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La historia interminable: el musical
Félix Amador, Iván Macías

Dirigida por Federico Barrios
Del papel a la pantalla El Templo#90 (octubre-noviembre 2022)
Por Pablo G. Freire
831 lecturas

Estos últimos días hemos regresado a Fantasia con La historia interminable, el clásico inmortal de Michael Ende que da nombre a esta revista y que, más de cuatro décadas después, sigue siendo una novela fantástica en todas las acepciones del término. Actualmente editada en España por Loqueleo, entre sus páginas impresas a dos tintas y sus monumentales letras capitulares se intuye un poso dramático que delata la formación teatral de su autor, y por eso es de justicia que esta historia suba a los escenarios como La historia interminable: el musical. Tras su estreno a principios de este mes en el Teatro Calderón de Madrid permanecerá en la capital al menos hasta el mes de enero.

Con dirección y coreografía de Federico Barrios, texto de Félix Amador, composición de Iván Macías y producción ejecutiva de Dario Regattieri, el musical narra una historia que, a estas alturas, ya te resultará familiar: el pequeño Bastián Baltasar Bux tropieza por casualidad con un ejemplar de La historia interminable en la vieja librería de Karl Konrad Koreander y, tras robar el preciado volumen y esconderse en el desván de su colegio, descubre entre sus páginas el maravilloso mundo de Fantasia. Allí conviven todas las criaturas y lugares nacidos de la imaginación humana, pero la enfermedad de la Emperatriz Infantil está haciendo que sean devorados por la Nada. Poco a poco los muros entre realidad y ficción empiezan a derrumbarse en una historia sin principio ni final que solo aquel que alguna vez haya leído en secreto hasta el amanecer podrá comprender.

A nuestra llegada al teatro un colosal Auryn nos recibe desde el telón con la frase «Haz lo que quieras» brillando sobre él. La inscripción del amuleto de la Emperatriz Infantil vehicula la potente narrativa en torno al deseo y al significado de la verdadera voluntad en la segunda mitad de la novela, pero se omitió por completo en la adaptación cinematográfica de 1984, lo que hizo que el propio Michael Ende renegara de la película. Que en su llegada al teatro se tome el «Haz lo que quieras» como leitmotiv es toda una declaración de intenciones. Aunque el musical hereda su imaginario visual y hasta su tema principal de la película, el libreto está basado en la novela original, lo cual hace que esperemos la subida del telón con absoluta expectación.

Tras una impresionante obertura nos queda poca duda de la calidad de los números, que durante algo más de dos horas traducen los encuentros de Atreyu y Bastián a todo tipo de géneros musicales y de danza que van de lo folclórico a lo contemporáneo. La propuesta no llega a independizarse de la película, pero va mucho más allá con composiciones originales que consiguen ponernos la piel de gallina una y otra vez. Se intuye mucha destreza y cientos de horas de trabajo en un apartado musical brillante, y por eso es una lástima que se descuide la otra faceta, igualmente importante, que da nombre al teatro musical. Los mismos actores que revelan una técnica vocal depuradísima y un talento sensacional para la coreografía se muestran torpes en las escenas dramáticas donde, salvo contadas excepciones, no están a la altura la dicción, la expresión corporal ni la construcción de personajes; errores de dirección difíciles de justificar. Pero este contraste entre lo musical y lo teatral también opera en sentido contrario, cuando una caracterización débil de un personaje se transforma en un impresionante número de claqué que logra capturar a la perfección su aura y multiplicar su presencia.

No nos acaba de convencer una puesta en escena que es, a todas luces, excesiva. La magia de Fantasia cobra vida en una ostentación de poderío económico, pirotecnia, decorados móviles y animatrónicos que, en su aspiración al naturalismo más cinematográfico, no pueden sino quedarse cortos. La búsqueda de la espectacularidad y el aplauso fácil resulta efectista en el mejor de los casos, y se traduce, por ejemplo, en un dragón a tamaño real colgado del techo que se nos antoja inexpresivo, y al que el talento del cuerpo de danza habría podido dar mucha más vida.

En lo que concierne a la adaptación del texto, el libreto de Félix Amador se distancia de anteriores adaptaciones al intentar incluir ambas partes de la novela original, aunque opta por dos aproximaciones muy distintas para cada una de ellas. Mientras que reproduce la primera mitad de la aventura de forma casi obsesiva, propone una reinterpretación un tanto descafeinada de la segunda mitad, que condensa el arco dramático de Bastián. Ninguna de las dos estrategias acaba de funcionar, y el musical, sencillamente, se queda sin tiempo para ahondar en los temas que plantea la novela. Nos quedamos con las ganas de imaginar qué habría ocurrido con una solución más valiente que hubiera transformado el material para que brillara por sí mismo en este nuevo medio.

Podríamos concluir que La historia interminable es una fuente estupenda para presentar composiciones y coreografías que te dejarán con la boca abierta, y quizá por eso habría funcionado mejor como álbum conceptual y concierto, sin las ataduras que supone la difícil tarea de adaptar la novela. A pesar de su excesiva dependencia de la nostalgia ochentera, este montaje funciona muy bien como espectáculo musical, pero no llega a contar La historia interminable. Eso sí, estamos deseando que se publique la banda sonora, pero esa será otra historia, y deberá ser contada en otra ocasión.

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