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Reportaje central

El duelo en la literatura juvenil

El Templo #84 (octubre 2021)
Por Raquel Periáñez
300 lecturas

Si hay dos grandes temas en la literatura, el cine, la música y toda forma de cultura son el amor y la muerte; en torno a ellos se han creado las grandes historias, las que se recordarán siempre.

Dentro de la literatura juvenil, la temática amorosa ha sido ampliamente explotada, tanto que es un error común asociarla directamente al romance: amores corrientes o sobrenaturales, a primera vista, predestinados, grandes historias épicas...

El tema de la muerte también aparece en numerosas ocasiones. Por un lado, la muerte como personaje, el mundo de los muertos, vampiros, fantasmas y toda clase de criaturas del más allá; por otro, la literatura juvenil recurre muchas veces al tópico del huérfano, del que ya hablamos en el número 64, para construir a sus personajes, dotarlos de misterio o, por mal que suene, libertad para salvar el mundo sin intromisiones. Protagonistas como Jack de Memorias de Idhún o Harry de Harry Potter llevan la muerte de sus familias como marca y motor de sus motivaciones; sin embargo, estas sagas no se detienen a desarrollar este trauma de manera individualizada, ni es la trama principal de la novela, sino que queda como telón de fondo. Y es que es un tema que requiere mucha delicadeza y sensibilidad, y no es tan habitual encontrar lecturas que exploren en profundidad el «después de la muerte»: el duelo. En este reportaje, nos acercamos a él y su representación en la literatura juvenil.

La enfermedad: hacer las paces con la pérdida

Las novelas que tratan sobre enfermedades también hablan, en gran parte, sobre el duelo previo que supone tratar de hacer las paces con el miedo a una muerte que puede ser inminente, por lo que siempre está muy presente en ellas. Seguro que la historia que ha venido a tu cabeza es Bajo la misma estrella, la novela más conocida de John Green; cuando se publicó, en 2012, supuso toda una revolución por su forma desenfadada y natural de tratar el cáncer. Bajo la misma estrella sigue a Hazel y Gus mientras se enamoran y viven sus vidas, con la enfermedad que sufren siempre presente pero nunca única protagonista, y enfrentan con el mejor humor posible la situación que viven. Parecida, pero no igual, es Entre dos universos, de Andrea Tomé, donde uno de los protagonistas, Salva, tiene una leucemia incurable, y debe hacer frente a enamorarse de Mia, a la vez que acepta y aprovecha al máximo el tiempo disponible.

Por otro lado, está la perspectiva de quienes no sufren la enfermedad, pero la ven en sus seres queridos. Tú tan cáncer y yo tan virgo, de Begoña Oro y Alberto J. Schuhmacher, es la historia de Marta, que se enfrenta al doble cáncer de su madre y su abuelo. Narra a la perfección ese duelo previo, la lenta despedida que supone cuidar a alguien hasta el último momento. Patrick Ness, en Un monstruo viene a verme, también refleja la dureza y la dificultad de ese acompañamiento en el deterioro y el dolor que causa ver sufrir a las personas que queremos.

El accidente: oportunidad y culpa

Las novelas que abordan la muerte y el duelo en casos de accidentes tienden a explorar caminos alternativos, a veces fantásticos, que ayuden a dar un cierre y una salida; opciones en las que exista la posibilidad de una despedida o de que quien muera pueda elegir, al menos, irse en paz.

En esta línea, Si decido quedarme, de Gayle Forman, presenta a Mia, una joven en coma tras un accidente de tráfico. Mientras se debate entre la vida y la muerte y su entorno se enfrenta a la posibilidad de perderla para siempre, Mia revive sus recuerdos y tiene en sus manos la decisión de vivir o morir. Este es el mismo planteamiento que Jordi Sierra i Fabra plasma en Campos de fresas, donde Luciana, también en coma, juega una invisible partida de ajedrez con la muerte a la vez que sus amigos y familia reevalúan sus propias vidas. De manera parecida, Lauren Oliver, en Si no despierto, repite en bucle el día de la muerte de la protagonista, y le da la oportunidad de enmendar sus errores y tomar mejores decisiones que en vida para poder irse tranquila.

Por otra parte, el entorno de estas personas lidia con la culpa de todo lo que quedó por hacer y por decir con quienes ya no están. Rachael Lippincott y Mikki Daughtry reflejan en Todo este tiempo el camino de vuelta al amor tras una pérdida; Buscando a Alaska, de John Green, narra el antes y el después de la muerte, la pesada culpa que se arrastra y el camino para hacer las paces con el recuerdo. En ocasiones, este duelo es tan repentino que se vuelve traumático y se oculta, a veces hasta el final de la historia. Este es el caso de las siguientes novelas: (¡atención, aviso de spoilers! Pasa al siguiente párrafo si no quieres saber más): Un hijo, de Alejandro Palomas, que aborda la pérdida de una madre y cómo el padre trata de ocultárselo a su hijo pequeño para evitarle sufrimiento; Te daría el mundo,de Jandy Nelson, la historia de la ruptura de la relación entre dos hermanas tras el accidente fatal de su madre, lleno de culpa y dolor; y Croquetas y wasaps, de nuevo de Begoña Oro, que convierte la causa de la muerte del padre de Unai en una antología de relatos fantásticos con tal de no aceptar la llana verdad, un accidente de coche por culpa del alcohol. Esta novela también aborda el duelo más sencillo de la pérdida de una abuela y lo agridulce de su recuerdo.

El suicidio: ¿qué pasa con los que quedan?

El suicidio es uno de los temas más sensibles y complicados de tratar en ficción, por el tabú que todavía hoy supone. En muchas ocasiones, el suicidio va íntimamente ligado a problemas de salud mental, como la depresión. A pesar del estigma social que existe en torno a este tema, cada vez son más las novelas que se abren a él, y, en este caso, desde la perspectiva de quienes han perdido a una persona por suicidio. El camino de la culpa a la aceptación, la necesidad de respuestas y también la resignación ante la falta de las mismas vertebran estas novelas.

Este es el caso de La luna en la puerta, de la ya mencionada Andrea Tomé, que aborda el duelo de manera no solo personal, sino también colectiva. Judith, la protagonista, ha perdido a su hermano, y la acompañamos en su búsqueda de entendimiento, en su culpa, su dolor y su esfuerzo por seguir adelante y recomponer una familia, un grupo de amigos, un barrio, pero siempre honrando el hueco que Saulo ha dejado. Andrea Tomé escribe el arte y el amor como la salvación: los grafitis de su hermano para comprender, el rap para expresarse, las cartas para liberarse de culpa, los amigos para mantenerse en pie. De igual manera, en Yo estuve aquí, de nuevo de Gayle Forman, Cody busca respuestas para poder comprender la muerte de su amiga Meg y todo lo que nunca le quiso contar.

Emily X. R. Pan, autora de El asombroso color del después, también describe a una protagonista que lidia con el duelo tras un suicidio por depresión, en esta ocasión el de una madre. En este caso, Leigh aprenderá a aceptar su nueva situación a través de las apariciones de un ave escarlata que representa a su madre y que nadie más ve, y también gracias a la reconexión con su familia materna y la búsqueda de sus raíces.

Por trece razones, de Jay Asher, quizá sea la novela más conocida en tratar este tema; el relato crudo de una adolescente que ha decidido dejar constancia de los motivos de su suicidio y señalar directamente a quienes ella considera responsables, dejándoles un duelo cargado de culpa. Aun así, en esta novela el foco no es tanto este duelo sino la reconstrucción del personaje de Hannah a través de las trece personas que la llevaron al límite.

Somos las hormigas, en cambio, presenta el duelo de manera mucho más introspectiva. Jesse se suicidó hace meses y el que era su novio, Henry, que también lidia con una situación complicada en casa y en el instituto, no logra encontrar fuerzas para vivir. Shaun David Hutchinson desgrana la pasividad y el conflicto vital del protagonista, que siente que nada importa en el mundo, y cómo el tiempo y el amor le ayudan en su búsqueda de sentido.

¿Y después? El trastorno de estrés postraumático

Mención aparte merecen las novelas que incluyen el trastorno de estrés postraumático (TEPT) como parte del duelo. Es el caso de Violet y Finch, de Jennifer Niven, en el que Violet, tras sobrevivir al accidente de coche que mata a su hermana, no puede siquiera montarse en uno, y cae en depresión hasta el punto de tener ideaciones suicidas. También el de Los Juegos del Hambre, de Suzanne Collins, donde Katniss vive un duelo constante por todas las pérdidas que ha enfrentado; este es, sin duda, uno de los pocos casos en los que una novela presenta de manera constante esta afección de manera crónica y su extensión a lo largo del tiempo, ya que acompañará para siempre a la protagonista. En Las ventajas de ser un marginado, Stephen Chbosky desvela poco a poco el trauma de Charlie, que, afectado por más de una muerte, ha reprimido lo que ha vivido y perdido durante toda su vida, y ahora lo exterioriza en forma de cartas.

Aunque desde el punto de vista psicológico se distingan las denominadas «fases del duelo», la realidad es que no se trata de un proceso lineal, ni existe una única manera de convivir con el dolor y la pérdida, y la literatura no puede sino reflejar la vida. Estas novelas son las impresiones personales de un camino tan difícil como es la pérdida de un ser querido, y lo que hace hermosa esta diversidad es la forma en la que los personajes, más humanos que nunca, aprenden a vivir con lo que les ha cambiado para siempre: encontrando refugio en los amigos, la familia y el amor, haciendo las paces con las decisiones pasadas, atesorando recuerdos, entregándose al arte, viviendo al máximo, y, sobre todo, siempre honrando a quienes ya no están a nuestro lado, pero nos acompañarán siempre.