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En casa de...

Pedro Riera

El Templo #34 (junio 2013)
Por Estefanía Moreno
2.249 lecturas

Mi mesa de trabajo. Cada dos o tres meses, la despejo y dejo solo el teclado, el ordenador y el ratón. Luego, poco a poco, se empiezan a amontonar objetos y papeles. Es un desorden bastante organizado, en el sentido que más o menos sé dónde está cada cosa, y tampoco me molesta para trabajar. Lo que le faltaría a esta foto es el sonido. Siempre trabajo con música. Me ayuda a concentrarme. Los días que no estoy muy fino, me pongo cascos porque me aíslan más de mi entorno.

 

Esta terraza, un poco más reencuadrada por la puerta, es lo que veo cuando alzó la vista por encima de mi ordenador. Es muy agradable trabajar con las puertas abiertas de par en par durante los meses de calor. También es el sitio ideal para relajarse con una cerveza bien fría tras una jornada de trabajo. Los cactus son un regalo de mi hermano porque, entre viajes y mi despiste natural, a menudo se me morían las plantas.

 

El váter. Es donde desahogo mi inclinación por el kitsch. Es el lugar idóneo, siendo un sitio en el que paso poco tiempo al día, nunca llego a cansarme de la decoración recargada y abigarrada. También es la habitación que tiene más éxito con las visitas.

 

Este cuadro lo tengo colgado en el pasillo. Me gusta tener alrededor objetos relacionados con el universo de todas mis novelas, aunque en general son más pequeños y discretos. En el cuadro aparecen algunos de los personajes de La leyenda del Bosque sin nombre. Me basé en estas fotos (me encanta sacar fotos de animales) para construirlos. De arriba abajo y de izquierda a derecha son: Homero, el ciervo filósofo; los Hermanos Merak, los ratones acróbatas; Alfonsina, la oca exploradora; Lorenzo, el cangrejo parlanchín; Anaxágoras, el coleccionista de gotas; y, por último, las Hormigas Zampacebollas. Nunca llegué a escribir el cuento de las Hormigas Zampacebollas, se quedó en un proyecto. A pesar de que la historia era estupenda, tuve que renunciar a ella porque me rompía el equilibrio de la novela. Si quise incluirlas en este cuadro es porque una obra la constituye tanto lo que acaba publicado como lo que se ha descartado.

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