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 ENTREVISTA 

Maite Carranza

El Templo #3 (abril 2008) por R. A. Calle Morales


Localizamos a Maite Carranza, escritora, guionista, antropóloga, profesora y madre (todo ello a intervalos no necesariamente equitativos), para que nos hablase de su trayectoria como escritora y sus proyectos futuros.

Tu obra es principalmente infantil, aunque también hay libros juveniles. ¿Quiénes son más difíciles de complacer, los niños o los jóvenes? O al revés si lo prefieres ¿Qué es más fácil? ¿Lidiar con una "Margarita Metepatas" o buscarle un novio a una hermana?

La literatura infantil, entendida como aquella dirigida a menores de 11 o 12 años, es un territorio de tópicos y malentendidos entre los cuales me irrita especialmente el que considera a los niños como adultos de bajo coeficiente intelectual. Eso genera una subliteratura para niños donde prima la estupidez.

Los niños y sus procesos cognitivos son diferentes a los adultos y en su especificidad se esconde el misterio. Equivocadamente podemos pensar que resulta fácil puesto que el número de páginas de las colecciones infantiles es menor y los argumentos de las historias que narramos deben ser más simples, el lenguaje más directo y la acción más clara. Y en eso, precisamente, reside la dificultad. Conseguir explicar una historia conmovedora, divertida, o emocionante con una estructura dramática contundente, con pocas palabras y de una forma eficaz , sin que falte ni sobre una coma resulta tremendamente difícil. Ya lo dice el refrán: lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y para acabar de complicarlo la literatura infantil debe sustentarse en la oralidad y las imágenes. Si un cuento no resiste la prueba de ser leído en voz alta o no inspira al ilustrador el fracaso es evidente. La magia de la literatura para niños se nutre del oficio de los cocineros sabios que dosifican los ingredientes de sus recetas.

A mi, personalmente, me cuesta más escribir para niños que para jóvenes, aunque no me rindo y continuo –cabezota que soy- explorando posibilidades.

El mundo de los adolescentes, por otra parte, me resulta sumamente atractivo y cuanto más me zambullo en él más me doy cuenta de que es una fuente inagotable de historias. Tal vez porque los adolescentes y los más jóvenes sí que son ya proyectos adultos sin pulir que aun conservan la ingenuidad de su infancia, pero que desean desesperadamente ser reconocidos como miembros de pleno derecho de la sociedad. Los adolescentes son artilugios generadores de conflictos dramáticos que cambian de envoltorio con las modas, pero que se nutren de problemas eternos y atemporales. Irresolubles tal vez, pero apasionantes. Un caramelo para los escritores.

¿Planteas tus libros como un guión de cine o los visualizas como tal antes de escribirlos? ¿Es diferente la "magia" del cine de la que pueda transmitir un libro?

Debo mucho a la escritura de guiones y a mi experiencia como profesora de talleres de escritura de guiones. Evidentemente, uso todos los conocimientos de mi oficio para planificar mis libros y me sirven para construir mejor las estructuras argumentales, concebir poliédricamente a mis personajes, visualizar las escenas y dialogar con más eficacia.
Y a pesar de ello diferencio mucho entre guión y literatura. No he supeditado ninguna novela mía a una hipotética adaptación. Cine y literatura son dos medios diferentes y prefiero disfrutar cada uno de ellos por separado. La literatura permite una mayor libertad expresiva puesto que la palabra no tiene límites presupuestarios. La literatura no entiende de decorados, extras, especialistas, cástings, localizaciones, noches, efectos especiales ni músicas. La literatura otorga al creador una libertad espacial, temporal y subjetiva que el cine y la televisión no permiten. Cuando escribo literatura aprovecho la oportunidad de poder perderme en esos derroteros que me están vetados cuando soy una guionista.
Por otra parte, la magia que pueda desprender una novela será mérito mío. La magia que desprenda una película es mérito de muchísimas personas y, por desgracia, una buena escritura puede echarse a perder por un mal rodaje, un mal casting o una mala producción.

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