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Entrevista a...

Francisco Díaz Valladares

El Templo #41 (agosto 2014)
Por Rocío Carrillo
5.056 lecturas
Francisco Díaz Valladares nació en El Aljarafe, Sevilla, aunque actualmente vive en La Línea de la Concepción (Cádiz). Desde 2007 publica novelas de literatura juvenil y en 2012 ganó la XII edición del Premio Alandar con su novela Antares. Además de ser escritor, le encanta pasar tiempo en el mar y hacer travesías. Por eso, antes de marcharse a navegar y hacer el Camino de Santiago, nos ha concedido una entrevista para conocerlo a él, y a sus novelas, un poco mejor.

Tu última novela, Terror bajo los hielos, nos hace viajar hasta Noruega. Allí, las jóvenes esquiadoras Vanesa y Diana se verán envueltas en un asunto turbio con gente muy peligrosa. ¿Cómo se te ocurrió la idea? ¿Fue difícil documentarte para describir las zonas que visitan las protagonistas?

La idea para una novela surge de repente, sin esperarla. Es una sensación de vacío en el estómago que te obliga a ponerte en marcha cuanto antes porque sabes que, más tarde o más temprano, tienes que echar fuera lo que se está gestando dentro de ti (casi como un embarazo).

Hace un par de años estuve hablando con mi buen amigo, el catedrático en arqueología y numismática, D. Manuel Martín Bueno, sobre una expedición que realizó a la Antártida. Me gustó tanto el relato y me pareció tan fascinante la aventura, que enseguida surgió la idea de la novela. A la mañana siguiente ya había buscado un mapa de la Antártida y lo había clavado en el corcho que tengo junto al ordenador, me había comprado varios libros sobre la Antártida y el Polo Norte y había empezado a visitar páginas en Internet relacionadas con el tema. Por cierto, una de las partes más agradables e importantes de la escritura es la de documentación. El cerebro y todo tu ser se está empapando de información y cuando te sumerges en la historia, automáticamente aflora y te sirve de alfombra para deslizarte sin problema sobre el relato.

En 2007 empezaste a publicar literatura juvenil y, hasta ahora, tienes una media de un libro por año. ¿Cuántas historias tiene Francisco Díaz Valladares en la cabeza? ¿Alguna vez has sentido ese miedo a la página en blanco?

Los autores decimos muchas cosas raras, Rocío. Lo del miedo a la página en blanco lo he escuchado muchas veces, pero yo no sé lo que es. También está lo de la inspiración, lo de las musas… A mí las musas me reclaman todos los días a las seis de la mañana y cuando acudo, allí están todas. Cuando tienes algo que contar no hay páginas en blanco. Y si se te ocurre forzar algo que no aparezca de forma natural o que no hayas preconcebido en tu cerebro, como he comentado en la pregunta anterior, va a salirte cualquier cosa menos un buen relato. Así que soy de la opinión de no forzar nunca. Es cierto que, de vez en cuando, los personajes dejan de hablarte, se callan; es como si no quisieran seguir contándote sus historias. En ese momento, lo que yo hago es dejar de escribir y esperar a que tomen de nuevo la palabra; pero sin agobios. Ya volverán. (Siempre vuelven).

Me preguntas cuántas historias tengo en la cabeza. Una por día vivido. Es decir, tengo sesenta y tres años, pues… unas 23.000. Como solo he escrito veintitantas me quedan…

Mira, yo nací en una época en la que no había de nada. Incluso tuvimos que inventarnos el mundo para poder vivir en él, y, además, tuve la suerte de tener una abuela (Isabel), que era matrona, santa y sabia. Ella me aconsejaba montarme en todos los trenes que pasaran por mi puerta. «Tú móntate. Si no te gusta el vagón, te bajas en la siguiente estación, porque como no te montes, ese no vuelve a pasar por tu lado». «Y no tengas miedo. Lo que vaya a pasarte te va a pasar sentado en la butaca o corriendo detrás de una liebre».

Desde que tengo uso de razón he aprendido a concebir el mundo así. Me gusta casi todo: leer, pintar, escribir, caminar, saltar en paracaídas, navegar a vela, el submarinismo, la pesca, hablar con la gente, interpretar lecturas con mi nieta Lola, reírme, llorar… Me he metido en berenjenales que ni siquiera podría contar por increíbles… Cuando llego a los sitios me gusta visitar los suburbios antes que las avenidas (se aprende más). A pesar de que siempre tengo la sensación de no saber nada, disfruto mucho compartiendo con los demás lo poco que sé. Esto a veces no se interpreta bien. La gente no se lo cree y lo tergiversa.

 

La navegación es una de tus pasiones y aparece reflejada en varias de tus novelas. Keka (Antares) y Tina (El secreto de Pulau Karang) lo llevan en la sangre. ¿Qué tienen de ti ambos personajes?

Adoro el mar. Sin él no podría vivir. Para escribir me retiro en invierno a Matalascañas, una playa de Huelva, y allí, frente al mar (lo tengo a unos veinte metros de mi mesa de trabajo), se gestan las novelas. Así que, inconscientemente, todas gotean agua salada por algún sitio. Cada verano, cuando acaba el curso escolar, corro a buscar a un grupo de amigos de La Línea de la Concepción y nos embarcamos para hacer alguna travesía. Desde que vivo en puerto de mar tengo barco. Empecé con uno pequeñito, de tres metros y el último ya tenía un tamaño considerable. Ahora se lo he dejado a mi hijo Iván para que sea él el que me lleve a mí (antes era al revés).

Con respecto a los personajes te comentaré que siempre procuro apartarme de ellos, no inmiscuirme en sus asuntos. Cuando por alguna razón, normalmente de amor-odio, intervengo en la narración, sale un churro y tengo que rectificar. De todas formas, como eres tú el que materializas sus acciones, acabas, de alguna forma, proyectándote en ellos, claro.

Hace unos años publicaste Andanzas de los héroes del 2 de mayo y Andanzas del maese Pérez el organista y otras leyendas. En ellas, reescribes las historias que Benito Pérez Galdós y Gustavo Adolfo Bécquer ya nos contaron para acercarlas a los lectores más jóvenes, ¿cuál de las dos fue más difícil de adaptar?

¡Uf! Estas son dos historias interesantes. En marzo de 2008, por la mañana, muy temprano, estaba escribiendo en Matalascañas y me llamó Trini Marull, editora de Bruño. Me resultó raro porque siempre que hablábamos lo hacíamos por la tarde.

—Bueno días, Paco. Jijiji. (¿Jijiji?).

—Bien. ¿Y tú qué tal?

—Bien. Jijijjiji. (Muchos jijjiji. Trini quiere algo). (Tengo que decir que adoro a Trini Marull).

—Tú dirás, Trini. ¿Qué quieres?

—Quiero pedirte un favor.

—Eso ya lo sé, pero dime qué. (Aquello de, «más sabe el diablo por viejo…»).

(Silencio).

—Es que es el aniversario del 2 de mayo y queríamos adaptar una novela de Benito Pérez Galdós…

—Bueno, no te preocupes, en cuanto termine lo que estoy haciendo hablamos de ello.

—No, verás, jijiji, es que, jijiji, la quiero para el mes que viene.

No entro en más detalle para no alargar esto, pero al final me convenció. Me puse manos a la obra y empezaba a las seis de la mañana y a las once de la noche aún estaba liado. Te aseguro que tenía pesadillas en la que los Requejos me atacaban y querían apuñalarme, me despertaba sudando, en fin… Al final conseguí la adaptación en veinte días. Luego, como compensación, me dio a escoger cualquier clásico para adaptarlo cuándo y cómo yo quisiera. Escogí a Bécquer. Y si el primero fue un martirio chino el segundo fue aun peor. Cada vez que me ponía delante de un texto de Bécquer para modificarlo se me caía la pluma de las manos. ¡¿Quién diablos era yo para cambiar una coma de aquella maravilla que tenía ante mí?!

No me gustan las adaptaciones, es como robarle la cartera a alguien.

Antes de publicar juvenil, escribiste dos libros para adultos: Pasiones virtuales y La barca de pan. ¿Por qué decidiste cambiar de público? ¿Crees que las novelas tienen una edad para ser leídas?

Escribir historias para público juvenil es una gozada. Sobre todo porque me permite estar frente al lector, conocer de primera mano sus opiniones, sus críticas… A veces encuentran cosas en mis novelas que yo ni sé que estaban ahí. O buscan rasgos de la personalidad del personaje que con mis prejuicios y mis enfoques de adulto, no los he visto y, evidentemente, allí estaban. Como el Moisés de Miguel Ángel dentro de la piedra, vaya.

Cuando escribía para adulto, mandaba una novela a la editorial, la publicaban y al cabo del año te enviaban una nota: «Se han vendido tantos ejemplares ». Pero, ¿quién los ha comprado? ¿Les ha gustado? ¿Lo han dejado a la mitad y lo han colocado en uno de los anaqueles de la librería per saecula saeculorum? Los que somos lectores sabemos que un alto porcentaje de los libros de nuestra bibliotecas caseras están a medio leer.

Respecto a la edad de las novelas… No creo que las novelas tengan edad para ser leídas, todo depende de la madurez del lector. En el mundo juvenil es muy importante la labor guía del profesor/a. Llevar al lector de la mano en sus primeros pasos es fundamental para que el adolescente siga leyendo cuando deje el colegio. Como comprenderás, en este aspecto me he encontrado de todo: profesores/as poniendo WhatsApp mientras hablo, otros conversando entre ellos, sin prestar atención a lo que digo, otros que entran y salen del lugar donde estamos reunidos y se ponen a preguntar en voz baja cualquier cosa (¡Aysss…!). Y lo contrario: profesores/ as atentos, preocupados, que han elaborado resúmenes del libro, han hecho exámenes, lo han discutido enclase, incluso han interpretado capítulos en un pequeño teatrillo.

Por fortuna para todos, los segundos son mayoría aplastante.

 

Tu primera novela, Pasiones virtuales, la escribiste junto con Rosa María González a través de Internet sin conoceros. ¿Cuáles fueron los pros y contras a la hora de crear la historia con otra persona?

Los pros la experiencia en sí misma.

Los contras muchos.

Hubo un momento en que tenía sobre mi mesa más de mil folios distribuidos en varios montones: lo que escribía ella, lo que escribía yo, mis correcciones, las suyas y una mezcla de todo con lo que podría ser lo definitivo. En fin, no se lo aconsejo a nadie, porque fue traumático. Un día entré en la biblioteca, por la mañana, y encontré todos los folios mezclados en el suelo. ¡Imagínate! Se había quedado abierta la ventana, se había levantado viento y ¡hala! Cogí el abrecartas para hacerme el harakiri y menos mal que entró alguien en la habitación y me ayudó a ordenarlos de nuevo. Estuve a punto de desistir en muchas ocasiones, pero al final lo conseguimos.

La mayoría de escritores suelen tener cuentas en las redes sociales para estar en contacto con sus lectores. Sin embargo, tú sueles visitar colegios (has llegado a dar cien charlas en un año) y no tienes página web. ¿Qué es lo mejor de estos encuentros cara a cara con los jóvenes?

Creo que ya hemos hablado de esto en alguna de las preguntas anteriores y como te he comentado lo mejor de los encuentros es estar junto a lector. Esa simbiosis autor-lector es extraordinaria. Allí, en los encuentros, cobra sentido todo. Solo por esto merece la pena dedicarse a la literatura juvenil. Me gusta contarles mis aventuras, mis historias, mis experiencias. Casi nunca hablamos de libros. Hablamos de vida, de experiencias, de movimientos, de caminar, de futuro… de coger los trenes… Que no se escape ninguno, mira que no vuelven, de verdad…

Tenemos a nuestros jóvenes arrugados, encogidos, bloqueados con tantas noticias negativas. En cuanto le pones algo de aire fresco en la boca la abren como los pajarillos cuando llega la madre al nido con comida en el pico.

«Creed en vosotros mismos, lo más importante y lo más hermoso que hay detrás de estos muros de colegio es la vida en sí misma y vosotros tenéis el tarro lleno. Salid ahí y bebéroslo entero, sin dejar una gota».

Como puedes comprobar no hablo de libros. Ni de los míos ni de los de nadie (de eso ya se encarga la profesora que sabe muuucho más que yo del tema). De todas formas, la literatura es eso: experiencia, movimiento, vida. Un libro no es más que una ventana abierta al mundo, al universo, al infinito. Asomarse a ella es una experiencia formidable.

Estas experiencias no me la pueden dar una página web. Pero para ser honesto tengo que decirte que no la tengo porque eso me supondría un trabajo extra. Atender una página web requiere un tiempo que no tengo. Suelo entrar casi todos los días en Facebook y allí cuelgo las novedades y algunas cosillas, pero poco.

Para ser un buen escritor hay que leer muchos libros. ¿Qué tipo de novelas sueles leer?

Como dice mi amigo Antonio García Barbeito: «Me gusta leer hasta los prospectos de las medicinas».

Suelo leer libros relacionados con los temas sobre los que estoy escribiendo en ese momento. Sobre todo literatura infantil y juvenil. De vez en cuando mi «veci» Loreto me pasa algún libro que le ha gustado y lo leo. Durante el invierno voy recopilando lecturas que me prometo leer en verano, pero luego llegan las vacaciones, me despendolo y se quedan en lo alto de la mesa. Desde hace un tiempo acá tengo un problema con las lecturas. Antes leía y disfrutaba sin más. Ahora me he vuelto criticón. Leo, vuelvo para atrás, me pregunto por qué diablos ha escrito esto o aquello. Tomo nota en los márgenes, subrayo, tacho. Total, que antes leía dos o tres libros por semana y ahora me eternizo con cualquiera de ellos.

Tus novelas son de género realista y tratan temas muy diversos, desde el contrabando de drogas hasta embarazos adolescentes. ¿Qué te atrae del realismo? ¿Te animarías a escribir novela fantástica?

No hay tanta distancia entre lo fantástico y lo real. Creo que entre un género y otro no cabe ni un papel de fumar.

Del realismo me atrae que, en el fondo, cada historia que cuento forma parte de mí. Sin pretenderlo, soy un poco la Keka de Antares, un poco el abuelo Kiko de A orillas del mal, un poco Miriam de La hija del tuareg. Cada uno de nosotros somos, sobre todo, lo que nuestra piel ha tocado, lo que nuestro corazón ha sentido. Mi piel se ha rozado por muchas paredes. He trabajado en una ebanistería, en el campo, en una tapicería, vendiendo refrescos con un cubo en una plaza de toros, descosiendo ropa de soldados para hacer alpargatas, en un bar, en un restaurante, de cartero en Barcelona, en un aserradero, en una oficina como auxiliar de contable… He empezado dos carreras: Psicología y Graduado Social (no he terminado ninguna de las dos). He estado cinco años en Oriente Medio. He viajado por toda Turquía, Grecia, la antigua Yugoslavia, Estados Unidos… Es decir, cada vez que toco un tema, no solo lo conozco sino que he vivido una situación parecida. He navegado con tormentas como la de Antares o la de El secreto de Paulau Karang. He convivido con beduinos, me he perdido una vez por el desierto… Y si no la he vivido me pongo las pilas y, como hice cuando escribía La barca del pan, lo vivo en directo. Me metí en la cárcel a conversar con los presos para sentir lo que sienten ellos, me embarqué en una lancha rápida de la Guardia Civil del mar y me pasé noches enteras conviviendo con la tripulación y persiguiendo a narcotraficantes e incluso me introduje entre las mafias de la droga y llegué a entrevistar a un mafioso. El año pasado escribí una novela sobre un ciego y cada mañana me levantaba, me colocaba una venda en los ojos, cogía un palo que tenía al lado de la cama y trataba de vivir como un invidente. Y mi corazón también está repleto de sentimientos, créeme. El peor de todos: un niño de unos diez años se me acercó en Ciudad Juárez para ofrecerme a su hermana de catorce por diez dólares. ¿A que no está tan lejos lo real de lo fantástico?

Cuando uno se levanta del sillón, deja el mando de la tele a un lado y se sumerge en el mundo, se da cuenta de que todo es posible.

Podría contarte cien historias más, pero creo que con esto es suficiente para responder a tu pregunta del por qué me atrae lo real.

 

De todas tus historias, ¿cuál fue la que más tiempo te ha llevado escribir?

Cuando alguno de mis lectores/ as me pide algún consejo para escribir siempre les respondo lo mismo: «Escribe para ti. Nunca escribas pensando en que lo va a leer una tercera persona». Porque, a veces, cuando se pretende redactar muy bien se acaba escribiendo muy mal. Creo que era Borges el que decía que, cuando empezó a escribir, redactaba: «Y la luna asomó derramando su manto plateado para cubrir las colinas circundantes». Y ahora, para describir la misma situación decía: «Era de noche». Cuando se escribe para uno mismo sin pensar en que lo va a leer otra persona, la escritura es muy fresca, muy natural, exenta de cualquier floritura. Además, se escribe (en mi caso), al dictado de los protagonistas de la novela. En tres meses o así he terminado el primer borrador. Ese es mi libro. Ese solo lo leo yo. Luego, escribo un segundo libro copiado del primero y con los matices que creo necesarios, añadiendo y quitando cosas. Una segunda investigación para asegurar que todo funciona y por fin redacto la que será la definitiva. (Cuando leo alguna novela en la que el autor ha soltado datos según le ha venido en gana, sin contrastar nada, contradiciéndose con lo que ha escrito en el capítulo anterior, me pongo enfermo). Así que entre la fase de documentación que es la más importante, pitos y flautas, me lleva entre ocho y nueve meses para escribir una novela juvenil. ¿La que más he tardado? No sé. Creo que El último Hacker porque se mezclan cosas de la CIA, el KGB… Tuve que buscar mucha información sobra la Guayana, Francia, Alemania… La colina también me llevó tiempo. Los personajes enmudecían. Todo era muy complicado. La relación, por otro lado genial, entre Arturo y Lucía en la Colina de los Desechos, con Rogelio, los habitantes de la Colina, el guardia etc., era un galimatías que costaba mantener de pie.

De todas formas, el tiempo de escritura de una novela no cuenta. Es un recorrido que hay que hacer —si quieres, claro—, de la mano de los protagonistas; y es tal el placer que se siente, que vale la pena experimentarlo dure lo que dure. Por cierto, mientras más mejor. Lo malo viene cuando la terminas.

Terror bajo los hielos se publicó el pasado mes de mayo, pero ¿tendremos alguna nueva novela este año o habrá que esperar hasta 2015?

Sí, en el curso 2014-2015 estarán en las librerías Terror bajo los hielos (hoy me han comunicado que ha salido la segunda edición y me ha sorprendido porque apenas han pasado tres meses desde la primera) y El vuelo del Blue Shadow que la ha publicado Edebé y estará en las librerías en septiembre. En mayo terminé El asesino de la Virunga, pero no creo que se publique hasta el curso 2015-2016.

Para terminar la entrevista, ¿qué lugar del mundo en el que aún no has estado te gustaría visitar?

Tengo pendiente ir a la India, pero no tengo prisas. Ahora vivo de los frutos que me da una parcela que he ido cultivando durante estos años: familia, amigos, libros, pinturas… Todas esas cosas que te he ido describiendo, de alguna manera, durante la entrevista. Hago lo que me gusta, dispongo de todo mi tiempo y lo empleo como me da la gana. Dentro de unos días nos iremos mi mochila «Cati» y yo a recorrer el «Camino de las Estrellas». Cuando regrese nos encerraremos en nuestros cuarteles de invierno a escribir historias, entre tanto, a visitar centros, conversar con los alumnos… ¡Qué más se puede pedir!

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