hace años. A través de los objetos, evocamos el tiempo perdido y lo recuperamos, a la que vez que también creamos momentos atemporales. La literatura es crear en una dimensión diferente, donde el espacio y el tiempo no existen.

El collar fue regalado a mi madre. Durante la guerra y posguerra española, no había demasiado dinero, menos todavía para juguetes. Un día, una amiga de mi abuela le dio a mi madre una caja con juguetes. Allí, en uno de los armarios de la casa de muñecas, aparecieron unas cuentas. Más tarde, le pusimos un broche y a partir de ese collar, y de un viaje a Venecia para investigar sobre él, empecé la novela.

Me gusta apoyarme en objetos que tienen un valor especial y ligan el pasado con el presente. Los objetos resisten mejor el paso del tiempo que las personas. Comenzaron en el pasado, pero siguen existiendo en el presente: pertenecen a la misma dimensión que la literatura.

 

 

El viaje y los recuerdos y memorias son dos temas muy presentes en tu literatura. Pero no nos podemos olvidar del amor. Al fin y al cabo, no mentiríamos si dijéramos que la relación entre Benjamin y Sandrine en El medallón perdido o la de Carlota y Ferrando es uno de los atractivos de ambas novelas. ¿Por qué tienen algunas de tus libros esos amores de verano, tan atractivos y a la vez tan imposibles?

Los amores de verano, de adolescencia, que yo tuve también tenían ese sentido de imposible. A veces, un amor de verano lo conlleva. Sin embargo, los finales de mis libros son abiertos para que el lector pueda terminar esa historia como quiera. Aunque en El medallón perdido sí que sabemos que Benjamín y Sandrine siguen hablándose y viéndose, muchos lectores de En el bosque de los árboles muertos me preguntan: ¿pero por qué no se besan al final?

Son historias realistas, aunque con una puerta final siempre abierta. La diferencia entre los amores de la historia del presente y los del pasado es que estos últimos son siempre más difíciles, complicados, no tan políticamente correctos y con unos tintes más oscuros. Los amores vacacionales tienen esa inocencia en la que todavía nos creemos las cosas y usamos nuestra imaginación.

Tanto Italia como Noruega parecen dos de tus países predilectos, si nos fijamos en tus novelas. El vuelo de las luciérnagas, El retrato de Carlota y Bajo el león de San Marcos tienen lugar en el cuna de la pasta, la pizza y los grandes artistas del Renacimiento. El país nórdico es el paisaje de Donde aprenden a volar las gaviotas y La noche más oscura. ¿Qué te atrae de esos dos países en particular?

Ambos países están ligados a mi vida. De Italia guardo mis primeros recuerdos de infancia, de un viaje. Siempre me ha fascinado su lengua, su belleza, el respeto por la cultura, su arquitectura, su pasado… De pequeña ya me impresionó ese respecto hacia la arquitectura tradicional y la costa. Allí empecé a conocer la palabra “belleza”, en aquel mi primer viaje con dos años y me dio, y un par de ojos enormes y llenos de curiosidad. Los humanos siempre tendemos a la búsqueda de la belleza, y por eso Italia está presente en tres de mis novelas.

Mi marido es de Noruega y es un país en el que disfruto mucho de la naturaleza. Respetan la naturaleza, los bosques y me encanta disfrutar del intenso silencio del invierno, en el que se hielan hasta los ríos, y de la música de la naturaleza en verano. Nunca había sentido el silencio como allí.

La casa que aparece en Donde aprenden a volar las gaviotas es la casa de mi marido y sí, el bunker está bajo el jardín. También la cabaña es real. En la cabaña me siento pequeña en medio de la inmensidad del mundo. La vida en la naturaleza es una dosis de humildad necesaria: el mundo es grande, y nosotros tan insignificantes como vemos a una hormiguita.

¿Cuál es la novela que más tiempo te ha llevado escribir? ¿Alguna vez has dejado un libro inconcluso?

No tengo ningún libro inconcluso, los he terminado todos. El libro que más tiempo me costó escribir fue Bajo el león de San Marcos, tres años y medio, más los meses de revisión. Fue un trabajo duro, aunque me lo pasé muy bien escribiéndolo. El que menos he tardado en escribir ha sido El vuelo de las luciérnagas, en tres semanas.

Aunque no lo actualizas demasiado, sabemos que tienes un blog. Además, durante un breve espacio de tiempo, estuviste registrada en Facebook. ¿Qué opinas del uso de las nuevas tecnologías, los blogs y redes sociales, a favor de la literatura juvenil, ya sea por las editoriales para su promoción o por los escritores para acercarse a los lectores?

Todo lo que sea llegar a los lectores de manera honesta está bien. Pero la literatura es literatura para ser leída, disfrutada en la intimidad. Estamos creando hábitos en los que la lectura es ahora una pestaña abierta más. Así que ese acto íntimo lo hacemos desaparecer si se incluye como un juego más dentro del ordenador. En cierta manera, se está creando a una generación de gente manipulable y dependiente continuamente de la tecnología. La literatura es tal vez uno de los últimos reductos, si no el último, para poder estar con uno, a solas nada más y nada menos que con nuestra imaginación. Si ya no somos capaces de eso, deberíamos estar preocupados. Las redes sociales son útiles, sí, pero con cuidado.

Sí, yo tuve perfil en Facebook, creo que todavía está abierto. Duré tres días. Me atemorizó esa invasión de intimidad, de que todo el mundo supiera, o pudiera saber, todo de todo el mundo. Lo privado es importante y debemos cuidarlo. Nuestros pensamientos son casi lo único que nos perteneces. ¿Por qué queremos hacerlos públicos y notorios? ¿Por qué se nos insta a que lo hagamos? Preocupante.

 


Como muchos otros escritores, sueles ir a colegios e institutos a tener encuentros y charlas con tus lectores. ¿Recuerdas alguno que te gustara especialmente? ¿Alguna anécdota que quieras compartir con nosotros?

Una de las charlas más bonitas que he dado ha sido a una clase de quinto de primaria en un colegio de La Puebla de Alfindén, en la provincia de Zaragoza. Habían leído El retrato de Carlota, y se habían preparado preguntas muy trabajadas y profundas, con relaciones culturales alucinantes. Desde luego, fue un momento extraordinario.

La manera de relacionarte con el lector es, en primer lugar, el libro. Escritor y lector crean a medias el libro, a través de las palabras del primero y la imaginación del segundo. Ese es el encuentro más importante, la creación, aunque el escritor esté muerto. Nosotros, como lectores, creamos de nuevo a Aquiles, a Don Quijote, a Ofelia. La segunda manera de acercarte al lector es en los encuentros y charlas en colegios e institutos, donde se establece una relación muy especial.

Es fascinante, porque cada lector ha vivido tu libro de manera diferente y personal, y en esos encuentros, puedes verles, hablarles, responderles. Es importante estar entregado, como escritor, a ellos en esos momentos. En un colegio de la provincia de Barcelona, un chico me dijo “gracias por escribir este libro”. En Utebo, hace poco, me han regalado un álbum de dibujos de La noche más oscura, un trabajo colectivo en clase donde cada alumno había dibujado un capítulo diferente: es maravilloso ver cómo cada lector le pone un rostro diferente a los personajes, cómo es paisaje es distinto para cada uno. Las mismas palabras crean infinitos libros, tanto como lectores. Esto es lo más alucinante del hecho literario.

Las sonrisas que te llevas de los encuentros se disfrutan dentro, las recuerdas cuando vuelves a casa. Hay colegios difíciles o en zonas conflictivas que me han planteado las preguntas más curiosas o trabajadas que podía haber imaginado. Y sales emocionada, claro. Es el mejor de los premios.

Creo que podría recordar cada encuentro. Todos son diferentes y se disfrutan de distinta manera. Ha habido momentos especialmente emocionantes, como cuando una niña se echó a llorar cuando vio el collar veneciano en el que me basé para escribir El retrato de Carlota, o cuando una lectora de Huelva me enseñó su ejemplar de El medallón perdido, traducido al sistema Braille para ciegos, recuerdo perfectamente su nombre y el color azul de agua de sus bellísimos ojos

Estudiaste Filología Hispánica y has publicado ediciones didácticas de obras de teatro como Anillos para una dama, de Antonio Gala o Don Juan Tenorio, de José Zorrilla. ¿Crees que los jóvenes deben leer a los clásicos, además de leer literatura juvenil actual? ¿Cuáles les recomendarías?

Yo leí muchos clásicos en mi adolescencia y no me pasó nada malo. Pero ahora la literatura debe competir con muchas cosas, con otras formas de ocio. Además, leer El Lazarillo de Tormes para un chico de 14 años es complicado. Yo lo leí a su edad sin adaptar, pero quizás ahora tienen que leerlo adaptado, porque si no, en muchos casos, no se entiende. Pero sí, hay que leer los clásicos.

Son clásicos, y por algo lo son. Porque tratan temas propios del ser humano. Aunque ahora nos rodee la tecnología, nos sigue pasando lo mismo que hace cientos de años: nos seguimos enamorando como hace siglos, seguimos sufriendo si el chico o la chica que nos gusta no nos hace caso, si enferma o muere una persona a la que queremos… El ser humano ha evolucionado bastante menos que la tecnología. Las historias de los héroes siguen siendo iguales: aventura, viajes, amistad… aunque ahora le pongamos irremediablemente la cara de Brad Pitt a Aquiles, el de los pies ligeros.

Hay que leer a los clásicos porque en ellos está todo. Hay que leer buena literatura, tenga el calificativo que tenga (juvenil, adulta, clásica, etcétera). La vida es demasiado corta como para leer mala literatura.

Y, por último, una pregunta casi imprescindible: ¿nos puedes revelar algo de lo que estás escribiendo? ¿Qué proyecto tienes entre manos?

Sí..., por ahora sólo os puedo contar que se publica una novela nueva en agosto, y que tiene que ver con una de las fotografías de la sección "En casa de...".

Muchas gracias, Ana, por atendernos y respondernos a esta entrevista.

Muchas gracias a vosotros por todo el trabajo tan espléndido que hacéis al acercar la literatura a tantas personas que leen vuestra estupenda revista. Me encanta que gente tan joven como los oficiantes de este templo dediquéis vuestro saber y vuestro tiempo a la diosa literatura.

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