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Entrevista a...

Beatriz Esteban

El Templo #78 (octubre 2020)
Por Irene Vilsa
549 lecturas
El primer libro publicado de Beatriz Esteban fue Seré frágil, en 2017, una historia que había resultado finalista dos años antes en el X Premio Jordi Sierra i Fabra Para Jóvenes. Ahora ya lleva cinco novelas a las espaldas y varios relatos editados. Además de escritora, es graduada en Psicología, y actualmente compagina sus estudios en el Máster de Psicología General Sanitaria con la escritura. También trabaja como lectora editorial y da charlas sobre salud mental y literatura.

Algunos de tus libros surgen de experiencias personales. Por ejemplo, en Seré frágil narras la historia de una chica que sufre un trastorno alimentario, una situación por la que tú misma pasaste. ¿Cuál era tu intención al escribir esta novela? ¿Crees que ha ayudado a personas que se encuentran en esas circunstancias?

El proceso de escritura de Seré frágil fue uno de los más catárticos y especiales que he vivido. La idea nació mientras me recuperaba de un trastorno alimentario que aún me costaba reconocer. Y no puedes curar una herida que finges que no existe. Ahí estaba el problema: había escuchado durante tanto tiempo que los trastornos alimentarios eran una enfermedad de cuerpos demacrados y semanas de ayuno, que cuando me encontré mirando un plato de comida con miedo, en un cuerpo aún aceptado por la sociedad, me dije a mí misma que no eran más que tonterías. Que estaba bien, que no me pasaba nada, que solo quería cuidarme. No entendía por qué tenía tanto miedo, por qué ya no podía volver a ser quién era, por qué la comida y mi cuerpo y mis miedos me habían consumido tanto. Y no lo entendía porque nadie me había hablado de salud mental más allá de una lista de síntomas y de los documentales vistos en clase con los casos más graves.
 
Decidí escribir Seré frágil porque quería recordar(me) las trampas del trastorno, quería dejar encerrado en el papel lo que había vivido y lo que había sufrido para no engañarme pensando que «nunca fue para tanto».
 
Creo que es eso precisamente lo que puede servir de ayuda a personas que se encuentren en circunstancias parecidas: uno de los mensajes centrales de Seré frágil es la aceptación del dolor como un primer paso para empezar a sanar. Validar que el sufrimiento vivido, en la medida que sea, ha existido, para entonces poder empezar a luchar por una vida mejor, una que merezca la pena vivir. La protagonista de la novela lidia constantemente con el miedo a no ser vista, a no estar lo suficientemente «mal» para merecer ayuda; una experiencia que hasta entonces no había visto reflejada en ninguna obra de ficción, al menos en lo que se refiere a trastornos alimentarios. Escribí Seré frágil sobre todo para mí, para recordarle a la chica que fui todo lo que creíamos que no superaríamos, y cómo lo hicimos. Ese mensaje de esperanza final (tan escaso a veces en otras novelas que hablan de enfermedades mentales) es lo que creo que más pudo ayudar, no solo a las personas que sufrían un trastorno alimentario y creían que no había forma de salir de ahí, sino también a la gente de su alrededor que buscaba una forma de comprenderles y mostrar su apoyo.
 
Otra de tus novelas, Presas, parte de tu experiencia como voluntaria en una cárcel. Sueles contar que tanto Leire, la protagonista del libro, como tú, entrasteis en la cárcel con los ojos tapados por una venda y el miedo recorriéndoos el cuerpo. ¿Qué aprendiste en ese tiempo que quisiste plasmar en la obra?

Muchísimo. La experiencia de voluntariado en la cárcel fue un antes y un después en mi forma de concebir el mundo. Cuando entras en prisión te encuentras con uno de los dilemas más complicados que he conocido: ser consciente de que nada podrá borrar el dolor que han provocado los internos, pero intentar poner la humanidad y el corazón por delante, aunque todo se nos remueva por dentro. Nuestro trabajo como sociedad es evitar que la cárcel se convierta en una especie de venganza social e intentar que cumpla la función para la que fue creada: garantizar la reinserción de los internos una vez cumplan su condena.
 
Obviamente, esto son cosas que nunca me había planteado antes de ir al voluntariado. La idea de escribir sobre la cárcel se mantuvo en mi cabeza hasta que me decidí a escribir Presas un año después. Presas es una historia de ficción, no un relato basado en hechos reales, pero quería que a través de las voces de sus personajes se trasmitiera uno de los mensajes más difíciles que me tocó aprender durante mi experiencia en el voluntariado: que la realidad y la moral son mucho más complejas de lo que creemos. Que es muy peligroso generalizar y que, cuando te encuentras con situaciones tan diversas dentro de la cárcel, te das cuenta de que categorizar a la gente como «buenos» y «malos» es un reduccionismo que puede hacer mucho daño, a los unos y a los otros.
 
Gané mucha compasión durante ese voluntariado, pero también mucho juicio crítico y una bofetada de realidad tremenda sobre los peligros de la deshumanización y el trabajo que aún queda por realizar en el campo de la reinserción. Presas sirvió como un diario de bitácora para, al revivir la experiencia a través de los ojos de Leire, intentar ordenar todo lo que aprendí en ese tiempo. Soy consciente de lo arriesgado que era tratar un tema como ese (y no ha faltado gente que ha malinterpretado mi mensaje), pero para mí supuso toda una catarsis y me hizo ver la humanidad con otros ojos. Es muy bonito cuando conozco a lectores que comportan mi visión o que han vivido experiencias parecidas. 
 
En cambio, otras novelas, como Las voces del lago, Aunque llueva fuego y Donde no haya niebla, se desarrollan en tiempos y lugares alejados, y también incluyes elementos de realismo mágico. ¿En qué terreno te sientes más cómoda escribiendo? ¿Qué te aporta cada uno de ellos?
 
La verdad es que últimamente estoy disfrutando mucho del realismo mágico. Me gusta mucho jugar con el límite entre lo que es real y lo que es fantasía, y justo las tres novelas que nombras nacieron de esa necesidad de evadirme, de descubrir otros lugares (Irlanda, Francia, Estados Unidos...) y otros tiempos, mientras que Presas y Seré frágil fueron, por el contrario, maneras de anclarme a lo ya vivido.
 
El realismo mágico me parece una herramienta muy bonita para hablar de cosas reales dándoles un enfoque diferente. Me ha servido para jugar con las emociones, el ruido y el silencio, para externalizar el duelo y el pasado en forma de fantasmas... Y la verdad es que es una combinación que disfruto mucho. Como lectora, me encantan las historias en las que la magia se hace real en nuestro mundo, y por eso disfruto tanto al incluirla en las mías.
 
Sea como sea, todos tus libros requieren un proceso de documentación importante. ¿Cómo lo afrontas?
 
El proceso de documentación ha sido diferente para todas mis historias. Normalmente parto de temas, lugares o momentos históricos que ya me llamaban la atención antes, así que ya había investigado un poco por mi cuenta. Luego se trata de ir delimitando el tipo de documentación que cada novela requiere. Con Presas, por ejemplo, me documenté a través de testimonios, libros de no ficción, documentales y entrevistas con trabajadores y voluntarios involucrados en el mundo de la prisión. En cambio, novelas como Aunque llueva fuego o Donde no haya niebla requerían una documentación más centrada en la ambientación y el momento histórico. En Las voces del lago mi formación como psicóloga fue clave a la hora de documentarme sobre ciertos temas. Y últimamente también he contado con la ayuda de lectores de sensibilidad, que me han ayudado a sentirme segura de estar tratando diferentes temas con el respeto que requieren. En general el proceso de documentación es algo que disfruto mucho, porque siento que siempre acabo aprendiendo algo nuevo con cada novela.
 
Asimismo, la salud mental tiene una gran importancia en todas tus novelas. ¿Cómo crees que se está tratando en la literatura juvenil en general?
 
Dentro de la literatura juvenil contamos con historias muy potentes que tratan temas de salud mental con muchísima sensibilidad. A mi alrededor veo muchas autoras que, después de darse cuenta de lo mucho que nos han hecho callar, del daño que ha hecho el silencio y el estigma con respecto a estos temas, están escribiendo historias con mensajes muy, muy importantes.
 
Y creo que no puedo remarcar lo suficiente lo importante que es esto para los lectores. La ficción actúa como un reflejo del mundo real; a partir de lo que leemos crearemos una idea de lo que es el mundo, lo que son las relaciones, lo que es «normal» y lo que no. El hecho de que cada vez se esté hablando más de la salud mental en la literatura juvenil está dando pie a conversaciones muy importantes y creando un espacio seguro para los lectores en el que poder hablar de lo que duele y lo que importa. Además, la mayoría de historias vienen acompañadas de ese toque de esperanza que lanza el mensaje de «sé que estás sufriendo, pero también sé que las cosas pueden cambiar. No estás solo». Que historias así estén llegando a los lectores es algo muy bonito y necesario.
 
 
En tus novelas usas siempre un narrador en primera persona, ya sea desde una o varias voces. ¿A qué se debe?
 
Creo que es una forma muy eficaz tanto de moldear la voz del personaje como de conectar de forma más intensa con el lector, haciéndole vivir en la piel del narrador. Hay novelas en las que me parecía crucial que el lector se metiera de lleno en la cabeza de distintos personajes (Seré frágil, Presas, Las voces del lago), y otras en las que simplemente era muy divertido ver el mundo a través de otros ojos (Aunque llueva fuego y Donde no haya niebla).
 
También has escrito varios relatos que podemos leer en antologías como La dalia violeta, La matanza del cerdo o II Premio Ripley. Relatos de ciencia ficción y terror. ¡Algunos incluso han llegado a ser ganadores o finalistas de certámenes! ¿Qué diferencias encuentras en su proceso de escritura en comparación con las novelas?
 
Para mí es muy complicado escribir relatos; de hecho, los ejemplos que mencionas fueron todos retos que me marqué para intentar salir de mi zona de confort. Soy una persona que tanto en la vida real como en la literatura tiende a... ponerse intensa. Si me dejas hablar de un tema que me interesa, puedo pasarme horas hablando sin darme cuenta. Y al final, con mis novelas estoy haciendo precisamente eso: hablar conmigo misma durante horas y horas sobre temas que me interesan, a través de las historias. Por eso reducir todo un universo, toda la vida interna de los personajes y todo lo que me pasa por la cabeza a la longitud de un relato es todo un reto para mí. Además, la forma en la que se ha de estructurar la historia es diferente y a mí me lleva un tiempo cogerle el tranquillo. ¡Admiro mucho a las personas a las que les sale de forma natural!
 
En estos relatos te has atrevido con géneros que no habías explorado antes, como la ciencia ficción, el thriller o ¡incluso la prosa poética! ¿Tienes pensado cultivar estos géneros en futuras novelas?
 
Nunca digas nunca, aunque la verdad es que ahora estoy muy cómoda jugando entre el realismo y la fantasía. En mis últimos trabajos estoy inclinándome cada vez más hacia el lado de la fantasía, así que quién sabe si en un futuro también pego un salto a la ciencia ficción. Tengo la espinita clavada de escribir alguna vez una historia con viajes en el tiempo (¡culpa de Doctor Who!). El thriller y la prosa poética lo veo un poco más complicado, porque son géneros que no consumo como lectora, así que no estoy tan familiarizada con ellos.
 
 
Hace poco que te graduaste en Psicología y ahora estás cursando el Máster de Psicología General Sanitaria. ¿Crees que tus estudios han ayudado a la construcción de tus personajes, así como a sus relaciones interpersonales? Si es así, ¿cómo?
 
Sí, sin duda. Siempre he sentido mucha curiosidad por las historias detrás de las personas, por cómo todo lo que vivimos nos moldea, por la complejidad de la humanidad, del mundo y de las relaciones. Y al final es inevitable que explore esa curiosidad con mis historias. La carrera (y todas las experiencias derivadas de ella) me ha ayudado a desarrollar mucha más empatía. Y, sobre todo, me ha enseñado la importancia de hablar de diferentes temas, como son los problemas psicológicos, sin estigmatizarlos o romantizarlos. Me ha enseñado también muchísima resiliencia, uno de los valores que intento que se refleje en mis personajes: la capacidad que todos tenemos para superar la adversidad y salir de ella siendo mejores personas: más fuertes, más amables o más sabias. Creo que es muy importante hablar de esperanza dentro y fuera de los libros. Y la literatura se ha convertido en un medio perfecto para mostrarla a través de los personajes y de sus historias. 
 
Por último, ¿podrías contarnos algo sobre tus proyectos actuales?
 
Hace poco terminé el primer borrador de una historia de fantasía muy, muy diferente a todo lo que he escrito hasta ahora. Es un proyecto que me hace mucha ilusión —un sueño que tenía desde hace tiempo— pero no me incumbe solo a mí, ¡así que no puedo decir nada más por ahora!
 
También estoy trabajando en un proyecto muy ambicioso que lleva rondando en mi cabeza desde 2016, una de esas historias que parecen decirte «ahora no es el momento, pero espérame». Espero que 2021 sea el año en el que pueda escribirla. Por ahora, me lo estoy pasando muy bien con todo el proceso de documentación y worldbuilding, porque es una novela que mezcla una época histórica muy, muy lejana; cierta leyenda y criaturas fantásticas. Y hasta ahí puedo decir. ¡Espero tener más noticias pronto!
 
¡Muchas gracias, Beatriz!
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