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Entrevista a...

Gabriel Sánchez García-Pardo

El Templo #86 (febrero 2022)
Por Marcos Ramón y Elena Romero
509 lecturas

Graduado en Magisterio de Educación Primaria, Gabriel Sánchez García-Pardo trabaja como profesor en Broadway Jr., su propia escuela de teatro para niños y adolescentes. Amante de la fantasía oscura, ha escrito obras juveniles como Corazón de rayo o El vals de las hadas malditas. También ha explorado las historias con tintes negros, y la literatura infantil.

En 2019 publicaste El vals de las hadas malditas, una obra juvenil de fantasía oscura con tintes policíacos, que, como tú mismo has dicho en alguna ocasión, supuso un antes y un después en tu narrativa. ¿Cómo ha evolucionado tu estilo en este tiempo?

He vivido estos tres años como una explosión de creatividad. El vals de las hadas malditas fue el pistoletazo de salida para toda una maratón de ideas que han estado compitiendo por ver cuáles se materializaban en novelas, muchas de ellas ambientadas en el mismo universo. Ha sido el tramo más prolífico de esta carrera, no he parado de escribir, y la perseverancia en el oficio me ha conducido a la facilidad: la construcción de las tramas, la preparación de las novelas e incluso la redacción me llevan mucho menos tiempo que antes. Pasa como con la docencia: en los primeros años, el profesor novato tiene que llevar sus clases muy preparadas, sentirse muy seguro de lo que está haciendo antes de dar la cara en el aula. Pero con el tiempo, su bagaje le da recursos y flexibilidad; puede dedicar menos horas a estructurar sus lecciones sin que eso merme su docencia. Es lo que en teatro se llama tener tablas, y yo creo que estoy llegando a ese punto en lo literario.

En cuanto a evolución de mi estilo, es difícil hacer autoanálisis sin sonar pretencioso, pero me gusta pensar que he avanzado hacia una escritura cada vez más directa y libre de aderezos innecesarios. Creo en el disparo certero y contundente, en la fuerza de una sola frase que puede describir un escenario con la misma efectividad que un párrafo entero. Y lo mismo me ocurre con las tramas: no todos tenemos que ser George R. R. Martin, con todo un universo al detalle de personajes entrecruzados y descomunales esquemas de historias secundarias en las paredes. Me gusta proporcionar al lector solo el worldbuilding necesario para contar la historia, ni más ni menos.

Y respecto al tono, he explorado dos líneas que veo bastante diferenciadas: una más aventurera y frenética, como puede ser la de Corazón de rayo o El atlas del fuego, y otra más poética y empapada de nostalgia, en la que se encuadrarían El aprendiz silencioso o El bosque de los reflejos, que verá la luz con SM este 2022. En mi cabeza distingo estas dos formas de escribir y elijo la más apropiada para cada historia, si bien es cierto que la una bebe de la otra, y que quizás los lectores no vean tan clara la separación al encontrar elementos de ambas en todas mis novelas.

Has estudiado un máster de Escritura Creativa. ¿A quién se lo recomendarías?

Cursé el Máster de Escritura Creativa de la UCM y tuve la suerte de que el Ministerio de Educación me becó la matrícula por las notas de la carrera, así que fue una experiencia que me compensó con creces. Pero supongo que todo depende de lo que busques, de tus inquietudes. Al ser un máster que se imparte en la Facultad de Ciencias de la Información, algunas de las asignaturas están relacionadas con la escritura periodística. Y si eres escritor de novela, de prosa narrativa, debes saber que también hay asignaturas de otros géneros, como la lírica o el ensayo. Los distintos programas te pueden resultar más o menos interesantes, pero de todos puedes aprender algo valioso para el oficio. Como es lógico, los que más disfruté fueron los de narrativa, literatura fantástica o novela negra y policíaca (cuyas enseñanzas pasé por mi filtro personal de fantasía para escribir El vals de las hadas malditas). Y es que eso es lo más importante, la forma en que uno mismo afronta este tipo de formación. Ningún docente de escritura debe pretender postular ni imponer «esto se hace así». En la enseñanza de cualquier arte se reciben herramientas e instrucciones, pero es el propio artista el que ha de elegir cuáles usar y cómo aplicarlas a su propio estilo.

A día de hoy, quizás no sea tan necesario cursar un costoso máster (algunos son caros a niveles obscenos). Tenemos nuevas iniciativas maravillosas, plataformas de confianza como los cursos y el catálogo de MOLPEditorial de mi querida Ana González Duque y amigos. Si bien es cierto que, en mi caso, el hecho de asistir a un curso presencial de larga duración me brindó un año maravilloso en Madrid, dedicado por entero a la literatura. Ya no solo eran las clases, sino los cafés y las cervezas que te tomabas con los compañeros para seguir hablando sobre esa pasión que nos unía, las actividades culturales a las que asistíamos... Si estás en un momento vital propicio para cursarlo, yo se lo recomendaría a todo aquel que quiera dedicarse a la escritura o que simplemente sienta interés y curiosidad por aprender cosas nuevas.

El teatro es una de tus pasiones. ¿Qué influencia tienen los textos dramáticos sobre tus novelas, y qué influencia tienen estas últimas a la hora de dar clases, escribir y dirigir obras de teatro?

Más aún que una pasión, el teatro es mi vida, una constante que me ha acompañado desde que tengo uso de razón. Por eso me resulta difícil analizar su influencia sobre mi prosa, porque está ahí, no es algo que elija de forma consciente, sino una cualidad adscrita a mi persona, a mi forma de entender las historias e incluso de percibir el mundo. Pero quienes han examinado mis novelas desde fuera sí que han podido cuantificar su presencia: en forma de diálogos directos y secuencias narrativas que han llegado a apreciar incluso como coreografías; en una presentación muy concreta de los personajes, basada en la acción. Soy propenso a que mis protagonistas muestren sus sentimientos, inquietudes y anhelos a través del movimiento, de la toma de decisiones, y no mediante monólogos internos o incursiones a sus mentes, inherentes a otros estilos o géneros. Mis personajes hablan y hacen, y es tarea del público encajar las piezas e inferir su mundo interior. Y me estoy dando cuenta de que acabo de escribir público y no lectores. No lo voy a corregir; quede constancia de hasta qué punto percibo mis historias como un espectáculo.

En cuanto a la retroalimentación en el sentido inverso, cada día me hace más feliz poder combinar mi escritura con mi docencia teatral. Mi escuela de teatro es un espacio creativo, donde siempre se está construyendo desde cero, donde cada clase rara vez se parece a la anterior. Y esto me lo ofrece en gran medida la creatividad que debo mantener despierta como escritor. Siempre estoy improvisando con mis alumnos, insuflando un sentido narrativo a nuestras lecciones y a la forma en que afrontamos un nuevo espectáculo. Una de las tareas teatrales en la que más positiva resulta la influencia literaria es la creación de personajes. Desde el más protagónico al más secundario, aunque sea un personaje del que se ha escrito poco, nosotros siempre le buscamos una intrahistoria, un pasado, una explicación de sus motivaciones. Y cuando se trata de Impro como disciplina teatral, ahí directamente parece que estoy impartiendo clases de escritura: los actores de improvisación tienen que estar versados en estructuras narrativas, tienen que saber contar una historia y además saber hacerlo sobre la marcha. Ahí vuelvo a la retroalimentación en el sentido contrario: el formarme en improvisación teatral me está convirtiendo cada vez más en un escritor de brújula y menos en el de MAPA con mayúsculas que he sido siempre. No faltan pruebas de la fuerza y capacidad de transformación de ese vínculo artístico que sigue y seguirá imbricando mis dos grandes pasiones.

En tu blog has compartido vivencias y el vínculo con el que unes literatura, música y escritura. En cierto momento, mencionaste que la sociedad de los mass media puede ser una causa de que cada vez más niños y jóvenes vean la literatura como una obligación y no una forma de disfrute. Desde el punto de vista de un escritor, ¿consideras que la literatura juvenil necesita pasar por un proceso de reinvención para reducir las distancias con este público?

Creo que ya está ocurriendo, y que el proceso se ha acelerado de forma exponencial desde que dije aquello hará unos tres años hasta el día de hoy. Y lo más maravilloso de todo es que se está produciendo de forma espontánea y no por mecanismos políticos. Lo juvenil lleva implícito independencia, rebeldía, búsqueda de caminos nuevos (de ahí que me guste tanto escribir para este rango de edad), y los jóvenes han encontrado vías más directas que la clásica prescripción escolar para reducir esas distancias. Bookstagram, encuentros en ferias del libro, festivales presenciales, eventos como vuestros Premios Templis, lecturas conjuntas, recomendaciones literarias en Youtube... Todo movido y dirigido por jóvenes y para jóvenes. Creo que nos adentramos en una edad dorada que ya hubiera querido para mí cuando estaba en el instituto, pero que estoy disfrutando igualmente a mis treinta años.

En cuanto a lo literario, a lo que el escritor concierne, considero (y quiero pensar que formo parte de ello) que también nos hallamos inmersos en esa reinvención. Tenemos una extensa mina de oro de autores nacionales de gran calidad que saben conectar con el público juvenil y conocen de primera mano qué tipo de historias disfruta, más que nada porque aún formamos parte de ese colectivo, ya sea en años o en espíritu. Eso sí: me preocupa que este nuevo escenario acabe exigiendo de los autores una serie de habilidades que no podríamos abarcar ni entrenar en diez vidas. Debemos intentar ser visibles, sí, y estar presentes en redes, también. Cuidémonos, sin embargo, de terminar convertidos en monos de feria publicitaria. La labor de todo artista es desarrollar su arte, seguir buscando su voz, conectar consigo mismo, contar historias con verdad. La escritura, nos guste o no, es un oficio eminentemente introvertido, y debemos saber abstraernos de todo ese ruido exterior para encontrar la originalidad y nuestro propio mensaje. Pero si estamos más pendientes de hacer bailecitos delante de una cámara, de meternos en peleas callejeras de Twitter, o de crear contenido de humo, veo difícil alcanzar ese grado de autenticidad y entrega al oficio que considero necesarios para desarrollar una buena historia. Todo tiene su arma de doble filo. Las editoriales están delegando cada vez más en los autores las labores de promoción, y muy a menudo están publicando a gente más por su número de seguidores que por su calidad literaria... Si esto sigue así, acabaremos con las mesas de novedades llenas de libros de publicistas, celebrities y community managers, y vacías de verdadero arte. 

El aprendiz silencioso está narrada desde la perspectiva de Locuaz, un joven mudo, y Novelo, un cuentacuentos ciego. Sin ánimo de reducir a estos personajes únicamente a una discapacidad, la novela nos aporta una visión que se aleja del estigma y las limitaciones. ¿Consideras que la literatura juvenil actual realiza una adecuada representación de la discapacidad en sus personajes? ¿Volveremos a encontrar en tus futuras obras protagonistas dentro de la amplia diversidad de este colectivo?

Tal vez no he leído lo suficiente, o no he sabido buscar, pero no he visto demasiada representación de discapacidades en la literatura juvenil en general, y en la fantástica en particular. Y cuando la he encontrado, ha sido en novelas cuya trama giraba en torno a dicha discapacidad y las dificultades que acarrea para su protagonista, nunca de forma espontánea en historias sobre otros temas. Sé que es difícil. Soy el primero que piensa que una sola novela no tiene páginas suficientes para albergar toda la diversidad que hay en este mundo, y a veces, el querer meterla con calzador produce resultados nefastos o estereotipos a los que se les ven demasiado las costuras. La diversidad, como ocurre en el mundo real, debe surgir de forma natural. Está ahí, forma parte del día a día, y con esa misma naturalidad aparece o no en mis novelas. El aprendiz silencioso, por ejemplo, es una historia de aventuras mágicas, una fábula de la relación maestro-alumno, en la que las discapacidades de los personajes son, como casi todas mis elecciones narrativas, circunstanciales. En el caso de Novelo, su presencia viene de mi obsesión personal con la invidencia. Padezco miopía magna, sé lo que es despertarse cada día y depender de un objeto para ver el mundo que me rodea, y además vivo con el temor de que mi situación se agrave con el tiempo. Eso me ha llevado a preguntarme a menudo cómo sería mi vida si careciera por completo de este sentido, a interesarme por la personas que lo viven día a día, a investigar las diferencias entre quienes han nacido con esta carencia y quienes la han adquirido después... Y a admirarlos con fascinación por vivir una vida plena cuando yo siento tanto miedo desde la comodidad de mis cinco sentidos.

En este afán de comprensión entra en juego la empatía, el afán por ponerme en su piel para saber lo que sienten, y como bien me ha enseñado el teatro, uno de los mejores ejercicios de empatía que puede haber es la creación de personajes. De ahí surgen Novelo, y Locuaz por aproximación. De ahí viene mi creciente interés por las discapacidades sensoriales. Ahora mismo estoy leyendo los libros de Pepita Cedillo Vicente, donde expone su percepción del mundo desde su sordera congénita. Este es el nuevo ejercicio de empatía en el que me hallo inmerso, y solo es cuestión de tiempo que aparezca en una de mis novelas, como ocurre con todo aquello que suscita mi interés. Pero solo sucederá desde el más profundo respeto, si consigo que un lector sordo pueda sentirse identificado con mis palabras y diga «sí, así es como me siento». Para esto hace falta mucha documentación, y lo mejor de todo: conversar con quien vive esta discapacidad como una parte más de su existencia, no como el eje que la hace girar.

Corazón de rayo comparte características con otras de tus historias, sobre todo en la base fantástica de un mundo nuevo. Pero en este caso mezclas el western con el steampunk, algo arriesgado que ha dado como resultado una ambientación muy original. ¿Cuáles fueron tus referencias a la hora de crear Nuevo Enclave?

El steampunk, más como inspiración estética que como género con características propias, siempre ha estado muy presente en mi escritura, y creo que se arraiga cada vez más en el imaginario colectivo; no hay más que ver esa maravillosa Arcane, donde nos encontramos dirigibles, engranajes, gafas polarizadas... Lo que solemos hacer los autores de fantasía es cambiar el vapor (la energía clave del steampunk) por otro tipo de energía imaginada que lo emula. Así pues, lo que Arcane ha hecho con su Hextech, yo ya lo hice en su día con el morf de Corazón de rayo. Aunque en mi caso, además de proporcionar combustible para las máquinas de Ethan Moses, mi mineral inventado es también la clave de las transformación de los bimorfos en enormes bestias, el eje vertebrador de todo mi worldbuilding. No sabría darte una referencia directa de Corazón de rayo. Sabía que quería escribir western, pues era una ambientación en la que veía muchas posibilidades, pero deseaba darle una vuelta de tuerca. El germen inicial, la primera idea que me vino a la cabeza fue la imagen de un pistolero del salvaje oeste cabalgando perseguido por un dragón. Y de ahí vino todo lo demás, de la búsqueda de la respuesta para la pregunta «¿qué hace ahí un dragón?». Siendo el salvaje oeste un género que cuenta con ferrocarril y máquinas de vapor, la estética steampunk parecía la más idónea para acercarse a la fantasía. Después se me fueron ocurriendo más cosas: una muñeca autómata con una clavija en la espalda, tocando una pianola en el clásico saloon; un hombre mecánico con una chistera de la que sale humo como si fuera una chimenea; un soldado del ejército confederado con un brazo de metal... Cuando me venía algo a la cabeza, no tenía más que escribirlo en inglés en Google, añadirle las palabras concept art... et voilà! Hay tantísimos artistas en el mundo... Al final te das cuenta de que todo ha sido ya imaginado y dibujado. Hice mi recopilación de imágenes, mi álbum privado, y empecé a diseñar poco a poco mi propio concept art, mi cuaderno de inspiración, como Mara con su bestiario. Corazón de rayo ha sido, quizás junto con Cruzamundos, la novela en la que más he inventado de mi propia cosecha.

Nuevo Enclave es un lugar más bien hostil, refugio de criminales, donde la violencia y todo tipo de trapicheos están a la orden del día. Sin embargo, el amor encuentra un hueco para abrirse paso. ¿Qué importancia le das al romance en tus historias?

El amor es uno de los temas más universales de la literatura y siempre encuentra una vía por la que abrirse camino, también en mis libros. Aunque es cierto que ninguna de mis tramas lo toma como eje central, me gusta reservarle un puesto de honor; lo considero el chispazo definitivo para insuflar vida a las páginas. Ahora bien, solo le doy el peso que la trama requiere, y no siempre en forma de romance. La trama y su correcta ejecución son la autoridad máxima en mis obras, y al ser estas eminentemente de aventuras frenéticas (a veces incluso con una contrarreloj de por medio) el romance puede llegar a ser también vertiginoso. En situaciones extremas, protagonizadas además por personajes muy jóvenes que viven sus sentimientos de una forma muy pasional, el proceso de enamoramiento se acelera, las emociones están a flor de piel. Yo también he tenido dieciséis años y he pensado que una persona a la que conozco de un par de días es el amor de mi vida... Esta sensación es muy hermosa, pero suele traer algunos quebraderos de cabeza y desengaños para quienes la experimentan. Mis personajes, sin ánimo de hacer spoilers, también suelen recibir su propio baño de realidad por parte de este autor empeñado en complicarles la vida. Ay... pero si el amor fuera tan fácil, si todo saliera perfecto a la primera... ¿Qué interés suscitaría en el lector?

En tus libros muchas veces encontramos protagonistas carismáticos y decididos como Aisha Noor, que, aunque nos muestran su lado más vulnerable, no dudan en luchar por lo que creen, incluso si es la misma sociedad la que está en su contra. ¿Qué encuentras fascinante en este tipo de protagonista? ¿Podrías hablarnos del proceso de creación que empleas para tus personajes?

El héroe desvalido, el que juega en desventaja, el que rema contracorriente, siempre será mi personaje favorito. Ese Ashitaka mediando entre dos bandos irreconciliables, esa pequeña Chihiro en un mundo desconocido con sus propias reglas... (nótese lo fan que soy de Studio Ghibli). Cuanto más difícil lo tiene un protagonista, más disfruto de su historia, más aplaudo sus éxitos y más sufro sus caídas. Y como escritor, no he experimentado gozo igual que el feedback de lectores diciéndome que han sentido exactamente eso con alguno de mis personajes. Aisha en concreto, la protagonista de El atlas del fuego, me ha permitido zambullirme en su mundo interior como pocas veces lo he hecho; he llevado el conflicto a su propia mente, a su lucha interna. En un mundo cada vez más líquido y apático, considero casi una responsabilidad aportar referentes con convicciones fuertes y firme fuerza de voluntad. Me gustan los personajes que luchan por sus propias creencias, aunque vayan contra el resto del mundo, incluso aunque estén equivocados. Y esto lo aplico no solo a los protagonistas, sino también a los secundarios, antagonistas y todo aquel que asome las narices por mis páginas. Un personaje no es tal si no tiene una motivación, un objetivo. En el tema de los villanos, por ejemplo, me gusta mucho jugar con los grises. No se trata de una lucha del bien contra el mal, sino de un conflicto de intereses. El antagonista tiene un objetivo que choca con el del protagonista, así de sencillo. Y a veces, quienes se consideran a sí mismos heraldos de la luz cometen las más oscuras atrocidades en pos de ese bien mayor. En mis novelas siempre me gusta llegar a un punto en el que el lector empatiza con el «malo» de la historia y llega a entender sus razones. Esto hace que el conflicto sea aún más interesante.

El proceso de creación de mis personajes es, como en el teatro, un proceso de verdad. Siempre me ha gustado mucho la psicología, y en esta parte de la escritura es donde más puedo ahondar en su fértil terreno. No quiero que tal personaje aparezca en tal punto por conveniencia de la trama, quiero que la trama cobre forma siguiendo la verdad latente en los impulsos de los personajes. Muy a menudo me he sorprendido a mí mismo cambiando capítulos, reestructurando tramos de una historia por petición de los personajes. De repente cobran vida, llegan y te dicen «Lo siento amigo, pero esto que tenías previsto para mí no tiene ni pies ni cabeza; yo no soy así». O viene el villano de turno con sus exigencias: «Venga, Gabriel, detente un momento y explícale al lector por qué soy así, por qué hago las cosas de esta manera. Yo también tengo un pasado, una familia, un sueño por cumplir...». En estos casos, lo mejor es hacerles caso.

No tengo un proceso como tal ni un sistema para darles forma. De hecho diría que es la fase más visceral e intuitiva de mi creación. Me dejo llevar, me meto en su piel como lo haría un actor. No me cuesta trabajo y me parece una de las partes más divertidas de la escritura.

Éterdar, Alatea, Nuevo Enclave, Ekon Sholeh... Uno de los puntos fuertes de tus novelas, en nuestra opinión, es la ambientación tan original y adictiva que siempre logras. ¿Cómo afrontas el proceso de worldbuilding cada vez que comienzas una obra?

Este es, junto con la creación de personajes, mi otro patio de juegos. No me agobio buscando la originalidad, disfruto, pienso «¿a dónde me gustaría viajar en esta ocasión?». Si por algo amo la literatura fantástica es por su capacidad de evasión, por el gozo de pasear por otros mundos como caminé en mi infancia por la tierra de Hyrule o navegué en busca de Monkey Island. Ese deseo de regresar a aquellos años felices, esa fuerza de volver a ser un niño sigue siendo el mayor impulso que me mantiene siempre ansioso y listo para una nueva aventura. Para mí, el worldbuilding es, de forma natural e inevitable, lo primero. Y siempre viene acompañado de música, de muchísima música. Bandas sonoras de películas, videojuegos, series… Cuanto menos sepa del producto original de la música que estoy escuchando, más me servirá para imaginar y crear un mundo nuevo en mi mente. Y para esto no necesito papel, boli ni ordenador. Suena muy utópico, pero lo cierto es que cierro los ojos, escucho y sueño despierto. Éterdar surgió de escuchar la banda sonora de Fable III (juego al que yo no le ponía ni cara ni estética) de un disco que tenía por ahí mi hermano Carlos, y de la música de Shadow of the Colossus (al que tampoco he jugado jamás). El mundo de Alatea y El aprendiz silencioso, sin embargo, vienen de la banda sonora de Ori and the Blind Forest, de carácter más amable y dulce. Y fijaos hasta qué punto fue esto así, que cuando salió la segunda parte, Ori and the Will of the Wisps fue cuando decidí volver a escribir sobre el mundo de Alatea con la inminente El bosque de los reflejos.

La música es mi oficina. Las canciones son los maravillosos escenarios en los que pondré a jugar a mis personajes.

Presentaste Corazón de rayo al Premio Gran Angular, convocado anualmente por la editorial SM. ¿Cuál es tu relación, como escritor, con los premios y convocatorias literarias?

Como casi todo autor de fantasía juvenil nacional, me he presentado a varios premios (quizás no a tantos como debería) y no he ganado ninguno. Una de las cosas que más me echan para atrás es su condición de secuestro. Cuando presentas una obra a un certamen, esta debe quedar en el más absoluto anonimato, no la puedes mover, no puedes hacer nada hasta que salga el fallo del concurso. Y, no tengo problema en confesarlo: soy una persona muy ansiosa e impaciente. Llevo fatal esa espera. Siento que mis manuscritos recién terminados están vivos, tienen ganas de pasar por distintas manos, y quedarse encerrados durante casi un año bajo una plica con pseudónimo... es una tortura.

También he llegado a desarrollar todo tipo de teorías oscuras sobre muchos certámenes. Y debemos reconocerlo: hay algunos que huelen a chamusquina. Pero como el más común de los mortales, autor poco conocido y sin ningún tipo de enchufe, me llevé una grata sorpresa cuando SM contactó conmigo para decirme que habían leído mi Corazón de rayo entre las novelas presentadas a su Gran Angular, y que les había gustado, que había sido una de las finalistas y que la publicarían con mi consentimiento. De repente el mundo tuvo un poco más de sentido: yo, un escritor de a pie sin ningún tipo de contacto en el mundo editorial, iba a publicar con una de mis editoriales favoritas por haberme presentado a uno de esos premios imposibles de ganar... Ahora parece un poco menos imposible, y sin duda volveré a intentarlo en alguna edición venidera. El problema es que este año tengo entre manos la segunda parte de una novela ya publicada... Con ella sería imposible conservar el anonimato necesario para ganar un premio.

Escribes también para un público infantil con obras como Cruzamundos o Lobos de mar. ¿Cuál es, en tu caso, la diferencia más notable a la hora de escribir para niños en lugar de para jóvenes?

Para mí apenas hay diferencia. Tanto en mi docencia como en la vida en general tengo la máxima de tratar a los niños como a cualquier otra persona, sin insultar su inteligencia, sin poner barreras intelectuales. Y lo mismo hago en la escritura; los niños son esponjas y al final los límites están donde nosotros se los ponemos. Ellos también disfrutan más una trama bien elaborada, y visualizan mejor un escenario descrito con precisión. Lo único que cambia es el abanico de temas a tratar: yo que paso mucho tiempo con ellos, solo tengo que poner la oreja para averiguar qué asuntos les interesan y cuál es la forma más atractiva de presentárselos. El ritmo debe ser más rápido y la extensión más corta; todo ha de ser más directo y conciso, lo que, a mi entender, requiere una destreza narrativa aún mayor por parte del escritor. El público infantil valora más la historia en sí que las florituras de estilo, pero eso es algo que también nos pasa a muchos adultos. Y por supuesto, está el tema del contenido sensible. Yo puedo conversar con un niño con total naturalidad, pero su inocencia es algo muy valioso y no se puede dañar. Con esto no estoy hablando de censura ni tabúes; deberíamos poder hablarles sobre casi cualquier cosa y satisfacer su curiosidad. Pero si el tema a tratar es delicado, si quisiera contar, por ejemplo, una historia sobre el nazismo, lo haría desde la adaptación y la metáfora. Les puedo hablar del Holocausto y las atrocidades que hizo Hitler, pero siempre desde la sensibilidad y el tacto. Sería una abominación por parte de cualquier adulto describirles con detalle la noche de los cristales rotos o una escena de exterminio en las cámaras de gas. Es una cuestión de sentido común.

Hace poco anunciaste en tus redes sociales que estás trabajando en El tango de las almas errantes, la segunda parte de El vals de las hadas malditas. ¿Qué nos puedes avanzar de la novela?

Si os parece bien, un fragmento en exclusiva...

En algún lugar de Larenta, Reino del Ocaso

Hojas secas esparcidas por el suelo embarrado. Carromatos sombríos entre los troncos del bosque nocturno. Las copas de los árboles apenas dejaban pasar los tenues rayos de luz lunar, pero los ojos azules del no-muerto resplandecían en la oscuridad. La atravesaban. Permanecían fijos en su caravana desmantelada, su amada Calavera Ambulante, tan cerca y a la vez tan lejos al otro lado de los barrotes de su prisión con ruedas. Él y otro montón de huesos al que no conocía habían sido encadenados juntos como un par de bestias de la misma especie, atracciones del mismo circo. Su jaula no era la única en esa feria apestosa a la que los habían vendido; los lamentos de otros tantos esqueletos y partidarios de la desaparecida princesa Idre colmaban la noche de un derrotismo que su espíritu de tendencias festivas no podía soportar.
Si al menos hubiesen dejado su acordeón entre sus dedos huesudos.
—Acercaos, escuchad... Porque esta es la historia más triste que os habrán de contar jamás: la historia de Eliss, la más hermosa de las hadas, y de cómo su corazón se rompió en pedazos por amar a un mortal... —Privado de su instrumento, el Acordeonista recurrió a su sonora voz de barítono en un intento por aplacar los quejidos de las jaulas colindantes. Siempre fue muy bueno captando la atención del público y confiaba en que la esclavitud no le hubiese hecho perder su toque—. Esta es la historia de la Noche del Velo, cuando el Mundo de los Vivos se fundió con el de los Muertos y el Mundo de los Muertos se fundió con el de los Vivos...
El golpe sordo del bastón del vigilante contra los barrotes lo silenció en el acto. Ese descerebrado era el brazo ejecutor del maestro de ceremonias y no le dejaba ni un momento de respiro.
—No empieces con esa cantinela otra vez —lo increpó—. Esa historia me aburre, huesudo. Desde que la canción perdió su magia y dejó de matar, carece de interés.
—Si me dejaras mi acordeón sería mucho mejor —se quejó el cautivo con un susurro cargado de desdén.
—Ya oíste al capataz: nada de música por la noche. Te dejo contar historias porque me entretienes, cadáver andante. Además, tu reclamo es incorrecto: no existe ningún Mundo de los Muertos. Cualquiera con un poco de cultura fábula sabe que solo existen tres Realidades: la Feérica, la Demoníaca y la nuestra, la Errante, en la que tú no deberías estar, desecho. Lo que produjo la Noche del Velo de Éterdar fue una brecha entre estas tres Realidades. Una brecha que ya se cerró.
La noche trajo un temblor, una agitación entre los árboles que delimitaban el claro. El Acordeonista lo percibió; algo se aproximaba. Y cualquier cambio solo podía ser a mejor.
—Sí, pero yo fallecí esa noche y quedé atrapado en esta no-muerte para siempre —respondió con esperanzas renovadas—. A eso me refiero con la fusión del Mundo de los Muertos y el de los Vivos. Es Literatura. Cualquiera con un poco de cultura lo sabe...
Un nuevo golpe rabioso contra la jaula. El vigilante agarró su tráquea desnuda a través de los barrotes y le escupió su contraataque:
—Escúchame, montón de mierda. Si no machacamos tus huesos con una prensa es porque entretienes al público. Pero piénsalo: ¿qué sería de alguien que no puede morir si convirtiéramos su esqueleto en polvo? ¿A dónde iría tu conciencia? No eres nada, solo un paria maldito, un despojo que no pinta nada ni en esta ni en ninguna otra realidad. Si quieres seguir disfrutando de los pocos placeres que aún puedas exprimir de esta existencia, más te vale ser un buen chico y obedecer.
Tras rematar sus palabras con un salivazo sobre el cráneo sin pelo ni piel de su cautivo, el centinela se apartó del carromato enrejado y se sentó en el barril habitual desde el que custodiaba la mercancía como un perro guardián. Los dos no-muertos que languidecían tras los barrotes se miraron con tristeza, y aunque no se conocían, se sumieron juntos en un hondo silencio de nostalgia compartida.
—Cómo hemos llegado a esto —rugió el Acordeonista al cabo, en un claro desafío a las amenazas de su carcelero—. Sin nuestras caravanas, sin mi Calavera Ambulante, sin el hogar que se nos prometió.
Un bufido de advertencia desde el barril bastó para silenciarlo de nuevo. Pero entonces la noche arrastró una nueva voz que se sumó a su rebeldía entonando una vieja canción:
—No puedo volver a casa. Me han cerrado las puertas y no puedo volver a casa. Pero solo necesito mi viejo violín bajo el brazo y un lugar donde pasar la noche. Mi música es risa y también es sollozo. El Tango de las Almas Errantes. Este es El Tango de las Almas Errantes…
—¡Silencio! —El perro guardián se puso en pie. Tenía los nudillos blancos de apretar su bastón de castigo—. ¡He dicho que nada de música!
Sus golpes contra los barrotes del carromato del que provenía la melodía no lograron silenciarla, pues los no-muertos de otra jaula cercana se sumaron a la canción en un coro solemne:
—Soy el mayor de los indeseados. Soy juglar, soy pobre y estoy muerto. Yo quería que me incineraran. ¡Oh, sí! Yo quería que me incineraran. —Los gritos del centinela ya no podían hacer nada contra la música; las voces de decenas de caravanas se habían unido en un mismo himno imparable—. Pero mis huesos no arden, y jamás tendré urna funeraria. El Tango de las Almas Errantes. Este es El Tango de las Almas Errantes.
—¡Está bien, cerdo larentiano! —exclamó el Acordeonista asomado a sus barrotes, animado por las voces de sus compatriotas y compañeros esclavos—. Te contaré una historia distinta, acércate… Te relataré cómo he acabado entre tus rejas. Te hablaré de nuestro exilio de un reino maldito. De las almas brillantes que lucharon por mantener la oscuridad a raya... —Sus ojos azules chispearon con un destello de otro mundo en las tinieblas—... y de cómo fracasaron en el intento.