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Entrevista a...

Andrea Ferrari

El Templo #11 (agosto 2009)




Andrea Ferrari sólo lleva siete años como escritora profesional pero le han dado para mucho: escribir nueve novelas, una de ellas seleccionada por la Bi­blioteca Internacional de la Juventud de Munich en su prestigioso catálogo Whi­te Ravens, ganar premios tan importantes como El Barco de Vapor y el Jaén, ser traducida a otros idiomas (como el coreano) y todo ello sin perder la simpatía que caracteriza a esta autora porteña.

Usted empezó como periodista y después se convirtió en escritora. ¿A la hora de escribir le ha influido? Es decir, ¿se documenta de la misma manera para un artículo que para una novela?

Creo que mi experiencia en el pe­riodismo me influye en más de una forma. Para empezar en la elección de los temas: sigo te­niendo una mira­da de periodista y muchas de las ideas que después desarrollo en la ficción salen de alguna noticia. También uso he­rramientas perio­dísticas para do­cumentarme. No siempre lo hago, pero cuando sien­to que el tema lo necesita (o que yo lo necesito para abordar ese tema), in­vestigo y realizo entrevistas en busca de información. Por dar un ejemplo: en El diamante oscuro, la protagonista tiene padres sordos, que se comunican a través de la lengua de señas. Entonces antes de escribirlo entrevisté a hijos de sordos, leí bastante sobre la lengua de señas e incluso fui a una clase donde la enseñaban. Es una forma de trabajar que me resulta intere­sante y que me aporta muchos detalles e ideas para volcar después en la ficción.

Usted se hizo conocida (al menos en España) cuan­do ganó el premio Barco de Vapor con (si no nos equivo­camos) su primera novela: El complot de Las Flores. ¿Qué supuso ese premio para usted? ¿Era esa novela la pri­mera o había escri­to (aunque fueran inacabadas) otras obras anteriormen­te?

Supuso un cambio enorme. Hasta ese momento yo trabajaba full time como pe­riodista y escribía ficción en ratos libres. Había publicado un libro de cuentos (Las ideas de Lía) y tenía la primera versión de una novela (la que después, totalmente re­escrita, se convirtió en Café solo). Ganar un premio tan importante como el Barco de Vapor me abrió infinitas posibilidades. Decidí poner el periodismo en un segundo plano, dejé el cargo que tenía en el dia­rio y desde ese momento me dedico a la literatura. Fue una decisión difícil, ya que implicaba un cambio de vida total. De tra­bajar en una redacción ruidosa, llena de gente, corrida siempre por el tiempo, pasé a la calma total y soledad de mi estudio. Pero nunca me arrepentí.

El complot de las flores y Café solo tienen una temática similar que podría­mos denominar “embrollo-sentimental”, con mucha ternura, a diferencia de otras novelas suyas (como El camino de Sher­lock o El hombre que quería recordar) más serias, con temática de misterio e investigación, y con menos humor y ro­mance. ¿Podríamos decir que estamos ante dos líneas diferentes de su narrati­va?

No coincido del todo con esa carac­terización. Pienso que efectivamente El hombre que quería recordar y El camino de Sherlock tienen elementos en común, empezando porque ambos podrían incluir­se en el género policial. En cuanto al hu­mor, me parece que está en mayor o menor grado en todos mis libros. Y lo que los une a todos, creo, es el intento de retratar chicos y adolescentes reales, con su manera par­ticular de mi­rar el mundo, sus relaciones, sus miedos, sus amores, sus in­tereses. Creo que El complot de las flores incluye, igual que Aunque diga fresas, una temáti­ca más social, mientras que Café solo, como También las estatuas tienen miedo, se centran más en el desarro­llo del adoles­cente.


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