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Todos somos villanos (primera parte de la saga)
Amanda Foody, Christine Lynn Herman

Hidra
Reseñas de novedades El Templo#89 (agosto 2022)
Por Alicia D. Carballeira
629 lecturas

La Luna de Sangre se acerca una vez más, y las siete familias de la recóndita ciudad de Ilvernath se preparan para una nueva edición del torneo que decidirá quién controlará, de forma exclusiva, la fuente de la alta magia. Pero en esta ocasión las cosas han cambiado. El secretismo que antes protegía a esta competición ha desaparecido por culpa de la publicación del libro Una trágica tradición, que ha desvelado no solo la existencia de la misma sino también el hecho de que, de los siete competidores, solo uno puede quedar vivo. Para los campeones de cada familia ha significado que están en el punto de mira de todo el mundo, pero también les ha dado oportunidad de conocer estrategias y secretos de otras familias que ningún otro competidor ha sabido nunca. Aunque el autor del libro los ha expuesto al mundo, les ha dado la oportunidad de elegir entre la tradición o un nuevo destino desconocido.

La primera parte de esta bilogía, escrita a cuatro manos entre Amanda Foody y Christine Lynn Herman, está narrada desde cuatro puntos de vista distintos, todos ellos en tercera persona. Forman parte de los siete campeones que terminan participando en el torneo, aunque algunos consiguen entrar de una manera más legal que otros. La cantidad de narradores permite a las autoras crear una imagen muy amplia de la historia que están contando sin llegar a aburrir al lector ni ralentizar el argumento.

Aunque los personajes y la propia trama del libro son fascinantes, lo que hace de esta novela algo brillante es su ambientación y sistema de magia. La fuente de alta magia por la que compiten los protagonistas implica tener el control de la materia prima para llevar a cabo sortilegios y maleficios, pero no son los únicos ingredientes que se necesitan. La creación de los encantamientos es un proceso delicado y los artífices de hechizos eran los que solían fabricarlos. Tenerlos de su parte es fundamental para cualquiera de los competidores, y así nos lo recuerda el libro de vez en cuando.

Todos somos villanos pinta una imagen lúgubre y oscura de una competición mortífera y de siete familias que saben que están perpetuando una tradición que provoca la muerte de casi todos los que participan en ella. Lo asumen y cargan con el peso de ese conocimiento, pero no detienen el torneo. Quizás es que no pueden. Eso nos tocará averiguarlo a los lectores.

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