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En casa de...

Gonzalo Moure

El Templo #19 (diciembre 2010)




Somos lo que comemos, sí, pero sobre todo somos lo que vemos, lo que oímos, lo que sentimos. En una de las fotos puedes ver lo que veo desde mi ventana, en Tapia de Casariego. El paisaje nos modifica, y ese es el paisaje de mi infancia y de mi madurez. Donde fui feliz de niño, y donde “escrivivo”, devolviendo al ordenador lo que antes he vivido en el Sáhara, con un caballo, en un bosque, en una escuela modesta de cualquier pueblo cercano o en los misterios del Himalaya, de Tuva.

 

Pero en la otra foto véis a mi perro, Trancos. Murió este verano, después de 16 años. Con él he escrito muchos de mis libros. Mirando a sus ojos, mirándome en sus ojos. Fui su paisaje, fue mi paisaje. Fui su sombra, fue mi sombra. Resolviendo mis dudas con su inocencia, con su incondicional compasión. Y con una convicción: no vivió menos que yo, vivió cada minuto eternamente. Mientras que nosotros consumimos nuestro tiempo pensando siempre en el pasado o en el futuro, Trancos vivió su presente con plenitud, sin preguntas inútiles. Diez días antes de morir Trancos yo sufría, porque sabía que iba a morir. Pero Trancos era feliz buscando una pelota entre la hierba, disfrutando del sol o de la brisa. Eso, todo eso me enseñó. Por eso echo de menos las ventanas infinitas de su mirada.


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