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Entrevista a...

Gonzalo Moure

El Templo #19 (diciembre 2010)
Por Nerea Marco
5.402 lecturas
Gonzalo Moure es un escritor español de literatura infantil y juvenil cuyos libros han conseguido premios como el Gran Angular y el Ala Delta, ade­más de estar en la lista de honor del IBBY y haber sido finalista del Premio Nacional de Literatura. Su literatura, comprometida y realista, nos hace viajar más allá de las fronteras, a países poco conocidos como el Sáhara o Tuva. Defensor de causas como la libertad del Sáhara, hemos podido hablar con el escritor y entrevistarle para nuestra revista.

Empecemos por una pregunta sencilla: ¿Qué te sale mejor, la tortilla de pata­tas o una novela? Lo decimos por ese comentario que te hizo tu madre sobre uno de tus primeros escritos: “Me has hecho sentir el sabor de la tortilla de patata”. ¿La literatura debe transmitirnos sen­saciones reales, olores, sabores, ponernos la piel de gallina?

¡Sin duda una novela! Y precisamente por lo que me dijo mi madre, o más bien lo que me enseñó: si hago una tortilla y la patata me queda dura, o el huevo desligado, el que la come no puede hacer nada, por más que se esfuerce: la patata seguirá estando dura. Lo que me quería mostrar mi madre era un camino: no pongas los adjetivos, no le “ordenes” al lector lo que debe sentir, deja que sea él quien ponga los adjetivos, las sensaciones, comparte con él el cuento o el libro. Los autores que se empeñan en decirme lo que debo sentir cuando leo sus escritos, o sinto­nizan a la perfección conmigo (que también puede suceder, y de hecho sucede), o nuestra química no funciona. En mi micronovela (está dentro de El Remoto Decimal), es mu­cho más importante todo lo que siente e imagina el lec­tor que el breve guión que yo le doy: “La gacela pensó que el tigre era hermoso, un segundo antes”. Y si le qui­to los dos artículos determi­nados, aún es mucho más lo que debe poner el lector de su parte: “Gacela pensó que Tigre era hermoso, un se­gundo antes”.

En fin, no es tanto que la literatura nos deba transmitir emociones, sensaciones, olores o sabores, como que tiene que ser capaz de hacer que nosotros mismos ge­neremos todo eso.

En el texto que te presenta antes de tu relato en el libro 21 relatos por la educación, dice que eres muy amigo de Carlo Frabetti y Ricardo Gómez. En sus respectivos textos, también se nombra esta amistad entre vosotros. ¿Qué es lo que puede unir tanto a tres escritores, además de la literatura?

Precisamente, esa concepción de la literatura, que es, además, la más mo­derna posible: cada vez más, la literatu­ra se está alejando del puro entretenimiento, porque la diversión está siendo monopolizada por la electrónica. Es más: ya no hay gran­des pensadores (si uno echa un vistazo se da cuenta de que estamos huérfanos de ideas), porque los cerebros privile­giados son inmediatamente integrados en la gran industria de la diversión y el entretenimiento. La literatura tiene que llevar la batalla a su terreno, igual que el guerrillero la lleva al bosque o el des­filadero, y no a campo abierto. Y nues­tro terreno es el de las ideas y la emo­ción, las emociones, donde la industria del entretenimiento seguro que pierde. Y mira que Carlo es distinto, no hay en él una gota de sentimentalismo, es un apa­sionado de la lógica, aplicada incluso al pensamiento cotidiano. Nuestra concep­ción arquitectónica es muy distinta, pero el fin es el mismo: que sea el lector el que piense, el que haga la novela suya. Carlo, Ricardo y yo, hemos coincidido en nuestra concepción de la literatura, y por tanto de la vida, no traíamos una amis­tad anterior que hemos concretado en la literatura y, después en la vida. Sin duda, hay muchos más autores que comparten nuestro punto de vista y nuestro posicio­namiento, pero ha sido el azar el que ha hecho que coincidiéramos precisamente nosotros tres.

 

Has participado en muchos libros co­lectivos: 21 relatos contra el aco­so escolar, 21 relatos por la educación, 8 maneras de contar, Daños colate­rales, etcétera. ¿Qué opinas de este tipo de libros, escritos con una cierta intención didáctica o política­mente correcta? 

Tienes razón, son excursiones. Digamos que escribo desde den­tro, nunca por el tema o la intención, pero de vez en cuando viene bien invertir el proceso, arar la tierra para que sea más fértil. 8 maneras de contar fue exactamente eso: un intento de explicar de dónde vienen los relatos, y cómo se concretan sobre el papel. El resto de los libros que citas tienen sin duda esa inten­ción, que me obligó a pensar en el relato al revés: de fuera hacia dentro. Puedo de­cir que en realidad hacerlo me ha confir­mado en mi convicción: mejor de dentro hacia fuera. Escribo sin “para”, escribo con un simple “por”. Por la emoción, por la fascinación, por la curiosidad. Y des­pués, ya llegarán quienes compartan esa misma pasión por el viaje interior. En el que más me gustó participar fue en el del acoso escolar, porque al descender poco a poco de fuera a dentro, me di cuenta de que incluso el “malo” tiene derecho a ser escuchado, a ser entendido, aunque no sea disculpado. Es decir: fue un rela­to contra la educación, porque la que él ha recibido es en realidad el reflejo de nuestra sociedad adulta. Por eso abogo por volver del revés la educación, pasar de la “enseñanza” a la “preguntanza”. Enseñanza es un concepto unilateral, en el que el alumno está ausente, o simple­mente pasivo. Por “preguntanza” entien­do un sistema en el que ambos interlo­cutores participen, puedan poner todo en cuestión. Y, ya ves, participar en ese libro me llevó a empezar a cuestionarme tantas cosas como la propia esencia. Y en el libro sobre la educación también me fui lejos de las aulas, a un agujero en la hammada argelina, en un campo de refugiados, donde un chico de hoy recibe la única lección que no puede recibir en un aula.

En El síndrome de Mo­zart, premio Gran Angu­lar 2003, tratas el eterno conflicto entre padres e hijos adolescentes, pero también nos trasladas de lleno al mundo de la música gracias a Tomi, el protagonista. ¿Tuviste que hacer mucha inves­tigación sobre Mozart y la música para esta no­vela? ¿Existe Tomi en la realidad?

Sí, en realidad ese “conflicto” no lo abordé por el conflicto en sí, sino también por la mú­sica. No quería hablar de la relación padres/hijos, sino de la esencia profunda de la música. Y mientras los supuestos “retrasados” del SW tienen una concepción esencial y continua de la música, mientras que para ellos no existe siquiera el misterio de la música, en nuestra sociedad utilitaria y superficial, la música suele ser, sobre todo en la etapa escolar, un simple ador­no social, una medalla para los padres y un sufrimiento para los hijos. Irene quie­re sentir la música así, por la música, trata de llegar al misterio al que, y eso es la novela, ha llegado Tomi sin ningún problema. Y en realidad la novela tiene un protagonista solo insinuado: Mozart, que vivió en su carne y en su alma ambos extremos: por un lado estaba el Mozart que sentía la música desde el fondo de su misteriosa esencia humana, que la com­prendía como una explicación del univer­so sin necesidad de palabras, pero por la otra parte estaba su padre, que usaba a su hijo del mismo modo que en la novela Horacio quiere utilizar a su hija.

Sí, claro que tuve que hacer una larga in­vestigación. Sobre Mozart, por supuesto, leyendo todas sus cartas, las que recibió y las que escribió, sus biografías, todo lo que encontré, que fue mu­cho. Pero también sobre la música en su sentido más profundo, bebiendo en las fuentes filosóficas que, una y otra vez han fracasado cuando han querido entender por qué es tan importante la música para el hombre (y cuanto más primitiva la cultura más aún). Neuro­logía, psicología. Jung se acercó, Freud fracasó (y tuvo la gallardía de reco­nocerlo), y hasta grandes neurólogos de hoy como Oliver Sacks (al que admi­ro) se han tenido que que­dar en la superficie. Pues bien, la expli­cación, lo mantengo, la tienen los chicos con el síndrome de Williams, al que yo prefiero llamar “síndrome de Mozart”. Porque también ellos miran a su alrede­dor y usan la música para explicar sus emociones, incluso para entenderlas.

Tomi existe, sí. Le conocí en un piso, en Valencia, y usé todo lo que me dijo, lo que fui capaz de ver en su maravilloso, complejo y torturado interior, para crear el personaje de la novela, al que trasladé a una casa en el campo, lejos de todo lo que torturaba (y tortura) al Tomi real de la ciudad. Y a veces el Tomi de la nove­la dice sus propias frases, textualmente, pero ya no es él. Tomi es el Tomi que co­nocí, pero también muchos otros chicos y chicas con el mismo privilegio y la misma condena, a los que fui conociendo por toda España, e incluso en Estados Uni­dos.

Y por último: El síndrome de Mo­zart no tiene respuestas, solo pregun­tas. Pero dejo la flecha, la dirección: si llegamos al corazón de los Tomis reales, estaremos cerca de la solución a la gran pregunta: qué es en realidad la música para el hombre.

 

Al leer El síndrome de Mozart, nos en­contramos con dos voces narrativas, en primera y en tercera persona. Además, el cambio de capítulo se realiza mediante una pa­labra, que sirve de testigo para seguir avanzando en la novela. ¿Has usado al­gún otro juego narrativo en tus novelas?

Sí, quiero sentirme siempre libre mientras es­cribo, y eso me lleva a so­luciones distintas a las habi­tuales. Lo que hice en esta novela fue un pequeño ha­llazgo, pero no por experi­mentar o hacer una pirueta, sino porque la propia nove­la me lo exigió. En realidad la historia de la literatura está marcada por la lucha para adaptar el pensamien­to fluido a las convenciones estilísticas, gramaticales y sintácticas. Y siempre que el desconcierto del lector no sea insalva­ble, hay que escribir con libertad absolu­ta, usar y superar esas convenciones, no ser esclavizado por ellas. En una novelita muy sencilla que acabo de publicar, Cama y cuento, uso la libertad, trato de llevar al lector a su pasado, a su presente y a su futuro, en su relación con la literatura. Y eso exigía un salto difícil para el lector niño. Yo le tiendo la mano, le digo confía en mí, y le invito a saltar bien sujeto a mi mano.

Y aunque esa manera de titular sea ya un estilo propio, tampoco me siento obligado a practicarlo siempre. Suelo decir que copiar a los demás puede ser hasta delito, pero copiarse a sí mismo es peor todavía: es amaneramiento, es complacencia, es incluso un fraude que ni siquiera es perseguible, lo que lo hace aún más deleznable.

La noche del Risón es un libro breve e intenso, que se lee deprisa y sin apenas darte cuenta. Te zambulles de lleno en el relato y casi parece que acabas tan mojado como el protagonista. ¿Es cier­to que lo escribiste en un aeropuerto, también de un tirón, sin descanso? 

Jaja, sí. Y ese es tam­bién un pequeño juego esti­lístico en sí mismo. Me vino muy bien aquella huelga de pilotos, porque por azar es­taba viviendo la misma situa­ción de la novela, cuarenta años más tarde. Solo que en lugar de ser en una ro­mántica taberna marinera, se trataba de la cafetería de un aséptico aeropuerto. Es apenas una indicación la que hago, tan sutil que casi no me entero ni yo mismo, pero a mi lado se estaba produciendo una historia más te­rrible aún que las que contaban los ma­rineros de mi memoria en la taberna de El Risón: una hija deseando la muerte de su madre, odiándola en cada sílaba apa­rentemente inocua. El horror no reside en una casa gótica, está aquí, a nuestro lado, mientras pagamos en la caja del supermercado. Allí estaba yo, escribien­do un relato que mi madre ya no podría leer nunca, y a mi lado de la desalmada que con sus gestos y su impaciencia le estaba diciendo a su madre muérete.

Quise escribirla así, como la viví hace cuarenta años. Quería plasmar aquellos recuerdos en una novela breve, y sin planteármelo siquiera me puse a escribir, conscien­te de que estaba doblando las esquinas del tiempo, y de que probablemente, sin aquella huelga de pilotos, no la habría escrito nunca.

Y quería hacer sentir al lec­tor que la memoria, por lar­ga y ancha que sea, cabe un corto espacio de tiempo, en un lugar cualquiera, aún más pequeño. Precisamente para aprender a almacenar emo­ciones y percepciones, que son para siempre.

Al leer Tuva por primera vez, publica­do en la colección Alandar de Edelvi­ves, debemos admitir que no conocía­mos ese país; podría ser una invención tuya, un país literario. Pero realmente existe ese pe­queño país, la República de Tuvá, en el que los pastores doman a sus caballos can­tándoles. ¿Qué nos puedes contar de tu viaje a Tuva? ¿En qué se parece el viaje literario del protagonista y el que tú realizaste? 

Bueno, quién sabe: todos vemos lo que somos capaces de ver, y a lo me­jor la Tuva de mi libro no es la Tuva real. No, seguro que no lo es, aunque esta novela se puede leer también como li­bro de viajes. Y de hecho, es un libro de viajes. No hay un solo paisaje inventado, y salvo la historia romántica (que me hu­biera gustado vivir, y que tal vez hubie­ra vivido si hubiera viajado a Tuva con 18 años, y no con mas de 50), todo lo que sucede es real: la investigación so­bre la música difónica, las confesiones finales del chamán, el robo del caballo bayo, el fusilamiento del televisor, en fin, prácticamente todo, que se resumen en que es un país que hasta el siglo XX vi­vió junto al caballo, o a tra­vés de él, un verdadero diá­logo con la naturaleza. Para mí, la revelación del chamán (“El caballo es el interme­diario entre el hombre y la naturaleza”) es un hallazgo del que me siento orgulloso, pero no como escritor, sino más bien como buscador. Y eso me recuerda que así me califico: soy un buscador, y lo que encuentro lo pongo de manifiesto de la única manera que sé: escribiendo, pero reco­nociendo que la realidad es mucho más intensa y fantástica que cualquier lite­ratura. Y eso enlaza con la primera pre­gunta: hay que sugerir, más que decir. Y tengo la sensa­ción de que era tanto lo que quería decir en este libro que no fui capaz de limitar mi ansia por comunicar, por decir, de dejar más lugar al lector. Y esa es la verdade­ra clave de la literatura, y lo más excitante es que no hay una fórmula; nadie, ni (J.M.) Coetzee ni (Corman) McCarthy, podría decir cómo se consigue eso. Porque no es una fórmula, no hay receta, es más como tocar un instru­mento y conseguir que las cuerdas del violín interior de los oyentes se pongan a sonar. A veces lo consigues a ráfagas, otra vez de cabo a rabo, otras veces nun­ca. Y ni siquiera con todos los lectores, solamente con algunos.

 

La comunicación es un tema muy pre­sente en tu literatura: cartas en Maíto Panduro, la sordera en Palabras de Ca­ramelo, la discapacidad en El síndrome de Mozart. ¿Por qué esa atención a la imposibilidad de comunicarse entre los personajes?

¿Es que hay otro tema, en realidad? Cierro los ojos y veo a Kurtz en El Co­razón de las Tinieblas intentando hacer entender por qué. O El encuentro, de Sandor Marai, o El Quijote, vaya. Todas las novelas son el intento de comunicar lo que siente el autor, a través de lo que unos personajes quieren comunicar a los otros. Y la paradoja es esa, precisamen­te: que un ciego se comunica mejor a tra­vés de los sentidos que conserva, porque los ha desarro­llado de una manera desco­munal (literal­mente, fuera de lo común). No, no me in­teresa la de­ficiencia, sino la suplencia. Y entre todas esas suplen­cias, me inte­resa la de la comunicación de un ciego, de un sordo, de un chico aparentemente retrasado que sin embargo “habla” con la música. Tenemos la palabra, y está muy bien, nos ha hecho como somos y ha logrado que tengamos lo que tene­mos, pero también debemos intentar re­dimirla de sus esclavitudes: la mentira, la ocultación, la excusa, el insoportable peso de la visión egoísta del hombre. No me cabe duda: sin la palabra, el hombre era más sincero con los demás hombres y con la naturaleza, con el mundo, con el universo.

También los animales están muy pre­sentes en muchos de tus libros: los ca­ballos en Tuva, el ruiseñor en En un bosque de hoja caduca, etcétera. Ade­más, los ilustradores que han trabajado en esos libros, como en Soy un caballo, han sabido captar esa pasión por los equinos.

Mi interés por los animales nace de lo anteriormente dicho: es que los ani­males no pueden mentir, porque su co­municación es siempre sincera, desnuda, sin doblez alguna. Y sí, siento pasión por los caballos; en realidad por todos los grandes herbívoros. Hay algo fascinante para mí en todos ellos, los percibo como los budistas del reino animal. Un caballo evita pisar siempre algo que esté vivo. Puede que porque le da miedo todo lo que se mueve, pero en toda su vida no mata una sola vez para comer, y sus comporta­mientos socia­les son de una limpieza con­movedora y que nos están mostrando, en un (sólo) apa­rente silencio, un camino compasivo y de plenitud con la naturaleza. Los caza­dores resultan más atractivos para noso­tros, porque también lo somos. Pero si los humanos fuéramos vegetarianos, nuestra percepción de la naturaleza reconocería en los caballos y todos sus “primos” a es­pecies mucho más estimables.

Pero siento una enorme atracción por to­dos los animales. Algunos de mis libros favoritos como lector fueron los de Jack London o los de Oliver Curwood, verda­deros tratados de etología disfrazados de novela. Me siento en comunión con ellos, y comparto su perplejidad frente al mundo silencioso y sustancialmente sincero de los animales. Modernamente, me fascina una novela en e s p e ­cial de McCarthy: En la frontera. Sus primeras 135 páginas son para mí canónicas, un auténtico canto reverencial del hombre ante el animal.

Con tu literatura has ganado alguno de los premios más impor­tantes de la LIJ en nuestro país: el pre­mio Gran Angular con El síndrome de Mozart, el Ala Delta con Maíto Panduro, además de estar en la lista de honor del IBBY y haber sido fi­nalista del Premio Nacional de Literatura. ¿Qué significa para ti este reconocimiento a tu obra?

Bueno, creo que es un reconoci­miento al riesgo, a la busca. Sería muy triste que los premios solo fueran a pa­rar a obras previsibles y repetidas. Algu­nos de los libros con los que he ganado premios han sido reiteradamente recha­zados por las editoriales anteriormente, y no las culpo, porque desde el punto de vista comercial estaban destinadas al fracaso, y solo eran editables bajo la faja de un premio. Otras, después de ser publicadas, han sido criticadas por ese riesgo por los propios editores. Lo curio­so es que, a la larga, cuando el eco del premio hace tiempo que se ha agotado, se han convertido en libros de largo re­corrido, sin ninguna excepción. Lo tengo claro, y sé cuándo debo presentar un li­bro a un premio, más como estrategia de supervivencia que como otra cosa. He de decir, por otra parte, que en los premios de LIJ hay una limpieza que brilla por su ausencia en la mayoría de los premios de literatura adulta. Pero dejando algo cla­ro: el libro no es mejor por haber gana­do un premio, ni peor si no lo gana. Es el mismo libro. Mu­chas veces los niños me preguntan cuál ha sido mi libro de ma­yor éxito, y siempre respondo con sinceri­dad: no busco el éxi­to, palabra que viene de “ex ire”, salir, sino lo contrario: la entra­da. Hacia uno mismo, yo el primero. Eso no vende mucho, pero la literatura no puede ser reducida a la extensión de las ventas. Por suer­te (no lo puedo atribuir a otra cosa), lo que me interesa a mí resulta interesante para un nú­mero suficiente de lectores. Y no escribo por otra cosa: mi busca, mi viaje inte­rior mientras viajo por el exterior, por la vida.

 

Además de página web, tienes un blog a través del cual hablas y mantienes una relación con tus lectores. Fuiste uno de los primeros escritores de literatura juvenil en abrirse un blog en nuestro país, ya que empezaste hace más de tres años con esa nueva relación entre escritor y lector. Y además ahora tienes un perfil en Facebook. ¿Qué opinas del uso de las nuevas tecnologías, los blogs y redes sociales, a favor de la literatura juvenil, ya sea por las editoriales para su promoción o por los escritores para acercarse a los lectores?

Creo que es una elección muy per­sonal. La verdad es que en ocasiones me pregunto si no habría sido mejor reducir mi presencia pública a cero, hablar solo mediante mi literatura. Ni sé explicar siquiera por qué empecé a “darme” en encuentros y charlas en colegios, insti­tutos y bibliotecas. Pero empecé, sentí que en ellos soy también útil y tengo algo que decir, y ya no he podido parar. Ahora mismo estoy empezando a echar el fre­no, porque en los años que me quedan quiero escribir. Pero una vez “dado”, la web, era una consecuencia lógica, por­que no puedo acudir a los centros y luego restringir los contactos.

Y en cuanto a las nuevas tecnologías, es obvio que bien aplicadas son un enorme avance. Precisamente quiero sustituir mu­chos viajes por “videocharlas”, invitando a los lectores a acercarse a mi casa, a mi paisaje, a mi estudio, mis fotos, mi lugar de trabajo. Los blogs de literatura, tanto personales como colectivos, están crean­do un ambiente de foro permanente. Es verdad que echo de menos un cierto es­píritu crítico en ellos, pero poco a poco maduran, se hacen menos laudatorios y más reflexivos.

¿Qué queda de periodista, director de radio y guionista en el escritor que es actual­mente Gonzalo Moure?

Del periodista, mu­cho. Curiosidad, busca, pasión por lo nuevo. Y algo importante para mí: muchos de mis libros son como reportajes, pero “la noticia” que contienen no sería jamás noticia en una radio o en un periódico: noticias sobre la ternura, la compasión, el amor. Es más, creo que si no hubie­ra sido periodista, si hu­biera optado por la escri­tura a los 21 años, hubiera comenzado cojo, sin una verdadera relación con el mundo, exce­sivamente aislado. Para mí, la base del periodismo, su esencia, es perfectamen­te válida para la novela: ¿qué hay nuevo que contar a los demás?

Investigando un poco hemos descubier­to que estuviste en la cárcel. ¿Te ape­tece hablarnos de esa, digamos, expe­riencia, o mejor no volver al pasado?

Sí, por qué no. Está en mi vida, en mi esencia, me marcó en muchos aspec­tos, y es una experiencia-vacuna contra la falta de libertad. Me siento orgulloso de formar parte de la generación que trajo la libertad a este país, aunque fue­ra con un precio tan alto. Llegué a una universidad ocupada por la policía, que tenía despacho en el decanato y no de­jaba que nos reuniéramos. Y eso era una metáfora de lo que pasaba en España. Y me prometí a mí mismo que vería el fi­nal de esa asfixia de las libertades. Mi­lité activamente y lo pagué con cárcel y torturas. Pero también siento orgullo por formar parte del colectivo de presos políticos que jamás buscamos venganza, que ni siquiera presentamos denuncias contra los torturadores o los jueces que nos condenaron injustamente, en aras de la reconciliación. Fue una ex­periencia que, curiosamen­te, no me hizo más fuerte, como querría el tópico, sino aún más compasivo, apren­dí a valorar mucho más con­ceptos como solidaridad, compañerismo, ternura, firmeza o valentía.

De hecho, tengo una nove­la pendiente, prometida en varios lugares: Una autén­tica historia de miedo. Por­que personalmente pasé mucho, muchísimo miedo. Un pavor frío y paralizante que no puedo olvidar, pero que quiero que las nuevas generaciones conozcan, que sepan que ese sería el precio de la falta de libertad, para que sean conscientes de que en muchos luga­res del mundo aún se vive ese terror, esa imposibilidad de reunirse, de hablar, de escribir con libertad. Si alguna vez la lo­gro escribir (confieso que me cuesta, me duele), os prestaré mi miedo.

Muchos de nuestros lectores son jóve­nes que pueden no estar informados de la situación actual del Sáhara y los cam­pamentos de los refugiados saharauis, ¿nos puedes resumir en un párrafo o dos el conflicto saharaui?

Claro, y es muy sencillo: los vendi­mos, como si fueran cabras o camellos. Abdicamos de nuestra responsabilidad. España se aprovechó durante cien años de su pesca y sus minerales, y luego vendió esa tierra con su gente den­tro. De esa co­bardía nació mucho dolor, miles de muer­tos bajo bombas de fósforo y na­palm que caían de aviones fran­ceses. Fueron despojados de su tierra, de su mar, de su cultura. Y Occidente, con sus invasores, creyó que como eran nómadas divididos en tribus, no se opondrían a tan enorme canallada. Pero se equivocaron: resistieron primero con las armas (y qué remedio), y desde hace 20 años con la lucha pacífica, pacifista incluso, con la palabra y el diálogo. Y quien lucha así, acaba por ganar. Pero para eso necesi­tan de nuestro apoyo, de nuestra solida­ridad, que no se olvide nuestra cobardía, ni tampoco su valentía.

 

Una de las iniciativas que has llevado a cabo en el Sáhara es poner en marcha el Bubisher, un bibliobús que recorre las wilayas/campamentos para llevarles la posibilidad de la lectura a los niños refugiados. ¿Qué nos puedes contar de esa experiencia? ¿Son muchas las edi­toriales que ceden sus libros, los escri­tores que van como voluntarios para ayudar al Bubisher en su tarea?

Creo que el Bubisher es mi mejor li­bro, y lo mejor es que es un libro colecti­vo, que yo no soy sino uno más entre más de cien personas que nos hemos unido para hacerlo posible. Eso que dices, “!a posibilidad de lectura de los niños refu­giados”, es mucho, muchísimo. Es darle a toda una generación un camino a tra­vés de la lectura hacia su cultura, su for­mación, y en de­finitiva, hacia su libertad perso­nal. La verdad es que empezamos, hace ya cuatro años, no siendo conscientes de la magnitud que iba a cobrar el proyecto. Ahora ya cubrimos las necesidades cul­turales de una cuarta parte lar­ga de los niños saharauis, que estudian lengua española y no tenían antes libros para ponerla en uso, pero a pocos años vista habremos llegado al 100%. Eso requiere un enorme esfuerzo de voluntarios, de estructura aquí en España, pero aún más de estruc­tura allí en los campamentos. Construir o rehabilitar bibliotecas, dotarlas, hacer cursos de formación para bibliotecarios, tener un equipo saharaui (actualmente de cinco miembros, y creciendo) capaz de hacer que el proyecto sea completa­mente suyo. Y conseguir aquí volunta­rios, socios, escritores o profesionales que vayan allí a hacer cursos. Podría ci­tar a muchos, pero diré tan solo que en estos momentos se encuentra allí Félix Albo, uno de los mejores cuentacuentos y teóricos de la oralidad. Y está feliz. Porque lo mejor es que no solo enseña­mos o damos, sino que sobre todo apren­demos y recibimos. Quien quiera unirse a esta maravillosa experiencia, no tiene más que entrar en el blog del Bubisher. Hay muchas maneras. Como voluntario, como socio, movilizando a un colegio o un instituto para adquirir libros que ha­cen falta (no queremos los que sobran), y sobre todo proponiendo nuevas maneras de colaborar. Como por ejemplo las edi­toriales, que han donado ya más de 2.000 libros, prácticamente todos los que les hemos pedido.

      

En un artículo publicado en la revista Peonza, en el número extraordinario dedicado a la Literatura y el Compro­miso, en julio de 2007, decías: “Ese es el riesgo de este tipo de monográficos o congresos: que aceptemos escribir aquí para acribillar al lector con citas erudi­tas o para manosear unos cuantos tó­picos transversales y para tranquilizar a nuestro currículum; que acunemos a la literatura infantil y juvenil con una nana bienintencionada y dulce y la de­jemos dormir en paz. Hagamos lo con­trario, gritemos hasta que se despier­te, señalemos sus defectos, esos kilos de más, esa blandura insoportable y a veces ridícula, y pongámosla a trabajar hasta que sea ella la que nos exija a nosotros.” Y nosotros te preguntamos: ¿Qué nos tiene qué exigir la literatura infantil y juvenil entonces? ¿Qué debe­mos buscar en la LIJ?

Jaja, bueno, creo que ya lo digo todo en ese párrafo furioso e incendia­rio, que ni siquiera recordaba… Pero sí, sigo pensando lo mismo. Si en la litera­tura para adultos hay un posible final de partida, libros que simplemente entrete­niendo no hacen daño a nadie, en lite­ratura infantil y juvenil esto es más dis­cutible. Por desgracia, hay demasiados libros conformadores, y no solo humana­mente, sino también como lectores. Li­bros que no suponen un solo paso ade­lante, un modesto avance siquiera en la comprensión lectora o en la comprensión del mundo. No es que crea que no debe haber literatura simplemente divertida para niños, todo lo contrario: es que el peligro es que solo haya esta literatura, que no deje espacio a la otra, a la que renueva, conmueve y remueve.

Por nuestra parte, ya hemos terminado la entrevista. Muchas gracias por res­pondernos a las preguntas, Gonzalo. ¿Algún comentario que quieras hacer?

Sí, siempre hay algo más que de­cir, pero lo tengo que decir en los libros. Tengo un pacto conmigo mismo que no le puedo pedir a nadie que suscriba, pero que para mí es sustancial: no escribir un solo libro más si no es para intentar algo nuevo. Repetir hasta la náusea lo que ya he escrito no me lleva a ningún sitio, sal­vo a engrosar mi cuenta corriente. Y la literatura (y la infantil la que más) es de­masiado seria y tiene demasiada respon­sabilidad como para mancharla con libros innecesarios. Que surjan nuevas genera­ciones que recorrerán el mismo camino, que volverán a escribir libros parecidos a los míos como yo escribí antes libros parecidos a los de otros, porque ese es un camino que hay que recorrer, y que se renueva con cada nuevo escritor. Pero les tenemos que dejar sitio, y utilizar lo que sabemos y lo que ya hemos hecho para renovarnos, para renovar la literatura.

Y muchas gracias por esta oportunidad de decir lo que siento, lo que pienso, lo que amo.

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