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Reportaje central

Migración en literatura juvenil

El Templo #82 (junio 2021)
Por Gabriela Portillo
104 lecturas

Las personas siempre nos hemos movido por el mundo, sin importar los obstáculos, las distancias o las barreras. Hay muy buenos motivos para dejar atrás lo conocido y adentrarse en tierras extrañas. Pero en algunas ocasiones, por desgracia, desplazarse no es una elección, sino que no queda más remedio que huir de un lugar hostil para sobrevivir.

En cualquier caso, la migración conlleva grandes cambios: la pérdida del hogar, las costumbres, el idioma, a veces incluso la familia. También puede suponer mejoras en aspectos económicos y sociales. Una experiencia así de transformadora ocupa una posición principal en la historia de la literatura. Muchos autores se han sentido atraídos por estos dilemas existenciales que nos tocan las fibras más sensibles; otros sienten la necesidad de contar su propia historia. ¿Cómo aparece este delicado fenómeno en la literatura juvenil?

El sueño prometido

La expectativa de un futuro mejor sirve como combustible a muchas personas, que parten en busca de oportunidades de manera voluntaria. Se trata de una apuesta: el éxito no está asegurado y el camino augura dificultades, pero los migrantes confían en que merecerá la pena. Cada uno de los pasajeros del Odisea, el buque de El gran sueño, emprende el viaje con unos anhelos propios. La novela de Jordi Sierra i Fabra sigue la vida de varios españoles que emigran a los Estados Unidos en 1881. Al principio, el sueño americano brilla ante ellos; más tarde, en su proceso de adaptación al país de destino, descubrimos que los sueños no siempre son placenteros.

Hacia la «tierra de la libertad» parte también Andrea, la protagonista del libro con el que Sofía Nayeli ganó el premio Jordi Sierra i Fabra Para Jóvenes en 2020. En su caso, el medio de transporte es La Bestia, que da nombre a la novela: un tren inhumano, que se alimenta de sueños, y al que bautizan como «el devorainmigrantes». En la actualidad, miles de mexicanos siguen el mismo camino: unos alcanzan su destino, otros son deportados y algunos pierden la vida.

Reyna Grande cuenta su propia experiencia de manera novelada en La distancia entre nosotros. Sus padres cruzaron a «El Otro Lado» en busca de trabajo, mientras que ella y sus hermanos aguardaban en México. Años después pasaron la frontera de manera clandestina, pero Reyna no encontró el paraíso prometido: la amenaza de la deportación inmediata y la xenofobia eran las lacras para quienes se atrevían a dar ese salto en los 80.

Antes de Estados Unidos, otro destino popular para emprender una nueva vida fueron las Indias. En Cantan los gallos, la novela de Marisol Ortiz de Zárate ambientada en el siglo XVI, los personajes recorren la geografía española en busca de un sitio en el que encajar, para terminar viendo la migración a estas regiones recónditas como la única opción posible para empezar de cero. Así, un nuevo lugar puede servir para borrar los fantasmas del pasado y redimirse.

En la mayoría de estos casos, vemos la migración como una posibilidad deseable, aunque no ideal. De partida, los personajes viven condiciones duras —trabajos precarios, exclusión social, orfandad—, y encuentran en el desplaza- miento una solución que suscita miedo y esperanza a partes iguales. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando abandonar el hogar es una cuestión de vida o muerte?

La migración forzosa

Para muchas personas, seguir viviendo en su país no es una opción: persecuciones, guerras o desastres naturales amenazan sus vidas. Entonces, la migración se presenta como la única escapatoria, por horrible que sea.

En estos relatos, como es esperable, predomina la urgencia. Las situaciones entrañan una gran dureza desde el principio, y el tránsito hacia el nuevo hogar no es apacible. Deborah Ellis retrata varias realidades del proceso migratorio a lo largo de sus cuatro libros sobre Parvana, una niña afgana que se hace pasar por chico para eludir a los talibanes. En El pan de la guerra narra el origen de su huida, la guerra y la represión, y continúa con El viaje de Parvana, donde la joven se separa de su familia e intenta sobrevivir a base de ingenio y coraje. Su mejor amiga, Shauzia, huyó de Afganistán con un destino en mente: París. En Ciudad de barro descubrimos que en realidad se encuentra en un campo de refugiados en Pakistán, pero la promesa de encontrarse con Parvana en Francia la impulsa a salir de allí. Finalmente, Mi nombre es Parvana avanza unos años para mostrar otra barrera en el proceso: lidiar con los organismos inter- nacionales.

Estos libros se publicaron a principios de los 2000, pero la crisis de refugiados empeoró en la siguiente década. Varios autores han denunciado esta emergencia humanitaria, pero escuchar los testimonios de las personas que lo han sufrido evidencia que la ficción a veces debe dejar paso a la realidad. En el mar hay cocodrilos narra la historia de Enaiatollah Akbari que, como Parvana, huyó de Afganistán con solo diez años. Atravesó Pakistán, Irán, Turquía y Grecia para asentarse, cinco años después, en Italia. Allí colaboró con Fabio Geda para escribir sus memorias.

Nour Esam huyó de Libia con su familia, los expulsaron de Francia y finalmente obtuvieron refugio en España. La autobiografía publicada por Nube de tinta, Nour, cuenta su experiencia como adolescente refugiada: la añoranza de su hogar, la incertidumbre ante el futuro, la incapacidad de comunicarse... y la gratitud al recibir ayuda por primera vez.

Los idiomas son una barrera para muchas personas migrantes. En Los niños de Willesden Lane, la música actúa como lenguaje universal y ayuda a los niños refugiados a conectar con su hogar. El libro cuenta la historia real de la madre de la autora, Lisa Jura, como refugiada judía durante la Segunda Guerra Mundial. Vivió en Inglaterra y más tarde en Estados Unidos, donde su hija, Mona Golabeck, creó la fundación Hold On To Your Music para transmitir el mensaje de paz y resiliencia a las nuevas generaciones.

Las revueltas árabes y el Holocausto han sido las últimas grandes crisis de refugiados. Millones de personas resultaron afectadas por los conflictos bélicos y abandonaron sus hogares. En Refugiado, Alan Gratz se basa en hechos reales para conectar tres relatos de diferentes momentos históricos: el de Mahmoud, que huye de Siria; el de Josef, que se fuga de un campo de concentración nazi, y el de Isabel, que escapa de la Cuba de Fidel Castro. Al entrelazar los hechos, vemos los paralelismos entre las experiencias, así como las particularidades de cada una.

En nuestro país hemos vivido las dos caras de la migración: por una parte, durante el siglo XX, y en especial con la Guerra Civil, miles de españoles emigraron. Ahora que estamos juntos sigue la separación y el reencuentro de dos ge- melos tras el exilio, y hay muchas más narraciones sobre la catástrofe. En los últimos años, España se ha convertido en un país receptor de personas inmigrantes: por ejemplo, muchos jóvenes marroquíes, como Laila (Seiscientos euros, Josep Górriz) o Saíd (La aventura de Saíd, Josep Lorman) cruzan el Estrecho para salvar sus vidas. En sus respectivos libros vemos el recibimiento que les da la sociedad. ¿Habrá cambiado con el paso de los años? Casi tres décadas separan estas publicaciones.

Migrar por imposición

Para un grupo de personas, la migración es forzada por naturaleza: los menores. Por buenas que sean las condiciones del traslado, la decisión de desplazarse no es propia. Suele ser de los padres, que o bien consideran que pasar un tiempo en el extranjero será beneficioso para la educación de sus hijos, o bien los arrastran consigo en sus múltiples viajes y mudanzas.

En el primer ejemplo tenemos Un beso en París, la novela debut de Stephanie Perkins. Anna se enfada mucho con su padre por mandarla interna a Francia, pues no habla el idioma ni conoce a nadie. Pronto cambian las tornas y la cultura parisina la enamora: su cine, sus calles, su idioma... y alguno de sus habitantes.

Eso de mandar a los niños a vivir fuera es un clásico de las familias adineradas. Frances Hodgson Burnett lo reflejó en sus grandes clásicos, La princesita y El jardín secreto. En ambos, las protagonistas dejan su India natal para vivir en Inglaterra. Ni el lujo ni el dinero compensan a Sara Crewe y a Mary Lennox, que buscan refugio en un tipo de destino diferente: los mundos creados por su imaginación.

Pero los hijos no siempre migran solos, a pesar de la predilección de la literatura juvenil por deshacerse de los padres. En el segundo tipo de migración impuesta, los trabajos de los padres llevan a los niños a vivir de mudanza en mudanza. Que se lo digan a Susana, la protagonista de Nuestro último verano, de Sebastián García Mouret: se ha mudado tantas veces por culpa del absorbente trabajo de su padre que ya no espera que nada perdure. Lo que para algunos parecería una vida de ensueño, llena de viajes y novedad, para otros supone inestabilidad y lucha constante.

Por ejemplo, grabar un documental sobre los fantasmas del mundo suena apasionante. Quedarse al margen mientras tus padres lo ruedan, no tanto. Cassidy Blake no quería embarcarse en este proyecto que empezó en La ciudad de los fantasmas, pero no le quedó más remedio. Hasta ahora ha recorrido Edimburgo, París y Nueva Orleans. En el camino ha hecho amistades a las que no sabe si volverá a ver... Por suerte, su mejor amigo es un fantasma que la acompaña a todas partes.

A Nerea la acompañan sus hermanos pequeños, pero no sirve de ayuda. Van a mudarse nada más y nada menos que a la otra punta del mundo: ¡Australia! Tras el shock inicial, aprovechará su amor por la geografía para empaparse de ese país tan distinto y hacernos partícipes de su aprendizaje. Antípodas, de Paloma García Rubio, explora el cambio de localización más drástico. En su novela ganadora del premio Alandar, João, la autora lleva la migración al extremo al mostrar la realidad de las familias de navegantes cuya única patria es el mar.

Pero la migración no tiene por qué ser internacional. Moverse dentro del propio país también implica una reestructuración vital (y si no, que se lo digan a Bella, de Crepúsculo). Sarah Dessen trata el tema en varias de sus novelas, cuyas protagonistas se mudan entre los estados americanos, como ocurre en Te vas sin decir adiós. Por el trabajo de su padre, McClean ha vivido en cuatro ciudades en los últimos dos años. Convencida de que nada permanece, utiliza cada mudanza para crear una nueva identidad. Así, se distrae de lo importante: no puede encariñarse con nadie, porque tarde o temprano llegará el crudo momento de decir adiós.

Solo por un tiempo

Un caso muy especial, en el que las despedidas están muy presentes, son las migraciones temporales: aquellas en las que se da un asentamiento en otra locación lo suficientemente largo como para considerar que se ha vivido fuera del hogar, pero que en la mayoría de ocasiones son reversibles. Casi siempre se conoce la fecha de caducidad con antelación, y se nota en las ganas de aprovechar cada momento, así como en la angustia ante la llegada del final.

La movilidad académica —intercambios, Erasmus, etc.— es el mejor ejemplo de este fenómeno. El periodo en el nuevo territorio suele ser cerrado y los motivos para el mismo, muy definidos de antemano. Ame viene desde China para estudiar brujería en el aquelarre de Madrid, mientras que Rosita llega desde tierras caribeñas. Ambas protagonizan junto a Sabele la trilogía Brujas y nigromantes, donde Raquel Brune dedica un espacio extenso a hablar de las raíces de las chicas, de los choques culturales y de sus esfuerzos por conjugar ambos mundos en una identidad propia. En Cazadores de sombras: Renacimiento se repite esta dinámica. La acción se sitúa en el instituto de Los Ángeles, al que Cristina llega desde México para pasar todo el año académico. Cassandra Clare también vivió una infancia viajera, así que es de esperar que refleje esa vivencia en su extenso universo literario.

Hay muchas obras realistas que tratan este tema tan a la orden del día: las series de Otoño en Londres (Andrea Izquierdo), New York Academy (Ana Punset), En Roma (Susana Rubio)... El caso de Londres después de ti, escrito por Jara Santamaría, resulta curioso, porque muestra de manera paralela la euforia de la experiencia Erasmus y el vacío que deja después. Las relaciones que se empiezan con ilusión no siempre resisten la distancia, la seguridad de los estudios se termina al tener que encontrar trabajo, y ya no queda claro dónde esta el hogar de uno.

La capital inglesa parece atraer mucho a este tipo de migrantes. En Destino: Londres, de Andrea Smith, la excusa es trabajar como au pair en una familia para sumergirse en otra cultura, aprender el idioma y, de paso, ganar un dinero. En Todo eso que nos une, de Ana Campoy, se repite el planteamiento, pero en Alemania. Las protagonistas, Lara y Anne, descubrirán que vivir en otro país conlleva muchas más experiencias, entre ellas convivir con la soledad.

Y después... ¿qué?

Los inmigrantes saben mucho de no pertenecer ni a un sitio ni a otro. La migración se puede mostrar también desde el proceso de adaptación al nuevo destino, tras el desplazamiento, y en el desarrollo de las siguientes generaciones. En los mejores casos, basta con ajustarse al nuevo ritmo y cumplimentar el papeleo; en los peores, los ciudadanos de origen rechazan al extranjero, las autoridades niegan el permiso de residencia y la adaptación se convierte en un infierno.

Las protagonistas de Cuando me veas, la última novela contemporánea de Laura Gallego, sufren este martirio. La madre de Tina es latinoamericana, pero ella nació en España, de modo que se tambalea entre el cumplimiento de las exigencias de su cultura materna y la socialización que ha vivido en la escuela. Su mejor amiga, Salima El Hamidi, sufre más de un episodio de islamofobia intolerable.

Las segundas generaciones de migrantes viven con mucha intensidad esa diáspora: ¿a dónde pertenecen? ¿Cómo hermanar dos culturas, sobre todo cuando son tan diferentes? Lola se lo pregunta con fervor en Soy: ¿es española, argentina? ¿Puede ser las dos cosas? Como su autora, Florencia del Campo, siente ambos países como suyos.

El sol también es una estrella refleja diferentes respuestas a la encrucijada: mientras que Daniel intenta compaginar su herencia coreana con la estadounidense para no defraudar a sus padres, su hermano se rebela contra esa imposición; es un ciudadano estadounidense y se siente como tal. Por otra parte, Natasha lucha para que no deporten a su familia de vuelta a Jamaica, inmersa en una vorágine de abogados y leyes injustas. La autora, Nicola Yoon, comparte nacionalidad con su protagonista femenina, y su marido (el también escritor David Yoon) inspira el origen de Daniel. Su novela debut, Tenía que pasar, trata precisamente de un joven estadounidense de ascendencia coreana que urde una tapadera para contentar a su estricta familia, que solo acepta que salga con chicas coreanas, a pesar de que él casi ni habla el idioma.

Cruces en la arena ofrece una mirada distinta: la de los familiares que se quedan. Daniel Hernández Chambers relata la vida de una familia irlandesa que espera noticias de su padre emigrado a Estados Unidos. La incertidumbre predomina en esta situación, en la que se sufre por un ser querido que ha quedado fuera de nuestro alcance y cuidado. 

Si las historias nos permiten empatizar con realidades distintas a la nuestra o vernos reflejados en los personajes, los libros de no ficción también tienen un papel importante. A través de estadísticas y datos históricos, nos permiten comprender la magnitud de los movimientos humanos, detectar nuestros sesgos y prejuicios y, en definitiva, poner en perspectiva una realidad tan compleja. Es el caso de libros como 10 grandes rutas del mundo, de la colección Nos gusta saber de Siruela.

Rizar el rizo

Hasta ahora, hemos repasado una pequeña parte de la literatura juvenil: el género contemporáneo, histórico, la no ficción e incluso una pizca de fantasía urbana, donde los protagonistas se desplazan por nuestro mundo. Sin embargo, existe una facción que se escapa de nuestras fronteras: la fantasía y ciencia cción.

En un «más difícil todavía», los escritores imaginan cómo es la experiencia migratoria en otros planetas o mundos inventados. La pérdida de la patria es un tema muy recurrente en la fantasía épica. Personajes como Matthias de Seis de cuervos luchan por volver a sus reinos y recuperar la paz robada. Normalmente, viven en el exilio, expatriados por los tiranos en el gobierno, y jamás olvidan los buenos tiempos en su hogar. 

En la trilogía ganadora de nuestro último Templi a mejor novela extranjera perteneciente a saga, Hija del dragón, el príncipe de Valaquia exilia a sus hijos a la capital del imperio otomano por presiones políticas. La experiencia de los hermanos será opuesta: mientras que Radu se adapta y llega a considerarlo su hogar, Lada mantiene un fuerte sentimiento nacionalista y conspira para recuperar su trono. Aunque los escenarios se basan en territorios reales (la antigua Rumanía y Turquía), como el hecho mismo de que Ladislava, en realidad, no existió: el personaje en el que se basa fue un hombre, Vlad el Empalador, que dio origen a la leyenda de Drácula.

La ambición de Axlin es más intelectual: se desplaza entre los enclaves vecinos al suyo para elaborar un bestiario de los monstruos que atacan sus hogares. En esta trilogía de Laura Gallego, el éxodo rural se reinterpreta en un mundo fantástico poblado de criaturas amenazantes. Sin embargo, muchos rasgos del proceso, como la confusión por la vorágine de la Ciudadela o las condiciones de vida precarias de otros enclaves, son intercambiables a nuestra realidad.

En cuanto a la ciencia ficción, el traslado a otros planetas suele ocurrir como consecuencia de una gran guerra o catástrofe climática que vuelve la Tierra inhabitable. En La primera oleada, de Mariló Álvarez Sanchis, la evacuación se realiza a la Luna, mientras que en relatos más recientes hemos visto destinos aún más remotos, como Marte o las lunas de Júpiter (Los seis finalistas, Alejandra Monir). En estas historias, el foco se pone en lo recóndito de los escenarios, casi siempre inhabitados, y el papel de la tecnología para adaptarse a ambientes desconocidos y extremos.

Los cambios de temperatura también son la razón por la que los protagonistas de Migraciones viajan cada estación a tierras más cálidas. Con una premisa que recuerda a las migraciones estivales de los animales, Patricia García-Rojo explora desde el intimismo un futuro que no queda lejos, pues los desastres naturales —sequías, huracanes, tem- peraturas extremas— son una de las principales causas de migración en la actualidad.

Como ves, los seres humanos nunca hemos perdido ese gen nómada que nos lleva a trasladarnos por el mundo. El concepto de «migración» es muy amplio y puede abarcar múltiples experiencias, pues cada persona lo experimenta de un modo distinto. Por ejemplo, ¿considerarías migración la condición que sufre A, el protagonista de Cada día, cuya consciencia despierta cada mañana en un cuerpo distinto?

Gracias a la literatura, podemos vivir por un tiempo el viaje que tantas personas emprenden cada día, sentir su inseguridad y alentar su esperanza. Sin olvidar que, por supuesto, hay experiencias que no sentiremos a través del papel. Por eso es importante escuchar sus voces y estar preparados para recibirlos al otro lado.